Guerra

Conservadores

una de las cuestiones más importantes en conflictos abiertos es el de ganar la guerra de la terminología, pues muchas de las simpatías o antipatías de los espectadores se inclinarán hacia uno u otro lado dependiendo de la consistencia que tengan las palabras
Uno de los debates que la posguerra en Irak ha levantado concierne a la manera de referirse a los iraquíes que están haciendo frente a las tropas extranjeras allí desplegadas. ¿Son terroristas? ¿Son resistentes? ¿Son guerrilleros? ¿Son combatientes? ¿Son insurgentes? Depende a quien escuchemos, así oiremos un término u otro. Si habla alguno de los dirigentes de la coalición internacional el calificativo con el que los denominarán será unívoco: Son terroristas a todas luces; pero si leemos la prensa entonces las denominaciones pueden variar, aunque en España la preferida suele ser la de resistentes. Es evidente que no es lo mismo nombrar a alguien como terrorista que hacerlo como resistente, lo primero ya lleva aparejada implícitamente una condena moral y un rechazo de fines y medios, lo segundo despierta comprensión y hasta simpatías, especialmente cuando se trata de la lucha del pequeño ante el gigante. Y no digamos si el calificativo es el de guerrillero, al que inmediatamente se une toda una aureola mítica de héroe estilo Robin Hood que roba a los ricos para darle a los pobres o de Che Guevara, que lucha en las selvas perdidas de Sudamérica contra los gobiernos corruptos y dictatoriales de toda índole. Pero como el vocablo guerrillero -de claro origen hispánico- no es usual para describir a insurgentes en un contexto musulmán pues ha quedado asociado, precisamente por el Che Guevara, con los grupos que pelean en Latinoamérica, se usa otro de claro origen árabe: Mujahidin, esto es, combatiente o guerrero. Esta palabra procede de jihad, la famosa palabra que significa "guerra santa" en árabe, con lo cual alcanzamos con este calificativo el pináculo semántico, pues estamos nada menos que, para un musulmán, ante algo no sólo no reprobable y ni siquiera humanamente admirable sino ante algo que trasciende todo eso pues tiene la aprobación del mismo Dios. De manera que desde terrorista hasta mujahidin hay todo un abanico de términos, cargados todos ellos de importantes connotaciones morales.

Por eso una de las cuestiones más importantes en conflictos abiertos es el de ganar la guerra de la terminología, pues muchas de las simpatías o antipatías de los espectadores se inclinarán hacia uno u otro lado dependiendo de la consistencia que tengan las palabras que se usen para describir al adversario. De ahí la suprema importancia que adquiere en los conflictos bélicos modernos el papel de la propaganda, que en la Segunda Guerra Mundial ya adquirió carta de primerísima categoría, tanto por parte de los nazis, con Goebbels como artífice, como por parte de los aliados. Pero a estas alturas, comienzos del siglo XXI, y con una tecnología y unos medios de comunicación que ni el mismísimo Goebbels hubiera soñado, el poder de la propaganda ha alcanzado niveles tales de sublimación que hasta la propia idea de propaganda ha quedado sumida en el concepto de comunicación, de manera que los poderes de turno comunican su propaganda con el ropaje de una comunicación supuestamente objetiva.

Pero ¿Quién tiene razón, por ejemplo, en la denominación para referirse a Viriato? Viriato fue aquel pastor lusitano que aparecía en la sección de Historia de la Enciclopedia Álvarez, que era el libro de texto en España cuando éramos niños los que ahora rondamos los 50 años. Era el prototipo de héroe ibérico: Valiente, osado, inteligente, organizador y, por encima de todo, patriota hasta los tuétanos, hasta el punto de enfrentarse al mismísimo Imperio Romano. La propaganda estatal, que aleccionaba nuestras infantiles mentes por medio de su interpretación de la Historia de España, nos lo presentaba como el héroe anticipo de toda una saga de héroes posteriores, ya fueran el Cid Campeador o El Empecinado, personajes llenos de bravura, luchando por una causa justa en contra de un poder superior opresor. La evaluación sobre Viriato no dejaba lugar a dudas: En él teníamos un resumen de las virtudes de lo que debe ser un buen español. El problema de esa visión del personaje era que procedía sólo de una parte y nunca se nos dijo qué pensaba la otra parte sobre él. Seguramente para Roma, Viriato no era más que un bandido, una especie de malhechor que puso en jaque a sus legiones muchas veces, ocasionando cuantioso sufrimiento y muertes. Seguramente para Roma, Viriato era cualquier cosa menos un héroe; un villano, un canalla procedente de una cultura atrasada y renuente a aceptar una civilización desarrollada y avanzada, como era la romana.

Sí, dependiendo de las palabras que usemos podemos hundir o levantar a un personaje o a una causa. Si para los españoles Francis Drake no fue más que un pirata asaltador de galeones y buques españoles durante el reinado de Felipe II, para los ingleses es uno de sus héroes nacionales, con el título de Sir incluido. La terminología es lo que hace la diferencia. Si se gana la guerra de la terminología se habrá ganado una buena parte de la misma, pero si se pierde es posible que la guerra misma esté perdida. Por eso ETA tiene perdida desde hace tiempo una buena parte de su guerra porque hace tiempo que perdió la batalla de la terminología: Salvo algunos miles de simpatizantes que los catalogan como gudaris (soldados) para el resto no son más que vulgares terroristas.

Una de las palabras con las que se define, para denigrar o para enaltecer, a determinadas personas en ambientes políticos o eclesiásticos es conservador. Para unos, conservador es sinónimo de gruta o caverna, para otros, de moderación y sobriedad. Pues bien, en mi opinión hay una clase de conservadurismo que es un obstáculo total a los planes de Dios y que hay que desechar cuanto antes, pero hay otro tipo de conservadurismo que es la voluntad perfecta de Dios. Los textos bíblicos arriba citados nos muestran un ejemplo de ambos: el primero, con la frase "estatuto perpetuo", habla de algo inamovible e inmutable, el segundo, con la expresión "tradición de los ancianos" de algo puramente humano y por lo tanto sin autoridad legítima. Que Dios nos ayude a distinguir lo que hemos de conservar y lo que hemos de desdeñar. Que seamos conservadores según su voluntad.