Teología
Lección 4 - Preparación del sermón
Todo sermón nace de lo que podríamos llamar 'idea-germen'. Esa idea contiene en miniatura el sermón, de la misma forma que una semilla ya contiene en sí toda la planta con sus flores y fruto incluido. Es cuestión de desarrollo que la semilla llegue a su plenitud, como es cuestión de desarrollo que la idea-germen del sermón se convierta en el sermón mismo. Por lo tanto es vital que el predicador tenga tal simiente, porque teniéndola tendrá la esencia del sermón y lo único que tendrá que hacer es trabajar para sacar todo el partido que pueda de ella. La existencia o no de idea-germen es en definitiva lo que indica si el predicador tiene algo que decir y un predicador es alguien que, por encima de todo, ha de tener algo sumamente importante que decir.
Ahora bien, ¿de dónde obtiene el predicador la idea-germen de su sermón? Igual que los buscadores de perlas bucean en el mar para poder encontrar esa piedra preciosa, así el predicador ha de estar buceando en las interioridades de Dios, lo que el profeta Jeremías llama 'estar en el secreto de Jehová' (18 Pero ¿quién ha estado en el consejo del SEÑOR, y vio y oyó su palabra? ¿Quién ha prestado atención a su palabra y la ha escuchado? 22 Pero si ellos hubieran estado en mi consejo, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y les habrían hecho volv[…]Jeremías 23:18,22), para encontrar esas perlas preciosas. Eso significa bucear en su Palabra, que es la manera segura de encontrar simientes de vida para darlas desde el púlpito. Si al sondear la Escritura cierto texto se apodera de la mente y el corazón del predicador, muy posiblemente pueda constituirse en el inicio de un fructífero encuentro que se plasmará en el sermón. Evidentemente toda la Escritura tiene el potencial de ser terreno fértil, por lo que el campo de posibilidades es muy amplio; pero Dios suele señalar al predicador cada vez una porción de ese campo para espigar allí. Y así es como entre el texto y el predicador se establece una especie de complicidad, en el sentido de que el predicador se posesiona de ella y ella de él. Es una especie de 'flechazo' que anuncia una productiva unión.
En determinados momentos del año la fecha del calendario determina si no el texto totalmente, sí el tema. Y así, por ejemplo, la Navidad es una ocasión idónea para predicar sobre la venida de Jesús al mundo y su propósito. El domingo de resurrección es otra ocasión propicia también para anunciar su triunfo sobre la muerte. Aunque los pasajes sobre estas ocasiones son limitados y muy conocidos, pudiendo pensarse que no es posible extraer nada nuevo de ellos, la realidad es que el predicador siempre puede encontrar en los mismos nuevos y fecundos pensamientos, renovados enfoques y poderosas verdades, dado que la Palabra de Dios es como el prisma que posee una multiforme gama de reflejos de la luz. A estas ocasiones más señaladas se podrían añadir otras no tan conocidas, como el domingo de Pentecostés, que nos invita a predicar sobre el Espíritu Santo, o el domingo tras el jueves que es el día de la Ascensión, sobre la subida corporal de Jesús al cielo y las consecuencias que supone.
Si el predicador se ha comprometido a hacer una serie de sermones sobre un libro de la Biblia, entonces ese mismo compromiso ya le marca la dirección a seguir. En cualquier caso, la dirección del Espíritu Santo debe ser la guía suprema en la elección del pasaje.
Es vital que el predicador entienda él mismo el contenido del mensaje que va presentar, porque sólo si él lo ha entendido bien podrá hacerlo entender a los demás. Eso significa que tiene que haber desmenuzado los términos y verdades que va a comunicar, para hacerlos comprensibles a todos. El lenguaje que ha de emplear tiene que ser asequible al nivel de sus oyentes. Aunque la audiencia sea culta, es preferible emplear palabras entendibles a los no tan cultos, porque con palabras sencillas se pueden transmitir profundas verdades, como el evangelio de Juan demuestra.
En la preparación del sermón puede ser muy eficaz escribirlo totalmente. Al escribirlo, el predicador se obliga a plasmar sus pensamientos de forma concreta, se disciplina para buscar las mejores palabras para expresar sus ideas y ordena las distintas partes del sermón. Se trata de una tarea que lleva horas, pero que rinde preciados frutos. El proceso de escribir un sermón tiene por lo menos dos secuencias. La primera consiste de, una vez en posesión del texto bíblico, bosquejar las verdades principales que se desprenden del mismo. Se trata de un borrador. Es recomendable que ya aquí, en esta secuencia, el predicador capte las divisiones principales del sermón. La segunda secuencia es, en base a la primera, escribir el sermón desarrollado en todas sus partes y con todos sus ingredientes. La importancia que tiene escribir el sermón es que ese trabajo va a ayudar a fijar en la mente del predicador el contenido. Es decir, al escribir el sermón el predicador efectúa la tarea de comprobar que hay una identificación plena entre él y el sermón, además de un dominio de sus partes. Cuando existe esa identificación y dominio, tendrá el predicador libertad y denuedo para predicarlo.
Un contenido que, una vez acabado, el predicador debe repasar una y otra vez para que se reafirme en su mente y también porque en ese repaso Dios le mostrará nuevos vislumbres de verdad que sumará a lo ya recibido. En muchas ocasiones es en ese repaso cuando el predicador ve enriquecido de manera abundante el contenido de su sermón.
La riqueza de vocabulario será de gran ayuda no sólo en la preparación del sermón sino también en su entrega, porque la versatilidad para expresar las ideas ayudará en la tarea de comprensión del mensaje. Una forma de dar versatilidad es el uso de sinónimos, esto es, palabras que significan lo mismo pero están dichas de otra manera, de tal modo que si los oyentes no han entendido del todo un vocablo, el sinónimo viene a ayudarles a entender. El vocabulario se adquiere con la práctica y con la búsqueda de mejores maneras de expresión. La lectura es esencial para la adquisición de un vocabulario rico. Es importante que el predicador se habitúe a considerar que las palabras son sus herramientas, sus instrumentos de trabajo, del mismo modo que tiene herramientas un albañil o un carpintero. Las herramientas del predicador deben ser de precisión, porque igual que un cirujano emplea instrumentos muy precisos cuando realiza una intervención, así el predicador tiene entre manos la vida de sus oyentes con su mensaje. Por eso el predicador ha de esforzarse al máximo para emplear las palabras más adecuadas y que tienen más filo, lo cual requiere pasar mucho tiempo en su búsqueda. Si se compara un sermón con un edificio, entonces las palabras de las que está constituido son los ladrillos. Dependiendo de la calidad de los ladrillos, dependerá la calidad del edificio; dependiendo de la calidad de las palabras, dependerá la calidad del sermón. Pero un peligro del que ha de huir el predicador es del uso de terminología tan técnica o tan abstrusa que casi nadie la entienda. Hay docentes y autores que se deleitan en seguir ese método, porque la vanidad de ser considerados muy intelectuales y profundos les mueve, pero el predicador no está en el púlpito para alardear, sino para hacer bien a quienes le escuchan; de ahí que ha de huir, como de la peste, de introducir en su mensaje una jerga incomprensible para su audiencia.
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