
Aunque en las últimas décadas se ha acuñado el concepto de "aldea global" para referirse al vertiginoso acercamiento que se está produciendo entre distantes culturas y naciones como fruto de las nuevas tecnologías de la comunicación, el 8 de septiembre viene a recordarnos que para una de cada seis personas que viven en este planeta ese concepto está a millones de años luz de su experiencia, pues viven no en la "aldea global" sino en multitud de "aldeas fragmentales", en la que están recluidos como resultado de su analfabetismo. Esas "aldeas fragmentales" suelen estar compuestas por sectores a los que es más difícil llegar: las mujeres, especialmente las que pertenecen a grupos minoritarios o viven en áreas rurales; las personas más pobres de las zonas urbanas y rurales; y los niños de la calle y los adolescentes que han desertado de la escuela. En muchas ocasiones son sub-mundos sumergidos en la marginación y el desprecio.
Aquellos que trabajan en el campo de la alfabetización dan fe de los evidentes resultados que supone para una comunidad el hecho de aprender a leer y a escribir. Mencionaré dos ejemplos sacados de entre las tribus que viven en la selva del Perú; uno es el de los aguaruna, una de las comunidades que hablan una lengua perteneciente a la rama jíbara de la familia ecuatorial-tucanoana. Una vez, unos colonos que no eran indígenas les mostraron a los aguaruna un documento diciéndoles que en el mismo el Gobierno les otorgaba el título de propiedad de algunos territorios aguaruna; pero un aguaruna que había aprendido a leer tomó el documento y enseguida reconoció lo que en realidad era: ¡La garantía de una máquina de coser Singer!. El otro caso es el de los ticuna, que viven en la selva amazónica del Perú y que han experimentado una transformación social y cultural gracias a la alfabetización. Antes, los ticuna estaban explotados y siempre endeudados; hoy son dueños de sus propias tierras y saben cómo dirigir sus asuntos y trabajar en diversas producciones, sintiéndose orgullosos de su cultura y de su lengua.
Pero además del analfabetismo literario hay otro analfabetismo extendido por todo el orbe: el espiritual, por el cual las personas quedan incomunicadas de su Creador, siendo víctimas fáciles del engaño, la manipulación y la superstición. Si el analfabetismo literario ata a las personas y a los pueblos en la ignorancia y la oscuridad, el analfabetismo espiritual las esclaviza en un mundo de tinieblas y perdición. Y la cuestión es que los analfabetos espirituales se pueden encontrar lo mismo en una selva africana que en una oficina europea, igual entre los hombres con taparrabos que entre los hombres que manejan computadoras. No hay diferencias en este terreno.
El texto bíblico arriba citado nos habla de dos Libros por medio de los cuales Dios se ha manifestado: La Creación y la Biblia. El primero, la Creación, nos trae un mensaje continuo: "Un día emite palabra a otro día", entendible: "cuentan la gloria de Dios" y universal: "Por toda la tierra salió su voz". Un mensaje que nos habla de la existencia, grandeza, poder, sabiduría y bondad del Creador. Un mensaje que nos hace responsables a todos, porque todos, desde la selva hasta la oficina, lo estamos recibiendo. De manera que nadie podrá justificarse un día alegando ignorancia. Pero este Libro tiene una limitación: No nos provee el remedio para salir de nuestra condición.
El segundo, la Biblia, es el que profundiza en la información que nos trae el primero, pues además de hablarnos del mismo Dios nos lo presenta en otra faceta que necesitamos los de la selva y los de la oficina: La salvación. Esa salvación nos viene a través de la Palabra, la Palabra escrita donde está anunciada la Palabra hecha carne: Jesucristo el Salvador (Salvador de los de la selva y Salvador de los de la oficina). Esto es lo que hace imperioso que el segundo Libro sea traducido, editado, distribuido y predicado, para desarraigar el analfabetismo literario y también el espiritual.
Si tú estás alfabetizado literariamente y permaneces analfabeto espiritual, recuerda que tendrás que dar cuentas de más cosas un día que los analfabetos literarios, pues las oportunidades que tú tienes ellos nunca las tuvieron.