
Es indudable que todo lo que suponga reducción de la variedad y riqueza de la flora y fauna mundial es una pérdida en todos los sentidos, pero si esa reducción alcanza niveles alarmantes como los que se anuncian en estas cifras, ello es un factor indicador de que algo no precisamente bueno se aproxima. Si la diversidad es sinónimo de riqueza, la uniformidad lo es de pobreza y parece que el planeta se dirige hacia una uniformidad en todos los sentidos: Ideológico, económico y cultural (mercado único, aldea global, pensamiento único), habiendo medios y tecnología para que esa uniformidad sea cada vez más homogénea. Es decir, a la merma progresiva de diversidad de la flora y fauna se une también el menoscabo de la diversidad humana (hay tres mil grupos etno-lingüísticos en peligro de desaparición). En otras palabras: Hay una relación directa entre el estado del ser humano y el estado del medio que nos rodea, resultando el empobrecimiento nuestro en empobrecimiento automático de esos co-habitantes nuestros que son los animales y las plantas. No es casualidad, pues, que la amenaza que se cierne sobre tres mil culturas y lenguas de nuestro planeta vaya acompañada, al mismo tiempo, de la amenaza a varias miles de especies de animales y plantas.
Creo que el reino del anticristo, reino de uniformidad por antonomasia, será el más paupérrimo de todos los reinos que nunca hayan existido; menos mal que será transitorio, al contrario que el Reino de Dios, donde en la unidad hay lugar para la diversidad, la peculiaridad y la singularidad, como a gritos se encarga de anunciarnos día a día toda la creación. Dios, dentro de un orden, ama la diversidad y ella es sello del carácter de Dios. Por eso también creo que todo racista es un pobre de espíritu, que no es lo mismo que un pobre en espíritu, no importa cuán abultada sea su cuenta bancaria.
La relación entre la humanidad y las criaturas inferiores (animales y plantas) no sólo nos la enseña la triste realidad que actualmente estamos viviendo en nuestro mundo; también nos la enseña la Biblia en los pasajes arriba citados. En el primero se introduce un principio jerárquico (esto le duele mucho a los ecologistas seculares) por el cual el ser humano es puesto como señor de la creación. Ese señorío tiene varias características:
- Es legítimo, pues no el ser humano el que se lo arroga sino que le es otorgado por Dios, fuente legítima de toda autoridad.
- Es condicional, en el sentido de que la bondad que se desprende de su ejercicio depende del sometimiento del ser humano (el señor con minúscula) al Señor por excelencia. Si esa condición se rompe ese señorío se desvirtúa.
- Es asociativo, lo que quiere decir que la suerte de animales y plantas está asociada a la actuación del que ha sido puesto sobre ellos, el ser humano, de la misma manera que el pasaje de un avión depende de lo que haga el piloto de la nave.
Este principio asociativo es el que queda de manifiesto en el segundo pasaje, el relato de los prolegómenos del diluvio, donde la depravación progresiva de la raza humana, que comienza con una codicia sexual desordenada por parte del linaje santo (¡atención pueblo de Dios!), conlleva una sentencia en la que los animales quedan ligados a la misma, teniendo su contraparte en la preservación de las especies gracias a la justicia de un hombre, Noé, y a la salvación de Dios.
Por lo tanto, hay una relación directa entre la condición moral de los humanos y la suerte de la flora y fauna de nuestro planeta. Si esto es así y estamos asistiendo a una grave amenaza de su supervivencia, la razón de ello no es otra que el desorden moral y espiritual progresivo de la raza humana y, esto lo más terrible, del pueblo de Dios. ¿Sabremos reaccionar? Tal vez hay tiempo todavía.
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