
El día de la banderita, el día del cáncer, el día de la hispanidad… Días y días que celebraban con mayor o menor éxito una causa que se consideraba merecedora de la ocasión. Claro que nada que ver con la proliferación de "día de" que actualmente nos inunda. Porque así como los 365 días del calendario religioso están ocupados por santos, de manera que cada efemérides es el "día de San …", también hay el mismo número de días ocupados en el calendario secular. Con el paso del tiempo se han ido introduciendo días para todos los gustos, ideologías y tendencias. A veces son causas reivindicativas, en las que algún colectivo que se considera amenazado o lesionado en sus derechos, expresa su queja. También pueden ser ocasión para que todos tomemos conciencia de determinadas responsabilidades, en vista de los peligros que se ciernen sobre el planeta en conjunto. La ONU, el Consejo de Europa y otros altos organismos impulsan esos días, algunos de los cuales pasan sin pena ni gloria, aunque otros han tomado una categoría tal, que a estas alturas ya son parte de nuestra cotidianeidad.
Pero así como existen esos días en los que alguien o algo es el protagonista indiscutido, a mí me gustaría hacer referencia a la existencia de otro día, del que casi nadie habla. Una las composiciones musicales sagradas más importantes de todos los tiempos es la titulada Dies irae, esto es, Día de la ira. Ha sido ocasión para que grandes músicos de todos los tiempos hayan puesto su talento al servicio de ese texto, que está basado esencialmente en un pasaje bíblico que dice así: "Cercano está el día grande del Señor, cercano y muy próximo; es amarga la voz del día del Señor, gritará allí el valiente. Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y de entenebrecimiento, día de trompeta y de algazara sobre las ciudades fortificadas y sobre las altas torres. Y atribularé a los hombres como ciegos, porque pecaron contra el Señor y la sangre de ellos será derramada como polvo y su carne como estiércol."1
A este día se le llama día del Señor, porque él es el protagonista y lo que importa es su nombre. Es el día en el que su intervención es soberana, en el que su obra brilla y sobresale por encima de cualquier otra. Es su día, porque se glorifica de manera especial, estableciendo su voluntad para siempre. Es su día, porque su palabra es hegemónica y porque su reino llega a su consumación. Es su día, porque para el mismo ha reservado su intervención más trascendente. Es su día, porque su justicia y su verdad triunfan categóricamente. Los hombres hemos tenido nuestro día, en el que hemos hablado, sentenciado, dirimido, afirmado, negado, escogido, filosofado y obrado, en el que hemos hecho nuestra voluntad. Pero el día del Señor es aquel en el que él hace lo que le complace, sin que nadie pueda decirle ¿qué haces?. Es el día en el que somos llamados a comparecer ante su tribunal. Pero que nadie se llame a engaño; no se trata de un día que dura 24 horas, tras las cuales todo vuelve otra vez a lo de antes. Es un día definitivo y final, al que no le sigue otro, sino la eternidad.
Este es el día, por encima de cualquier otro, que debiera importarnos, ya que es el día determinante. Está bien concienciarse acerca de los muchos problemas que nos rodean e inventar días para procurar solucionarlos. Pero tengamos cuidado, no sea que estemos tan ocupados con tal y cual día que hagamos caso omiso del Día que se acerca. Sería terrible estar afanados con tantos días con minúscula y olvidar el Día por excelencia.