El logos, el rhema y la antigua teología

El <EM>logos</EM>, el <EM>rhema</EM> y la antigua teología
Existen diversos matices de significado entre los partidarios de la distinción de las palabras logos y rhema, respecto a la manera de entender la relación entre las mismas. Unos afirman que el rhema ha de estar siempre subordinado al logos y que nunca puede contradecirlo, intentando salvar de esta manera la supremacía de la Biblia (logos) sobre cualquier otra revelación del tipo que sea. Otros afirman que, en realidad, el rhema no es más que el logos concretado. Es decir, la palabra predicada, que sería el logos, se convierte en rhema cuando es recibida por el individuo y se apropia de la misma. Finalmente estarían los que hacen una distinción tan marcada entre ambos términos, que hacen autónomo al rhema del logos.

Este último caso, lógicamente, es el más arriesgado de los tres mencionados, porque tiene dos consecuencias automáticas: la primera, es que la Palabra escrita, el logos, ya no tiene el valor absoluto que esa misma Palabra se atribuye a sí misma1, dado que se precisa el rhema para tener toda la revelación de Dios; la segunda, es que se hace imprescindible la figura del profeta, receptor y transmisor del rhema de Dios. Ahora bien, en el momento que entramos en esta esfera dejamos de pisar el terreno firme, objetivo, que la Palabra es, para adentrarnos en un territorio subjetivo e inestable, donde hemos de depender y confiar en lo que alguien afirma tener de parte de Dios. Si se persiste en transitar por esta senda, finalmente puede llegar un momento en que el cristiano viva y se mueva por revelaciones, en lugar de alimentarse de la Palabra de Dios, desembocando en un estado frenético-compulsivo-buscador-de-revelaciones. De ahí al iluminismo no hay más que un paso.

Todo esto surge a causa de una deficiente interpretación del significado de esas dos palabras y de una artificial teología basada en tal interpretación. Si volviéramos a la antigua teología sobre la Biblia no haría falta fabricar una nueva, ni forzar las palabras para que digan lo que nosotros queremos que digan. Claro que eso supone estar dispuestos a renunciar a determinadas preferencias.

La antigua teología enseñaba que hay algo que se denomina ‘inspiración’, que es una obra especial de Dios limitada a muy poquitas personas2 a lo largo de la Historia de la humanidad, a fin de plasmar por escrito su verdad, para lo cual él las escogió como instrumentos. Esa inspiración no es un proceso indefinidamente abierto. Tuvo su comienzo y tuvo su final, razón por la que no debemos esperar nuevos inspirados. Esto significa que pretensiones como la de los musulmanes con el Corán o de los mormones con el Libro de Mormón, quedan automáticamente descalificadas como ilegítimas, al suponer que algunos, en el siglo VII o en el siglo XIX, recibieron inspiración añadida de Dios.

El concepto de inspiración es fundamental, porque define los límites de lo que tiene autoridad final, tanto en cuestiones de doctrina, sobre Dios y sobre nosotros mismos, como de moral. Lo que hemos de creer, cómo hemos de vivir y lo que aguardamos, está delimitado por los escritos inspirados. Esos escritos tienen nombre: Sagradas Escrituras. De ahí surge la predicación, el estudio, la enseñanza y la reflexión cristiana. Mientras nos mantengamos en el cerco que es esa Palabra, tendremos garantías absolutas de seguridad de que el terreno que pisamos es sólido.

En la mente de algunos cristianos existe una confusión entre la autoridad de las Escrituras y el don de profecía en el Nuevo Testamento. Algunos han eliminado toda posible confusión, restringiendo tal don, y los otros mencionados en 1 En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que seáis ignorantes. 2 Sabéis que cuando erais paganos, de una manera u otra erais arrastrados hacia los ídolos mudos. 3 Por tanto, os hago saber que nadie hablando por el Espíritu de Dios, […]1 Corintios 12, al tiempo apostólico, afirmando que tales dones cesaron con la muerte del último apóstol. Sin embargo, quienes creen que los dones siguen vigentes todavía, han de tener en cuenta que, aún así, hay una diferencia fundamental entre la Palabra inspirada y el don profético, radicando tal diferencia en lo siguiente: La autoridad de las Escrituras es categórica y no está sujeta al juicio o al criterio del creyente o de la Iglesia; más bien es el creyente y la Iglesia quienes han de sujetarse al juicio de las Escrituras. Mientras que el don de profecía y las profecías mismas, sí están sujetos a examen por parte del creyente y de la Iglesia3, lo cual quiere decir que hay que discriminar en ellas lo verdadero de lo erróneo. Esto significa que con el don de profecía, en el mejor de los casos, estamos ante algo relativo, no absoluto, como con las Escrituras y en el peor, ante un posible fraude.

La antigua teología también enseña que hay otra operación divina que se llama ‘iluminación’, que no es lo mismo que iluminismo, la cual descorre el velo de nuestras mentes y corazones4 y hace que esa Palabra anunciada no sea meramente el relato de una crónica histórica o literaria emocionante, ni tampoco una conferencia intelectualmente interesante, sino en realidad lo que es, la inmutable verdad de Dios, viva y poderosa, que nos hace ver nuestra condición y nos muestra el remedio para la misma. Nos redarguye, consuela, edifica o reprende, de acuerdo a nuestra necesidad. Es la voz, no de Pablo, Mateo o Juan, sino de Dios mismo, hablándonos personal y profundamente al corazón.

Mientras que la obra de inspiración está cerrada, la de iluminación es siempre continua, pudiendo aumentar o disminuir en función, entre otros factores, de nuestra obediencia o desobediencia, fervor o tibieza. De ahí que haya distintos grados de iluminación, sobre Dios y su Palabra, entre los cristianos.

Echar mano, pues, de rebuscadas y artificiosas distinciones filológicas, para establecer rangos de valor en la Palabra, puede resultar no sólo superfluo sino también letal.

1 16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra. […]2 Timoteo 3:16-17
2 pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios.[…]2 Pedro 1:21
3 Y que dos o tres profetas hablen, y los demás juzguen.[…]1 Corintios 14:29
4 Pero el entendimiento de ellos se endureció; porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto el mismo velo permanece sin alzarse, pues sólo en Cristo es quitado.[…]2 Corintios 3:14

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