Matrimonio

Día de San Valentín

Día de San Valentín
El día de los enamorados nunca tuvo tanta trascendencia como actualmente, sin duda potenciado por la fuerza de la publicidad que agiganta desmesuradamente todo lo que toca. En los días previos al 14 de febrero las cadenas de televisión nos han inundado con anuncios de perfumes cuya supuesta virtud reside en lo irresistible de su eficacia para ganar, no tanto el corazón, sino sobre todo el cuerpo pretendido. La mayor parte de esa publicidad rezuma pedantería por los cuatro costados, con esas voces en off que proclaman, aunque la mayor parte de los televidentes no las entiendan, la marca o el eslogan de la firma en inglés o francés, arrastrando las palabras de manera artificiosa. Pero lo que importa no es el mensaje real sino el subliminal, por eso unas palabras incomprensibles en francés, como culminación del anuncio, tendrán más poder de seducción que si fueran pronunciadas en español. Mas no vayamos a pensar que nuestros sagaces creadores publicitarios han descubierto algo nuevo. Ya lo dijo el emperador Carlos V, quien consideraba al castellano la lengua por excelencia para dirigirse a Dios, pero al francés la idónea para asuntos del galanteo.

Y sin embargo, unos minutos después de la cascada de colonias y perfumes con seductoras imágenes, la misma pantalla nos presentará el otro lado de la realidad: Matrimonios, parejas y novios que de manera violenta acaban con su relación y su vida. Un semana sí y otra también. Seguramente cada una de esas tragedias también tuvo su día de San Valentín: Su colonia, su romance, su ilusión... pero por alguna razón algo se resquebrajó y todo se vino abajo. Y es que una cosa es el mundo y los personajes que nos presentan la publicidad y otra muy distinta las personas que viven en el mundo real. La mayor parte no somos guapos ni tenemos esos cuerpos; a muchos ya hace tiempo que se nos comenzó a marchitar (a pesar de los champús) nuestra hermosa mata de cabello que ya no luce como antaño; irremediablemente llegan las arrugas (a pesar de las cremas) y las canas (a pesar de los tintes), y no solamente las visibles... El tiempo, tamiz implacable que todo lo filtra, se encarga de desmoronar lo que parecía tan consistente e inmutable: Aquella juventud que fue y ya no es. Sí, hace falta algo más que colonia para darle sentido al día de San Valentín, pero ese algo más no pueden aportárnoslo los diseñadores de publicidad pues su solución es ficticia, sus modelos irreales y su mundo virtual. Tampoco los mitos literarios, Romeo y Julieta, Calixto y Melibea, nos proporcionan algo mejor, pues acaban de forma trágica.

En la Biblia tenemos a un matrimonio, Isaac y Rebeca, al que considero un auténtico prototipo de enamorados y del cual sí podemos tomar nota. Hay varias características que así lo confirman:

  • En primer lugar, fue un matrimonio monógamo y de por vida. Ahora bien, esa es la perfecta voluntad de Dios para cada matrimonio desde sus mismos orígenes. Sin embargo, en la época de Isaac y Rebeca ya no se vivía bajo esa norma. El padre de Isaac (Abraham) no fue monógamo, los hijos de Isaac (Esaú y Jacob) no fueron monógamos. La poligamia, el repudio y el concubinato estaban a la orden del día, especialmente cuando se trataba de levantar heredero. Y aunque Rebeca era estéril, ellos no recurrieron a ningún subterfugio humano para tratar de remediar el problema; hubiera sido fácil haberlo hecho, pues tenían precedentes en su familia y argumentos sobrados, sin embargo hicieron otra cosa que no se le ocurrió a otros hacer: Poner el asunto en las manos de Dios. Los trapicheos entre Jacob y sus mujeres por la descendencia, con mandrágoras por medio incluidas, o la batalla sin cuartel entre Sara y Agar en el hogar de Abraham, nunca se vivieron en el hogar de Isaac y Rebeca.
  • En segundo lugar, fue un matrimonio de por vida enamorado. Hay matrimonios, aunque cada vez menos, que son de por vida, pero que retengan además ese ingrediente de atracción mutua, a pesar del paso del tiempo, ya es mucho más difícil encontrarlos. Algunos matrimonios son de por vida, sí, pero son tormentos de por vida. En el texto bíblico arriba citado tenemos a nuestra pareja acariciándose, jugueteando, mostrando ostensiblemente que la chispa entre ambos sigue encendida. Ahora bien, ¿Cuándo se produce ese hecho? ¿Son dos jovencitos como los que aparecen en nuestros anuncios de TV? No. Para ese entonces Isaac y Rebeca llevan alrededor de 40 años casados; hace ya mucho tiempo que la noche de bodas pasó, hace ya mucho tiempo que los arrebatos juveniles cesaron y sin embargo ese mismo tiempo no ha gastado la atracción mutua (afectiva y física) entre ambos. Uno de los males implacables de cualquier matrimonio es el cansancio recíproco, cosa de la que se guardaron muy mucho nuestros protagonistas.

Lo dicho sobre Isaac y Rebeca no quiere decir que fueran el matrimonio perfecto. No existe tal matrimonio, ni siquiera en la Biblia, que es un libro realista. La misma Escritura que nos muestra sus puntos positivos también nos enseña las dificultades que tuvieron que pasar. Ya hemos mencionado la esterilidad de Rebeca, que duró 20 años, a lo que habría que añadir los afectos divididos de estos esposos por cada uno de sus hijos; las ideas poco claras de Isaac respecto al futuro de los mismos; la actuación de Rebeca a espaldas de su marido; los sinsabores que les produjo el mal casamiento de Esaú, etc. Sin embargo, así como el tiempo no logró deshacer lo que había entre ambos, tampoco los problemas de la vida lograron destruir su unión y su amor. No, la clave para ellos no fue la colonia del día de San Valentín. La clave, a mi entender, está en otra parte: