Teología

Lección 6 - Entrega del sermón

Curso para predicadores El púlpito puede ser la catapulta desde donde el mensaje predicado sale para tener gran alcance o puede ser el arco engañoso desde donde se dispara la flecha en la dirección equivocada. Del celo o descuido del predicador en su preparación personal, en la elaboración del sermón y en la entrega del mismo, dependerá que lo que hace desde el púlpito sea catapulta o sea arco engañoso.

Las horas previas a la entrega del sermón son cruciales y el predicador debe concentrarse en el mismo, recogiéndose en oración y no dejando que su espíritu se adentre en cualquier cosa que pueda perturbarlo interiormente. No obstante, es posible que surjan perturbaciones que están más allá de la capacidad de decisión del predicador; si así fuera, ha de confiar en la gracia de Dios para superarlas.

Llegado a este punto, y una vez preparado el sermón, el predicador ha de ponerse en el púlpito para exponer ante sus oyentes el mensaje que ha preparado. Es el momento supremo. Todas las horas y días previos confluyen en este momento. Al lado del predicador hay dos acompañantes invisibles que lo escoltan. Uno es el diablo o alguno de sus emisarios; otro es el Espíritu Santo.

El primero tiene el propósito de echar abajo su sermón, mediante todo tipo de sugerencias que tiendan a desviar su atención, a desconcentrarlo y a desanimarlo. Señalará, por ejemplo, los rostros inexpresivos de quienes le escuchan, para hacerle ver que lo que está diciendo no está teniendo ningún efecto y que sería mejor que terminara cuanto antes. Incluso hay quien en la congregación está dormido, mientras predica. ¿Qué clase de mensaje, le dice el diablo o alguno de sus emisarios, estás predicando que provoca tal aburrimiento? Los bostezos de algún otro también parecen ser señales inequívocas del fracaso del predicador. Y puede que no falte alguna interrupción en medio del sermón, como el que llega tarde y busca asiento, molestando a los demás oyentes, o el que no ha apagado su teléfono y suena el tono en mitad de la exposición, quebrando la fluidez que el predicador tenía. Si ya de por sí el predicador se siente débil para ponerse delante de todos, estas y otras indicaciones, que el diablo o alguno de sus emisarios se deleitan en señalar, pueden tener un efecto destructivo en la entrega del sermón. Lo que sería impensable que sucediera en otros ambientes, donde el silencio y la atención se aúnan para facilitar la ejecución de una obra musical o una representación teatral, quedando desde su inicio desterrada toda posibilidad de ruido o perturbación de la índole que sea, puede ocurrir mientras el predicador predica. De hecho, es bastante común que interferencias de lo más variopintas surjan a lo largo de la exposición de la Palabra, teniendo el predicador que superarlas con dominio propio y sabiduría, pues las reacciones fuera de lugar pueden incrementar la pérdida de su concentración.

Pero también el predicador tiene a su lado, aparte de dentro de sí, al Espíritu Santo, que le da aliento y unción para superar las dificultades y obstáculos que se presentan cuando está en el púlpito. La sensación que invade al predicador instantes antes de subir al estrado es que, a pesar de haber preparado lo mejor posible el mensaje, sus carencias personales son tales, que si dependiera de él solo el fracaso estaría asegurado. Pero de manera que no puede entender, el denuedo, la seguridad y la confianza de estar predicando la verdad de Dios se posesionan de él, de modo que su debilidad se transforma en poder y su temor se disipa, dando paso a la confianza plena. Es el Espíritu Santo quien está obrando en la mente y el corazón del predicador, para que entregue el mensaje de manera coherente y contundente. La unción es lo que hace la diferencia.

Lo ideal al entregar el sermón es no depender en absoluto de papeles. La medida de la dependencia de los papeles puede estar en proporción inversa a la medida en la fluidez y libertad del sermón. Es decir, cuanta más dependencia de papeles, menor fluidez y libertad; cuanta menor dependencia de papeles, mayor fluidez y libertad. Esto no es una regla que se cumpla en el cien por cien de los casos, porque ha habido grandes predicadores que leían sus sermones y ha habido y hay predicadores que, precisamente por no echar mano de papeles, sus sermones son un caos sin pies ni cabeza. En cualquier caso, si el predicador lleva papeles al púlpito, a causa de la abundancia de ideas y textos bíblicos relacionados, de los que no podría acordarse de todos de memoria, lo recomendable es depender del papel lo mínimo, lo estrictamente necesario.

Relacionado con lo anterior está la importancia de que el predicador mantenga el conctacto visual con la congregación. Si ese contacto se pierde de forma muy continua, porque el predicador está muy pendiente de sus papeles, ello resultará en la pérdida de efectividad del sermón, porque la congregación percibirá que lo que está impartiendo es más artificial que natural, más algo prestado que genuino. Los papeles nunca deben ser un obstáculo entre el predicador y los oyentes.

