
Por ejemplo, en la última cabalgata de Reyes celebrada en Madrid no sólo no había caballos ni camellos para transportar a los magos, sino que tampoco hubo ocas ni patos, que dieran una nota pintoresca en el recorrido, como otros años. Los que trabajan en los circos tienen sobre su cabeza una espada de Damocles, ya que el uso de elefantes, leones, focas u otra fauna, para entretener al público, también es considerado maltrato animal. Los dueños de establecimientos donde se venden mascotas no saben cuál será su futuro, porque exhibir peces en esos recipientes llamados acuarios o pájaros en las jaulas está igualmente bajo sospecha, al ser un acto perjudicial contra peces y pájaros. Recientemente la aparición de un buey durante unos minutos en una obra de teatro en Madrid, para ilustrar la adoración del becerro de oro, levantó una fuerte oleada de protestas, aunque el animal estaba todo el tiempo de su “actuación” inmóvil y sin que nadie le tocara.
Llegados a este punto habría que preguntarse si la simple posesión de animales no podrá ser considerada un delito, ya que la misma noción de posesión indica que alguien es dueño y alguien vasallo, lo cual establece una jerarquía de dominio por la que una parte ejerce su voluntad sobre la otra, lo que supone una violación de la libertad. ¿Podrán los ganaderos tener ovejas o vacas, habida cuenta de que se aprovechan de ellas para extraer la leche de sus ubres? ¿No podría ser considerado algo así un atropello a los derechos de esos animales? ¿Y cómo beber luego de ese alimenticio líquido, sabiendo que procede de tan vil acto? Claro que para qué pensar en comer carne, si necesariamente el animal ha tenido que ser sacrificado previamente, lo cual es quitarle la vida, que es mucho peor que exhibirlo en un circo o en una tienda de mascotas. Tal vez habrá que cerrar todas las carnicerías, pollerías, charcuterías, etc., por el espectáculo poco edificante que presentan ante nuestros ojos y de paso denunciar a sus dueños como traficantes de órganos de animales. Si los dueños de los circos son explotadores ¿qué no serán los carniceros, polleros y charcuteros?
Pero lo que resulta escandaloso es que mientras se produce todo este despliegue de sensibilidad hacia los animales, existe, a la vez, todo un silencio de insensibilidad e indiferencia hacia aquellos seres humanos que, en proceso de nacer, están abocados al exterminio. Cien mil al año en España. Da escalofríos pensar que vivimos en un tiempo y en un entorno que se pregunta por el sufrimiento de un pez en un acuario y toma medidas para evitarlo y al mismo tiempo se ignora el sufrimiento de un ser humano no nacido al liquidarlo sin contemplaciones. Hasta qué punto se han deteriorado las nociones, hasta qué punto se han invertido los términos, que en la escala de valores se tiene en cuenta lo animal y se pasa por alto lo humano. Pero si se puede hacer eso con un ser humano ¿qué argumento puede impedir que se lidie un toro? ¿Valdrán los razonamientos para aniquilar a un ser humano y no valdrán los argumentos para matar a un toro? O dicho de otra manera ¿defender la vida del no nacido es condenable y defender la vida del animal es loable? Y si se lucha por lo segundo ¿por qué no se lucha por lo primero? ¿Vale más la vida de un animal que la de un ser humano?
Colar el mosquito y tragar el camello bien podría aplicarse a esta doble vara de medir el valor de la vida. Vida intocable si se trata de animales; vida desdeñable si se trata de seres humanos no nacidos. Si el animalismo se yergue por encima del humanitarismo es porque estamos ante otra desviación aberrante de la imaginación del hombre, que se inclina por valorar a los extraños y por despreciar a sus semejantes.
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