Curso para predicadores
Teología
Cuando un predicador se pone en el púlpito para exponer la Palabra de Dios, no sus propias ideas, lo que va a hacer es la tarea más importante que se pueda ejercer en este mundo.
Cuando un predicador se pone en el púlpito para exponer la Palabra de Dios, no sus propias ideas, lo que va a hacer es la tarea más importante que se pueda ejercer en este mundo. Infinitamente más importante que lo que hace un diputado en la tribuna de un parlamento, infinitamente más importante que lo que hace un catedrático en el estrado de un aula e infinitamente más importante que lo que hace un orador en la plataforma de un salón de conferencias. Si bien estas actividades tienen su valor, no pueden compararse con la predicación, que es el salvavidas lanzado a náufragos en trance de perdición, el faro que alumbra a la nave en noche cerrada, el aldabonazo que despierta dormidas conciencias. De la importancia que tiene la predicación se desprende la responsabilidad que tiene el predicador, quien siendo consciente de ser un débil instrumento, también es consciente de serlo en las poderosas manos de Dios.
Pero con la predicación sucede la paradoja de que aunque es la tarea más importante de todas, al mismo tiempo es despreciada y rechazada, porque su mensaje ofende a la sabiduría humana, a la moral humana y a la justicia humana, al negar que esa sabiduría, moral y justicia sean el camino para obtener la aprobación de Dios. La predicación cristiana, además de mostrar la impotencia de lo que es más valorado por los hombres, muestra la verdadera vía de solución, que es el evangelio. Un evangelio atacado y negado por unos, pero también creído por otros.
De esta ambivalencia en la predicación, surge la doble posición del predicador, a quien por un lado le es encomendada la gloria de anunciar el más importante mensaje que pueda haber, pero también le es dado sufrir el ridículo, la descalificación e incluso la persecución por parte de los enemigos de tal mensaje. Ambas cosas, honor y agravio, van indisolublemente unidas, si bien incluso el agravio que procede de los hombres es un motivo de honor ante Dios.
El presente curso tiene como objetivo ser de ayuda a quienes desean servir a Dios en este ministerio o ya lo están haciendo.
Doy gracias a mi hija, María Calvo, por hacer posible que estas lecciones sean puestas en forma digital.
Wenceslao Calvo - Madrid 2019





