
Lo que esos estudios señalan es simplemente lo que el cristiano puede corroborar, con la fundamental añadidura de que la familia es idea de Dios y uno de los grandes medios que ha instituido para el beneficio personal de cada uno de sus miembros. En el seno de una familia es donde nacemos y crecemos, impartiéndosenos la educación que es necesaria para la vida. Allí es donde se aprende el amor, el respeto, el deber, la confianza, la responsabilidad, la seguridad y la disciplina, entre otras cosas. Es la escuela antes de la escuela y también simultánea y posterior a ella. Es el lugar donde se siembran las semillas que han de perdurar a lo largo de toda la vida, siendo la más importante de todas la enseñanza espiritual que los padres han de transmitir de manera oral y práctica a los hijos, pues como dice el antiguo proverbio: "Instruye al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él."
La palabra bendición es un término amplio que designa todo lo relacionado con un estado de justicia, paz y gozo, en el que la persona experimenta la plenitud de lo bueno. Es destacable que, a pesar de la Caída, la palabra bendición aparezca una y otra vez relacionada con la familia en las páginas de la Biblia, lo cual muestra que la entidad familiar es una fuente que proporciona un alto grado de bendición en esta tierra al individuo.
En muchas culturas la familia es sagrada, estando los lazos de sangre por encima de cualquier consideración, sea del tipo que sea, no contemplándose nada que pueda ser superior a ella. La lealtad a la familia es el cemento que da cohesión al clan y constituye la piedra angular que lo sostiene. Todo lo que entre en colisión o amenace esa fidelidad debe ser erradicado como el peor de los males. Las normas establecidas, en las que el individuo ha sido estrictamente formado, ponen en lo más alto del listón de deberes la devoción inquebrantable al núcleo familiar, en la que hay que velar, sobre todo, por su honor, siendo vengada cualquier afrenta que lo ultraje de manera radical.
Pero la Biblia, con todo su énfasis en la importancia de la familia y concordando con las culturas que la valoran grandemente, también enseña la posibilidad de que la familia, o algún miembro de ella, se convierta en una piedra de tropiezo para el que está andando rectamente. Aquí no se trata de un extraño, al que resulta fácil confrontar, porque después de todo la ruptura no será demasiado dolorosa, sino que se trata de alguien del entorno íntimo, con quien los vínculos de sangre o afectivos son muy estrechos, como un hermano, un hijo, un cónyuge o un progenitor. Alguien con mucha influencia y a quien resulta muy difícil contrariar o decir no. En ese caso, la Biblia muestra que antes que el deber hacia la persona allegada, está el deber hacia Dios. Es decir, cuando hay dos lealtades contrapuestas que entran en conflicto y sumen a la persona en un problema de conciencia, la solución es clara: La lealtad a Dios es prioritaria sobre cualquier otra, de lo contrario queda comprometido gravemente el primero de los deberes que el creyente tiene. El caso del sacerdote Elí, con su fatal debilidad hacia sus hijos, sería un ejemplo de lo que ocurre cuando la familia es más importante que Dios.
Este conflicto de lealtades es el que está detrás del mandato contra los matrimonios mixtos, es decir, de alguien creyente con alguien no creyente. Las ataduras, los problemas, los peligros y las complicaciones irresolubles que va a ocasionar un matrimonio de ese tipo son de tal envergadura, que la Biblia ordena taxativamente que la parte creyente no se una en un yugo desigual con la parte no creyente, dados los perjuicios infinitos que le va a reportar tal unión.
En las páginas del Nuevo Testamento aparecen dos casos en los que personas que querían seguir a Jesús no pudieron hacerlo, porque en su escala de lealtades no estuvieron dispuestas a someter la lealtad a su familia a la lealtad al Maestro. Su prioridad estaba en sus vínculos de sangre y el seguimiento a Jesús estaba en segundo lugar. No es extraño que, en un momento dado, él se diera la vuelta y dijera a los que venían tras sus pasos que si querían ser discípulos suyos tenían que dejar a un lado los poderosos lazos de sangre, capitalizadores de sus voluntades y afectos.
Hoy ocurre lo mismo que ayer. Muchos que querrían ir en pos de Cristo no pueden hacerlo, al no ser capaces de poner lo primero en segundo lugar y lo segundo en el primero, al tratarse de una subversión que tiene un alto costo.
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