Historia
LAS PEREGRINACIONES

Las peregrinaciones a Tierra Santa eran difíciles y peligrosas, lo cual fue una razón para poner en marcha las cruzadas, pero había otros lugares más asequibles que podían ser visitados como Roma, Canterbury o Santiago de Compostela. No siempre las motivaciones eran puras, pues como se encargó de demostrar Chaucer en sus Cuentos de Canterbury estas ocasiones eran motivo de mezcla de intereses variados, donde gente piadosa recorría el camino junto con pillos y pícaros. La mayoría de las rutas que marcaban el trayecto fueron arregladas, construyéndose albergues para los peregrinos a lo largo del camino y erigiéndose santuarios e iglesias en el recorrido. Unida a la peregrinación iba íntimamente ligada la enseñanza de la indulgencia, es decir, el perdón de la pena temporal que el pecado tiene, según la doctrina de la Iglesia católica. La visita de algún lugar determinado en ocasión establecida suponía, para el peregrino que hubiera cumplido las condiciones impuestas, el beneficio de una remisión parcial o total de la deuda espiritual que tenía pendiente de pagar en el purgatorio.
El siguiente pasaje es de Dante, en su obra La vida nueva, donde describe las peregrinaciones mayores:
'En cuanto hube perdido de vista a los peregrinos, decidí escribir un soneto que manifestara lo que había dicho en mi fuero interno. Y para que pareciese más lastimero me propuse escribir uno que empieza: "¡Ay peregrinos de faz cavilosa!".
Escribí peregrinos en la amplia acepción del vocablo, que puede sumarse en dos sentidos: amplio y estrecho.
En el amplio sentido, es peregrino quien se halla fuera de su patria. En el estrecho, sólo se llama peregrinos a quienes van a Santiago o de allí vuelven. A más, es de advertir que de tres modos se llama propiamente a quienes caminan a servir al altísimo. Llámase "palmeros" a quienes van a Oriente, pues suelen traer muchas palmas de allí; "peregrinos" a los que van al templo de Galicia, pues la sepultura de Santiago está más lejos de su patria que la de cualquier otro apóstol, y "romeros" a los que van a Roma, que era a donde se dirigían mis peregrinos.'
'Ya que hemos expuesto hasta aquí las características del templo, vamos a tratar ahora el venerable altar del Apóstol. Pues en esta venerable basílica, es tradición que descansa con todos los honores el cuerpo venerado de Santiago, debajo del altar mayor que se ha levantado en su honor, guardado en un arca de mármol, en un magnífico sepulcro de bóveda, admirablemente ejecutado y de dignas proporciones.
Este cuerpo se encuentra también entre los inamovibles, según el testimonio de san Teodomiro, obispo de la ciudad, que fue en su día quien lo descubrió y no le fue posible moverlo. Ruborícense, pues, los émulos transpirenaicos, que afirman poseer una parte o reliquias suyas. Porque el cuerpo del Apóstol se encuentra íntegro allí, divinamente iluminado con celestiales carbúnculos, honrado por divinos aromas que exhalan sin cesar, adornado con refulgentes luminarias celestes, y agasajado fervientemente por angélicos presentes.
Sobre su sepulcro hay un pequeño altar que, dicen, fue levantado por sus discípulos, y que por amor al Apóstol y a sus discípulos no se ha atrevido nadie a desmontar después. Sobre éste, se levanta un altar grande y maravilloso de cinco palmos de altura, doce de longitud y siete de anchura. Estas medidas las he tomado yo con mis propias manos. El altar pequeño está encerrado bajo el grande por tres lados, a saber, por la izquierda, por la derecha y por detrás, pero abierto por el frente, de forma que, quitando el frontal de plata, se puede ver perfectamente el altar viejo.
Si alguien por devoción al Apóstol quisiere regalar un mantel o un lienzo para cubrir su altar, que sea de nueve palmos de ancho y veintiuno de largo. Pero si por amor de Dios y devoción al Apóstol alguien regala un frontal, procure que sea de siete palmos de ancho y trece de largo.'
(El cuerpo y el altar de Santiago según la guía de Aymeric Picaud)