
Uno de tales códigos éticos tiene que ver con la televisión. Es sabido el inmenso poder de influencia que tiene ese medio sobre cualquiera y mucho más sobre personas inmaduras, como son los niños. De ahí que los padres responsables vigilen lo que sus hijos ven a través de ella. Pero para no dejar solos a los padres ante esta tarea, se vio que era necesaria la complicidad de las propias cadenas de televisión, que se comprometieron a no emitir programas con contenido escabroso en determinadas franjas horarias. Esa era la teoría y todos nos congratulamos con la feliz medida.
Pero es muy difícil, por no decir imposible, mantener un principio ético solamente en determinadas horas del día y trastocarlo totalmente en otras horas. El tiempo no está constituido por un conjunto de departamentos estancos entre sí, sino que del mismo modo que el agua busca cualquier rendija para abrirse paso, así ocurre con lo sórdido. De manera que una cadena de televisión con proyección estatal y a la hora de máxima audiencia ha comenzado a emitir un programa de contenido vergonzoso, al menos desde la perspectiva de un menor. Hombres y mujeres aparecen desnudos en un reality en el que se ensalza y aplaude todo lo que el código ético, anteriormente aprobado, consideraba inadmisible que se emitiera a esas horas. Pero así es nuestra ética y así son nuestros compromisos: Palabras que, llegado el momento, se convierten en palabrería; contradicciones que ponen en evidencia la insustancialidad de nuestras promesas.
Es evidente que el programa en cuestión refleja la degradación actual en España, pues una vez que se corrompen las grandes nociones y conceptos el siguiente paso es la corrupción de las costumbres. Ahora bien, es imposible pretender que los adultos practiquen corrompidas costumbres y que éstas no alcancen, de una u otra manera, a los niños. Es como pretender incendiar deliberadamente un bosque y, a la vez, querer que no perezcan las ardillas que habitan allí. Esta ética secular y humanista que nos hemos fabricado se cae por su propio peso y es tan incoherente que ni los mismos que la fomentan se la creen. La decadencia de una nación, de una cultura o de una civilización se aprecia en la decadencia de sus costumbres.
¿Cómo se va a dar vía libre a lo perverso a unas horas y se le va a cortar las alas en otras? ¿Quién será capaz de erigirse en autoridad imparcial que regule tal separación, si todo lo que tiene que ver con censura lo hemos desechado por mojigato y puritano? ¿Cómo se va a llamar a algo virtud en un instante del día y en otro va a pasar a ser denominado vicio? ¿De qué manera se puede trazar la raya entre lo malo y lo bueno, si se afirma que dependiendo cuando se practique así es malo o es bueno? ¿Cómo inculcar en la mente de los menores la diferencia entre el bien y el mal si, según nos convenga a los adultos, al mal lo llamamos bien y al bien mal?
Tenemos un grave problema con la idea de corrupción si la reducimos al ámbito de lo económico. Cuando la promiscuidad sexual es jaleada y difundida, también a horas en las que cualquiera, incluido un menor, puede estar sentado delante de la televisión, es señal de que la marea desbordante de lo vergonzoso ha alcanzado cotas alarmantes. Y la pregunta es si los corruptos ya "consagrados" lograrán meternos a todos, incluidos los niños, en el lodazal en el que ellos ya están metidos. Teniendo en cuenta que todos somos portadores de la semilla de la corrupción y que, por tanto, tenemos una propensión hacia la misma, eso es lo que sucederá.
Pero en este naufragio colectivo hay un salvavidas al que podemos agarrarnos, para ser rescatados de este diluvio de basura que está cayendo sobre nuestras mentes y corazones. Hace tres mil años alguien describió a las fuerzas malignas como una inundación que se lleva por delante todo lo que encuentra a su paso. Un poderoso tsunami de maldad, ante el cual nuestra capacidad de resistencia es totalmente inútil. 'Torrentes de perversidad' es la expresión que usó ese autor. Pero a continuación exclamó: 'En mi angustia invoqué al Señor y clamé a mi Dios. Él oyó mi voz desde su templo y mi clamor llegó delante de él a sus oídos... Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas.'1
Ese Dios de hace tres mil años es el mismo que hoy tiene poder para salvarnos a nosotros y a nuestros niños de este torbellino desatado de inmundicia.