
La fuerte componente ideológica que motivaba a Zetkin unida al contexto político de la Europa de principios del siglo XX, hicieron que ese Día tuviera una gran carga beligerante, no sólo en contra del capitalismo sino también en contra de la religión. De acuerdo al pensamiento marxista la clase dominante se servía de las estructuras ideológicas, entre las cuales la religión jugaba un papel primordial, para tener sometida y explotada a la clase trabajadora; de ahí el dicho: "La religión es el opio del pueblo". La religión también era la culpable de haber postergado a la mujer a papeles establecidos por los hombres, en un mundo hecho por y para los hombres. Por lo tanto, para que las mujeres alcanzaran su emancipación era preciso romper necesariamente con la ideología que sustentaba tal estado de cosas: La religión. Este planteamiento dialéctico de asociar religión con opresión y comunismo con liberación tenía un elemento de verdad, otro de error y un tercero que estaba por comprobar; el elemento de verdad era que ciertamente la religión había sido el medio que los poderosos usaron, y usan, para perpetuar sus intereses; el elemento de error consistía en identificar a Dios con ese tipo de religión y el factor por comprobar era si el comunismo traería la liberación que prometía, cosa que intentó hacer pero al precio de los Gulags, es decir, de manera, como mínimo, discutible.
El modelo de mujer que propugnaban Zetkin y sus camaradas de principios del siglo XX tenía un perfil claramente antirreligioso y anticlerical, que fácilmente derivaba en el ateísmo, no pareciendo que hubiera una vía alternativa a estos dos extremos: Mujer "beata"-Mujer revolucionaria, estando la primera asociada con la derecha y las fuerzas reaccionarias y la segunda con la izquierda y las fuerzas progresistas. Sin embargo, esta manera enfrentada y maniquea de entender a la mujer ya tenía un elemento perverso inherente, lo primero por encasillar a las mujeres, lo segundo por reducir las posturas posibles a dos y lo tercero por asumir la completa maldad de una postura y la absoluta bondad de la otra.
Pero la Sagrada Escritura, la gran desconocida de unos (los progresistas) y de otros (los reaccionarios), nos presenta en el texto arriba citado un tipo de mujer que rompe los moldes en los que ambos nos habían encerrado, y que hace saltar por los aires sus rígidas categorías conceptuales. El caso de Lidia ilustra a la perfección que es posible ser una mujer dinámica, emprendedora, incorporada al mundo laboral, con negocio propio, con autonomía personal y, al mismo tiempo, tener claras y firmes actitudes hacia las cosas de Dios. Lidia podría representar a tantas mujeres actuales que tienen aspiraciones profesionales y valía personal para salir al mundo y ejercer su talento y capacidad. Lidia es una adelantada a su tiempo, tiempo dominado por los hombres, en el sentido de que por sí misma le hace frente a la vida y es capaz de sobrevivir en el intento de ser mujer. Pero, a la vez, y aquí es donde está lo sorprendente, Lidia conjuga todo eso con sus creencias básicas: Hay un solo Dios verdadero (y recordemos que esta mujer vive en un contexto sincretista y pagano), ese Dios no es otro que el Dios de Israel y el tal es digno de ser reconocido y adorado. Pero las creencias de Lidia no se quedan en la teoría sino que se materializan en la práctica y por eso está comprometida con un grupo que semanalmente se reúne para buscar a Dios. En otras palabras, el negocio de Lidia y su actividad profesional no es su horizonte final en la vida y las prioridades las tiene en su sitio: Sabe apartar tiempo, el día instituido, para emplearse en las cosas de Dios. Su negocio no es un fin en sí mismo sino un simple medio; aquí hay una diferencia con tantas mujeres actuales que habiendo entrado en el mercado laboral viven por, para, de, desde, con, hacia... su trabajo (es el problema también de infinidad de varones).
Pero Lidia va a ir más allá en su compromiso con Dios, porque al escuchar el evangelio, la buena noticia de que las profecías que anunciaban la obra expiatoria del Mesías se han cumplido en Jesucristo, cree en lo que se le anuncia y se bautiza. Ya no solamente conoce al Dios vivo y verdadero sino que además lo tiene como Padre al haber conocido a su Hijo. De manera que aquí tenemos a una mujer adelantada a su tiempo y, a la vez, cristiana. Ella fue la primera persona convertida en Europa, una Europa en la que actualmente sólo se promociona un perfil de mujer de rasgo secular. Sin embargo, Dios tiene sus Lidias lo mismo que ayer, mujeres cuyo compromiso cristiano desemboca en un fructífero servicio de testimonio a otros. ¡Gracias a Dios por ellas!