Alejarse de Dios

La corrupción del ministerio (V)

La corrupción del ministerio (V)
Don Miguel de Unamuno nos ha dejado un rasgo autobiográfico de cómo un muchacho de catorce años puede experimentar el surgir de la fuerza sexual que hasta poco antes parecía estar adormilada o ser inexistente. Aquel adolescente con hambre profunda de conocimiento que a tan precoz edad leía a Balmes y a Donoso Cortés, combinando estas lecturas filosóficas con las enseñanzas religiosas impartidas por los jesuitas en su ciudad natal, Bilbao, sintió, como siente cada muchacho en esa edad, el ímpetu de la sexualidad que, como río desbordante, quisiera arrasar con todo.
"Soñaba en ser santo y de pronto atravesaba este sueño su imagen. Iba de corto, sus cortas sayas dejaban ver las lozanas pantorrillas, su pecho empezaba a alzarse, la trenza le colgaba por la espalda, y sus ojos iban iluminando su camino. Y mi soñada santidad flaqueaba."1

Pero Unamuno no ha sido el único que ha descrito la erupción de ese volcán que es la sexualidad en los primeros años de la segunda década de la vida. Otro escritor, mucho antes que él, describió de manera retrospectiva esa experiencia, si bien con tintes mucho más dramáticos que los de Unamuno.

"¡Dónde estaba yo, y cuán lejos de las delicias de tu casa andaba desterrado en el año decimosexto de mi edad! Entonces fue cuando tomó dominio sobre mí la concupiscencia, y yo me rendí a ella enteramente, lo cual aunque no se tiene por deshonra entre los hombres, es ilícito y prohibido por tus leyes." 2

Así pues, dos hombres tan distanciados en el tiempo como Agustín de Hipona y Miguel de Unamuno dan testimonio de haber experimentado el despertar de esa imponente fuerza... algo que prácticamente todo varón conoce por sí mismo. Ahora bien, si estamos ante una experiencia común en el tiempo y en el espacio, quiere decirse que debe tener un origen único para toda la humanidad, lo cual es precisamente lo que enseña el libro del Génesis; por un lado afirmando que lo sexual pertenece por origen a la esfera de lo perfecto: "y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer y no se avergonzaban"3 y por otro que, tras la Caída, el desorden hizo acto de presencia allí donde no había habido más que orden anteriormente: "Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos..."4

A partir de ahí, como un efecto dominó, cada una de las piezas o seres humanos procedentes de aquellas dos primeras, experimenta esa agitación compulsiva que el Nuevo Testamento calificará mediante la palabra concupiscencia, siendo de hecho una de las evidencias más patentes de la degradación humana. Y no importa que en determinadas épocas, como la nuestra, se aplauda o se alabe tal desorden como si fuera algo magnífico, ya que como dijo un actor, bien conocido por sus papeles románticos, cuando le preguntaron en un programa de televisión, "¿Qué es lo que se precisa para ser un gran amante?" respondió, "Un gran amante es aquel que puede satisfacer a una sola mujer durante toda su vida; y quien puede ser satisfecho durante toda su vida por una sola mujer. Un gran amante no es alguien que va de mujer en mujer. Cualquier perro podría hacer eso." Por lo tanto, lo que muchos estiman como sublime, en realidad es pura torpeza animal.

Vivimos en un tiempo en el que el sexo desordenado está al alcance de cualquiera, especialmente en el ámbito de la pornografía, que se ha convertido en una plaga potenciada por las nuevas tecnologías, hasta el punto de que basta un clic de ratón o una pulsación en el móvil para tener acceso a la misma. La inundación es tal, que anuncios pornográficos ilustrados aparecen en periódicos supuestamente serios, así como en revistas que nada tienen que ver con el sexo explícito. Por no decir nada de la publicidad, cuya vinculación con el reclamo sexual es constante. El bombardeo no para y la saturación de sexo es total en todos los ámbitos de la vida, habiendo pasado el comercio del sexo a ser uno de los más florecientes, junto con el de las drogas y las armas. Se calcula que el número de prostitutas en España sobrepasa las 300.000, lo que se acerca al uno por ciento de la población.

El año pasado se reabrían al turismo los restos del lupanar de Pompeya tras años de recuperación arqueológica. Viendo las imágenes de las obscenas pinturas en sus habitaciones, parece que el tiempo no ha pasado y que aquella sociedad era muy parecida a la nuestra, pues tenían un dios que es el mismo que ahora se adora: el sexo. El súbito y trágico fin de Pompeya es un anuncio, para todo el que quiera entenderlo, del fin que aguarda a este mundo, que sigue en los mismos pasos de aquella ciudad. A decir verdad, no es sorprendente que pasen las cosas que pasan ni que Occidente esté en el punto de mira de los terroristas que buscan su destrucción. Si no hay un arrepentimiento, el juicio de Dios no se tardará.

El caso de Ofni y Finees, los hijos de Elí, es el aviso permanente de que la sexualidad desordenada acaba por enraizarse y convertirse en algo que inevitablemente traspasa el ámbito de lo personal, trocándose en cosa de dominio público. Lo que estos dos hombres terminaron haciendo, lo hicieron aprovechándose de su condición ministerial en la casa de Dios, una vez perdido todo sentido de pudor. Es una de las amenazas que puede destruir a un ministerio cristiano, tal y como tristemente estamos siendo testigos en nuestros días. Porque el mundo podrá ser inmoral y jactarse de ello, pero no perdonará la hipocresía. Pero si temible es la condenación del mundo, más grave es el veredicto de Dios sobre los ministros corrompidos que se convierten en piedras de tropiezo. ¡Cuidado con este pecado que puede terminar con nosotros!

1Recuerdos de niñez y de mocedad
2 Confesiones, Agustín de Hipona
3 Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban.[…]Génesis 2:25
4 Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.[…]Génesis 3:7