Un peligro que puede sucederle al predicador que tiene oratoria fácil es que se emborrache con sus propias palabras, es decir, que se esté escuchando a sí mismo mientras predica. Que el recurso a ciertas técnicas retóricas se convierta en lo principal del sermón, desplazando así lo no esencial a lo esencial, que es el contenido. El predicador no está en el púlpito para exhibirse ni para hacer ostentación de sus dones, a fin de dejar con la boca abierta a los que le escuchan. El aviso que Jesús dio sobre la oración, debido a quienes la usaban como medio de promoción propia a los ojos de los demás (Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.[…]Mateo 6:5), es también válido para quienes hacen alarde de sí mismos en la predicación.

El predicador debe entregar su sermón de manera sencilla pero confiada, de forma humilde pero con denuedo. No está impartiendo una conferencia ni presentando una clase magistral ni tampoco dando una charla; está predicando la Palabra de Dios y todos sus recursos, energías y capacidad debe emplearlas para ese fin. Una entrega fría y estrictamente académica, no es un sermón. Por otro lado, una entrega apasionada, pero sin un hilo conductor, tampoco es un sermón. El intelecto y el Espíritu Santo no están reñidos. Más bien, el Espíritu Santo unge el intelecto, para que lo que de otra manera serían simplemente ideas sin vida, sean palabras que tienen el poder de iluminar, persuadir y salvar.

En la entrega del sermón es vital captar y mantener la atención del auditorio, ya que sin esa atención nada de lo que se diga desde el púlpito surtirá efecto. Pero hay dos peligros de signo opuesto que pueden matar esa atención, aunque en realidad ambos tienen un punto en común. Un sermón entregado de manera monocorde y tediosa, siempre con el mismo tono de voz, producirá un efecto aletargador en los oyentes; si además tal sermón se extiende demasiado en el tiempo, es seguro que todos estarán deseando que termine cuanto antes, al ser algo soporífero e inaguantable. Por otro lado, si el predicador se convierte, a fin de mantener la atención, en un estridente y continuado vocinglero, provocará un rechazo en quienes lo escuchan, cansados de gritos y chillidos. Si en el primer caso la monotonía produce aburrimiento, en el segundo la algarabía provoca hartazgo. Por tanto, es imprescindible que el predicador sepa usar sus registros de voz de manera apropiada y variada, sabiamente, sin caer de forma permanente en uno de los dos extremos descritos. No obstante, siempre es preciso recordar que el contenido del sermón desempeña un papel primordial en la captación de la atención. Un sermón sin contenido ya nace muerto, no importa que su entrega sea óptima, pues la excelencia en la entrega nunca podrá compensar la pobreza de contenido. Pero, de nuevo, es preciso tener presente que a la riqueza de contenido debe acompañarla la idoneidad de la entrega, para que la atención de la congregación se mantenga.

Es muy importante que en la entrega del sermón el predicador sea fiel a sí mismo. Es decir, que no intente hacer lo que ha visto que otros hacen en el púlpito ni imitar su estilo. Cada persona tiene su personalidad y Dios usa la de cada uno. Usa la del fogoso y usa la del pausado, usa la del intelectual y usa la del afectivo. Pero no funciona cuando alguien intenta contradecirse a sí mismo, queriendo ser otro. Cada cual debe ser lo que es. Jeremías no era Juan el Bautista y Ezequiel no era el apóstol Pablo. Pero cada uno de ellos, con su personalidad, fue usado por Dios para transmitir su verdad. El sello que cada predicador tiene, debe ser auténtico y no fabricado. Cuando Saúl quiso poner a David su armadura para enfrentarse al filisteo la desechó, por ser algo artificial y ajeno (38 Saúl vistió a David con sus ropas militares, le puso un yelmo de bronce en la cabeza y lo cubrió con una armadura. 39 David se ciñó la espada sobre sus ropas militares y trató de caminar, pues no se las había probado antes. Entonces David dijo a S[…]1 Samuel 17:38-39), yendo a la lucha con las armas que él sabía utilizar, aunque parecían incongruentes, y obteniendo así la victoria.

Es fácil que al bajar del púlpito, el predicador piense que ya ha cumplido con la responsabilidad que tenía ante sí y que ha hecho todo lo que tenía que hacer, hasta el domingo siguiente, cuando volverá de nuevo a realizar el deber que le corresponde al subir al púlpito. De ser así, estará cayendo en un peligroso engaño. Por ello es preciso que tenga presente que lo que ha predicado a otros, ha de aplicárselo a sí mismo, no vaya a caer en la presunción de pensar que él está por encima del mensaje trasmitido y que son sus oyentes los que tienen necesidad de apropiárselo, en cuyo caso bien se le puede adjudicar lo que Pablo dijo: 'Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?' (tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se debe robar, ¿robas?[…]Romanos 2:21). Por otro lado, al predicador que efectúa bien su tarea se le puede aplicar la gloriosa promesa futura contenida en Los entendidos brillarán como el resplandor del firmamento, y los que guiaron a muchos a la justicia, como las estrellas, por siempre jamás.[…]Daniel 12:3, sobre los que enseñan la justicia a la multitud.

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Fotografía: David Niblack