
Si todo eso lo hubiera dicho un político (impensable, pues a la prensa hay que cuidarla y tenerla contenta), un eclesiástico (difícil también, por el temor a ser ridiculizado públicamente) o un sociólogo, el valor de esas apreciaciones sería relativo; pero cuando alguien desde dentro hace tal denuncia, ello tiene una autoridad y un peso innegables. Por otro lado, supone una auténtica cura de humildad para una profesión acostumbrada a no dejar títere con cabeza y a poner en la picota a todos los demás: Partidos, sindicatos, iglesias y cualquier otra corporación, gremio o institución, quedándose ella misma al margen. Es además la desmitificación de una profesión que había adquirido rasgos románticos, al ser considerados los nuevos profetas de la sociedad secular: Denunciando, fustigando y zahiriendo.
Pero no hace falta leer el libro de Halimi ni ser un lince intelectual para darse cuenta de las contradicciones intrínsecas que hay en el periodismo: simplemente basta con comprar un periódico, cualquiera, en un día cualquiera, para notar tal cosa. Y en ese sentido, lo mismo da que compremos el ABC que El País. Es sabido que la línea editorial del primero es conservadora, monárquica y católica; todos los valores tradicionales de la España de siempre: su unidad, su religión y su corona, están allí difundidos y defendidos; también es sabido que la línea editorial del segundo es liberal y laica: pluralidad, libre-pensamiento y modernidad son sus señas de identidad. Pues bien, en ambos, contradictoriamente a lo que sus líneas editoriales propugnan, aparecen cada día cientos de anuncios de burdeles en el que las prostitutas se ofrecen, con toda profusión de palabras e imágenes lascivas, para atraer clientela. Calculo que habrá unos 400 o 500 anuncios publicitarios de esa clase, cada día, en cada uno de los periódicos citados, llenando varias páginas de los mismos. Pero no pensemos que el ABC y El País son los únicos que ofrecen sus espacios a ese tipo de "comercio"; si los he citado por nombre es solamente porque son dos de los más prestigiosos diarios españoles, pero da igual que escojamos un diario de difusión nacional, regional o local, sea de derechas, de izquierdas o de centro, todos tienen en común que, independientemente de sus principios editoriales, allí están las omnipresentes páginas de las rameras.
¿Cómo se puede defender la moral católica, la familia y las buenas costumbres, en unas páginas, y promover en otras la promiscuidad, el desorden y la inmoralidad? ¿Y cómo se pueden defender la dignidad de la mujer, su igualdad con el varón, sus derechos como persona, en unas páginas, y promover en otras la degradación de esa misma mujer, su infamia y su vergüenza? ¿Cómo se pueden escribir en unas páginas artículos-denuncia sobre la prostitución clandestina, los clubes de alterne, las mafias explotadoras, las esclavas del sexo y, en otras, anunciar lo mismo que se denuncia? ¿Cómo se pueden negar páginas al boxeo porque es un deporte indigno y ofrecer páginas a las meretrices? ¿Es más digno eso que el boxeo?
Claro que cuando hacemos cuentas, resulta que los ingresos obtenidos por ese tipo de publicidad generan unos cuantiosos montantes, pues cada palabra publicada cuesta algo más de un euro (el valor de un euro es aproximadamente el valor de un dólar) y si es un anuncio destacado el coste de cada palabra se incrementa; pero si se trata de anuncios con imágenes, entonces un módulo de tres centímetros de largo por tres de ancho cuesta unos 60 euros; si todo esto lo multiplicamos por miles y miles de palabras y cientos y cientos de anuncios obtenemos cifras que mensualmente suponen miles y miles de euros en ingresos para los periódicos. Es decir, que las denuncias de Halimi sobre el mercadeo y la hipocresía del periodismo están justificadas, aunque él no esté pensando concretamente en los anuncios de sexo.
Carlos Marx escribió sobre las contradicciones del capitalismo: los derechos fundamentales no habían abolido la injusticia; los gobiernos constitucionales no evitaban ni la mala gestión ni la corrupción; la ciencia posibilitaba el dominio de la naturaleza pero no el de las fluctuaciones de los ciclos económicos; y la eficiencia de los modernos modos de producción no evitaba la existencia de barrios marginales en medio de la abundancia. Pues bien, también se puede hablar de las contradicciones de la prensa, que parecía la única institución que se salvaba de la quema. Pero en realidad Marx se quedó corto: las contradicciones no son patrimonio exclusivo del sistema capitalista, sino del ser humano; por eso el periodismo también puede quedar a la misma altura de miseria que las demás actividades humanas. Por eso también el periodismo necesita redención; por sí mismo no es redentor de nada ni de nadie, sino necesitado, como todo lo demás, de ser rescatado de su propia contradicción.