La
fuente estaba colocada en el atrio, entre el altar de bronce
y la morada. Su origen se encuentra en la donación que hicieron las mujeres
que velaban a la puerta del tabernáculo, tal como se nos dice en Además hizo la pila de bronce y su base de bronce, con los espejos de las mujeres que servían a la puerta de la tienda de reunión.[…]Éxodo 38:8.
Dichas mujeres donaron sus espejos, que
eran de bronce, para que fueran fundidos a fin de que la fuente se hiciera.
Hay que recordar que los espejos de aquel tiempo no eran como los nuestros,
ya que los espejos de vidrio no existían en aquel entonces. Los pueblos
antiguos tuvieron que recurrir a metales pulidos (bronce, plata, etc.), para
producir reflexión, lo cual explica el comentario que el apóstol Pablo hace
en 1ª Corintios 13:12 'Ahora vemos por espejo, oscuramente...', al comparar
nuestro conocimiento espiritual aquí abajo, que es parcial como la imagen
que reflejaban los espejos de su tiempo, con el que tendremos cuando estemos
cara a cara con Dios, cuando conoceremos con total claridad. No deja de ser
hermoso pensar que aquellas mujeres piadosas se desprendieron de un objeto
muy cercano a su feminidad para dedicarlo
a la obra de Dios.
Esta fuente contenía agua,
siendo por tanto una provisión para lavarse. Es decir, tenemos aquí un gran
espejo, hecho de multitud de ellos más pequeños, lleno de agua, lo que
aumenta su capacidad de reflexión. De manera que la fuente tiene dos grandes
propósitos: reflejar la imagen y proporcionar limpieza. En ese sentido, esta
fuente nos recuerda lo que la Palabra de Dios es y hace: es un espejo fiel
que nos muestra nuestra verdadera condición y, al mismo tiempo, es el
remedio para limpiarnos de las suciedades adquiridas.
El uso de esta fuente estaba
reservado para los sacerdotes, quienes en el ejercicio de su ministerio eran
proclives a ensuciarse. Tengamos en cuenta su contacto con el altar de
bronce, donde la leña, las cenizas, el humo, los animales, etc. eran causas
permanentes de suciedad. Ese uso no era opcional sino obligatorio. Es decir,
no se trataba de algo dejado al criterio del sacerdote sino algo por lo que
tenía que pasar para ministrar. La obligatoriedad del uso era diaria, porque
diariamente ministraban. Y el uso de la fuente era previo a la ministración;
por lo tanto, antes de entrar en el lugar santo para hacer los servicios
sagrados el sacerdote tenía que lavarse, para realizarlos así en un estado
de limpieza. Las partes del cuerpo que debía lavarse eran las manos y los
pies, órganos del cuerpo que nos hablan de nuestro hacer y nuestro caminar.
De la obligatoriedad del uso de la fuente da buena cuenta la razón que se
aduce: para que no mueran.
Notemos la sabiduría de Dios
al poner esta fuente para los sacerdotes, porque pudiera darse el caso de
que se concentraran tanto en el ministerio hacia los demás, que se olvidaran
de sí mismos. Pero con esta fuente Dios les obliga a examinarse a sí mismos,
antes de examinar a otros. Es lo que le recuerda el apóstol Pablo a Timoteo:
'Ten cuidado de ti mismo...' (Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan.[…]1 Timoteo 4:16). Y es que es fácil estar
pendientes de los demás, de sus necesidades y problemas y olvidarse de las
propias. Si eso llega a acontecer, el ministro de Dios ya no podrá ser de
ayuda para otros, al estar él mismo necesitado de ella. ¡Cuidado con el
exceso ministerial hacia otros, no sea que terminemos descalificados por no
estar atentos hacia nosotros mismos! Hay muchas almas que cuidar, pero una
por encima de todas: la nuestra.