
Pero he aquí que el programa que llegó a tener el mayor número de audiencia de espectadores, lejos de desaparecer con el paso del tiempo se ha enquistado permanentemente en el arco televisivo, hasta el punto de que existe una cadena de televisión dedicada exclusivamente las veinticuatro horas del día a la emisión de Gran Hermano. Y hasta tal extremo llega la simbiosis entre la cadena y el programa que la una lleva el nombre del otro.
Es interesante que la aparición de esta nueva cadena ha sido posible por el hundimiento de la otrora todopoderosa CNN+, lo cual es toda una lección de cómo a todo lo que en un momento dado parece imponente y jactancioso le llega su hora de humillación y desaparición. Es un triste fin para los que pretendieron estar a la vanguardia de la innovación ideológica y más patético aún por la clase de cadena y contenido que ha venido a ocupar su lugar en el espectro de las ondas. Finis gloriae mundi.
Pero lo sorprendente para mí es que la filmación continua de varios individuos alojados en una misma casa tenga el suficiente interés como para merecer la retransmisión ininterrumpida de día y de noche. Claro que más misterioso, si cabe, es el hecho de que existan cadenas que durante todo el día solo emiten publicidad y tienen audiencia. Aunque esto último puede explicarse por el hecho de que el homo sapiens ha sido sustituido por el homo stultus, lo cual es la negación de esa teoría evolutiva que afirma que la raza humana va de menos a más.
Pero volviendo a Gran Hermano resulta deprimente ver a unos cuantos individuos jóvenes, en igual número varones y mujeres, holgazaneando todo el día, en conversaciones insustanciales, con el telón de fondo de unas pasiones difícilmente contenidas y con la complicidad de los espectadores que tienen la última palabra sobre si continúan en la casa o no. Triste también resulta el papel de los presentadores del programa, al haber puesto su prestigio profesional al servicio de una causa indigna de la profesión de periodista.
Se ha dicho recientemente que asistimos en España al surgimiento de la generación ‘ni-ni’, es decir una generación que ni estudia, ni trabaja. O sea, que no hace nada, que vive del cuento. Desde luego viendo a los protagonistas de Gran Hermano queda bien reflejada esa generación: Improductiva, inútil, caprichosa, sensual e indolente. Pero el problema se agrava porque su ejemplo, su mal ejemplo, se proyecta las veinticuatro horas del día a través de las ondas, habiendo para ello a su disposición toda una serie de recursos financieros, tecnológicos y humanos. Es la exaltación de lo deplorable y la glorificación de lo banal.
El libro de Proverbios, escrito hace unos 3.000 años, nos presenta una galería de retratos de personajes con un perfil muy definido. Está el simple, al que también podríamos denominar el bobo, incauto o crédulo. Fácil de ser seducido y blanco de multitud de peligros, ya que no ejerce el discernimiento que le puede ayudar a comprobar la naturaleza de las cosas. También está el falto de entendimiento, al que también podríamos llamar cabeza hueca, porque no tiene dos dedos de frente. Vive en un mundo de fantasías, se cree superior a los demás y solo aprende, si es que aprende, a golpes. Está el insensato, al que no sería errado aplicarle el calificativo de mentecato, ya que se lo tiene creído, aunque es incapaz de dar una palabra ponderada y justa. Igualmente aparece en esa galería el necio, que no tiene conciencia del peligro y le gusta llamar la atención, ser el centro de la reunión. Asimismo está el burlador, obstinado y terco como él solo, ya que está lleno de sí mismo, pensando que lo sabe todo. Finalmente se presenta el perezoso, un gandul incapaz de responder ante ninguna responsabilidad, si bien está lleno de deseos y proyectos, pero que nunca lleva a cabo. Aunque no hay que olvidar en este repertorio a la lasciva ninfómana, cuya tarea consiste en enredar y envolver en su mortal red a los recién descritos.
Qué cosas. Pareciera que el tiempo se ha detenido y asistimos en nuestro sofisticado siglo XXI al mismo escenario de treinta siglos atrás. No hemos cambiado. La diferencia es que antes no había televisión que mostrara todas esas miserias y ahora sí. Por lo demás la vida sigue igual.
Copyright de la imagen: