Contingencias
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11-09-2002
Una de las piedras angulares del escolasticismo fueron las palabras contingente y contingencia, vocablos repletos de significado filosófico y teológico y que moldearon buena parte de la enseñanza de aquel tiempo. Expresiones como "cosas contingentes" o "seres contingentes" aparecen una y otra vez en los escritos de los escolásticos. Una definición de contingente podría ser la siguiente: Todo aquello que existe pero podría no existir o que no existe pero podría existir; es decir, la contingencia es la condición esencial de todas las criaturas, pues ellas, por sí mismas, son incapaces de venir a la existencia o de mantenerse en ella por razón de su esencia. Si han venido a la existencia es porque la han recibido de otro y si continúan en ella es también gracias a otro. Sinónimos de ser contingente serían ser participado, ser finito, ser causado, ser dependiente, ser relativo, ser condicionado, ser mudable, etc. En contraposición a los seres contingentes está el ser necesario, es decir, aquel ser cuya existencia no es relativa ni hipotética ni por participación, sino absoluta y que la posee en sí mismo; por supuesto sólo hay un ser necesario y no contingente y ese ser es Dios, siendo todos los demás: ángeles, seres humanos, criaturas animadas e inanimadas, seres contingentes. La base bíblica de esto procede de Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: "YO SOY me ha enviado a vosotros."[…]Éxodo 3:14, donde Dios se da a conocer en la expresión "Yo soy el que soy", o, en otras palabras, el Ser per se, el Ser por excelencia, es decir, el Ser necesario. De ese Yo soy es de donde procede gramaticalmente el nombre propio de Dios, Jehová o Yahvéh.
Todo esto, que a primera vista parece ser un intríngulis propio de intelectuales con mucho cerebro y poco sentido práctico, tenía sin embargo grandes repercusiones para la vida cotidiana, porque enseñaba a los hombres cuál es el verdadero estado de cosas, al poner en su sitio a las criaturas ante el Creador. El hombre, aun con toda su dignidad, logros, dones, etc. no es más que un ser que le debe todo, empezando por la existencia, a su Hacedor, lo cual tiene enormes consecuencias sobre su actitud hacia Dios, hacia la vida, hacia la muerte, hacia el prójimo y hacia sí mismo. Su actitud hacia Dios, ha de ser por consiguiente de reconocimiento, de gratitud, de dependencia y de obediencia, siendo Dios verdaderamente el principio y el fin de la existencia humana. Toda esta enseñanza teológica sobre la dependencia humana estaba además corroborada por la experiencia cotidiana de la volatilidad de la vida: guerras, pestes, hambres y una media de vida corta, eran los terribles pero habituales compañeros de viaje que venían, con estruendosos bramidos, a decir lo mismo que decían los escolásticos de forma más soportable con su pluma: Las cosas humanas, por su misma constitución, son contingentes. Desgraciadamente, y para nuestro daño, en Europa se fue perdiendo, a partir del siglo XVIII, no sólo la palabra, que a fin de cuentas es lo de menos, sino la conciencia de nuestra contingencia, de nuestra limitación y de nuestra dependencia. La ciencia, la máquina y la técnica nos hicieron creer, con sus logros, que habíamos ya salido de la edad de la dependencia para entrar en la de la emancipación.
Pero la realidad sigue siendo tozuda y durante los meses de agosto y septiembre de 2002 vimos cómo una buena parte de Europa quedaba anegada por las aguas. Ríos desbordados, cauces superados, pueblos sumergidos, gentes desplazadas... Lo habíamos contemplado muchas veces, pero casi siempre por TV pues sucedía en países remotos y pobres: India, Lejano Oriente o Hispanoamérica, sufriendo los tifones, terremotos, huracanes, etc. La diferencia ahora es que, tras muchas décadas de tranquilidad, experimentábamos en carne propia que las cosas humanas, incluidas las europeas, son contingentes. Hasta tal punto teníamos olvidada la lección de nuestra contingencia que la Unión Europea ha tenido que echar mano de sus fondos estructurales (fondos para crecimiento) para paliar las innumerables pérdidas económicas que las lluvias torrenciales y las riadas han ocasionado, pues no había fondos de emergencias previstos para catástrofes. ¡Qué grandes, y duras, lecciones nos da a veces la naturaleza! ¿Serán provechosas?
El texto bíblico arriba citado pone las cosas en su sitio:
- La insensatez de pensar que somos autosuficientes y señores de nuestro destino.
- La prudencia de caer en la cuenta de que somos limitados y dependientes.
- El reconocimiento de que sólo una cosa no es contingente: la voluntad de Dios.
Ojalá seamos menos jactanciosos y más humildes para así ser más realistas, recuperando el sentido de la palabra contingencia.