
Por un lado constatar el peligro que supone escribir alegremente cualquier cosa un día, sin pararse a pensar en las repercusiones que mañana tendrá. Es el viejo aforismo que dice que mientras la palabra aún no ha salido de la boca, uno es dueño de ella; pero cuando ya ha sido pronunciada ella es dueña de uno. Lo mismo se puede aplicar a la palabra escrita, con el agravante de que mientras a las palabras se las lleva el viento, lo escrito queda para siempre. Las declaraciones hechas irreflexivamente en un momento dado, se pueden convertir en una losa aplastante que condicione negativamente nuestro futuro.
Luego está el hecho de la propia filosofía de las redes sociales, donde hay espacio por cada mensaje para unas decenas de caracteres nada más, lo que supone la imposibilidad casi total de ser ecuánime y exhaustivo para tratar cualquier tema que tenga una cierta profundidad. La propia escasez de espacio para escribir el mensaje promueve la superficialidad y ésta invita a la parcialidad, la cual, a su vez, provoca la metedura de pata. De ahí a decir barbaridades o banalidades sobre cualquier cuestión no hay más que un paso.
Como las redes sociales son los foros populares donde es preciso estar para que la gente conozca lo que piensas, eso mismo convierte en una necesidad ineludible tener que participar en ellos, lo cual implica el pronunciamiento sobre cualquier asunto que esté en candelero. Es decir, quienquiera que pretenda ser alguien hoy en día no puede ignorar esos foros, estando abocado a entrar en su dinámica ya expuesta de brevedad-superficialidad, con los riesgos que eso conlleva.
Tales foros son volátiles, por un lado, porque día a día hay que estar continuamente renovando los contenidos, pues de lo contrario te quedas atrasado en esta catarata de comunicación que es el mundo actual. Lo que escribiste ayer ya es viejo hoy. Pero, por otro lado, esa volatilidad de las redes sociales tiene su contraparte, porque todo lo que hayas escrito en ellas queda registrado. Es decir, la volatilidad está indisolublemente unida a la permanencia. De este modo ocurre que la volatilidad genera la impresión de que lo que escribas sólo va a tener una repercusión fugaz, y por tanto puedes escribir lo primero que se te ocurra, olvidando que la permanencia de lo escrito supone que queda ahí y que cualquiera puede echar mano de ello. Que es exactamente lo que ha ocurrido con los cargos electos que han escrito cosas que les han salido caras. Aunque parece ser que ni siquiera borrando lo escrito de la cuenta particular queda totalmente eliminado, pues el menaje es propiedad de la empresa dueña de la red social donde se escribe. Eso quiere decir que hay un rastro que el mensaje deja y que es posible seguir, hasta dar con su paradero, convirtiéndose así en un indeseable e inseparable compañero nuestro.
Las contundentes y explosivas declaraciones publicadas en un momento dado, se vuelven como un boomerang contra el que las ha escrito cuando su difusión le pone en evidencia ante la opinión pública. Y entonces es cuando se presentan dos alternativas: O seguir manteniéndolas, siendo coherente, a pesar del aluvión de críticas o procurar eliminarlas para no ser perjudicado por ellas. Lo primero supone un alto coste de carácter político, en el caso de servidores públicos, que puede arruinar su carrera, cosa que nadie quiere. Lo segundo supone un acto de hipocresía, al pretender dar una imagen que no se corresponde con la realidad.
Borrando huellas. En realidad es lo que cualquiera que cae en la cuenta de que se ha equivocado intenta hacer. Es lo que el rey David hizo para tapar su pecado con Betsabé. Lo vergonzoso que había pasado en un entorno privado no quiso que trascendiera al dominio público, aunque la estratagema no le dio resultado. Es lo que intentaron hacer Adán y Eva, en el principio de la humanidad, al procurar tapar su desnudez con las hojas de higuera, lo cual tampoco les sirvió.
Es más honesto reconocer el fracaso, aunque sea duro quedar en evidencia. Ese reconocimiento del propio fracaso es uno de los ingredientes de esa acción que se llama arrepentimiento, que no sólo consiste en la admisión del fracaso personal y el merecimiento de la culpa asociada, sino también en la vuelta a Dios para pedirle misericordia y la concesión del perdón. Los hombres son implacables y usarán la barbaridad escrita para machacar al adversario. Dios, en cambio, tiene compasión de todo aquel que se vuelve a él en sinceridad y humillación. Esa es la diferencia.
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