
Una de las realidades cotidianas que el autor del libro describe es la siguiente: 'Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.'1 Esa declaración, escrita hace 3.000 años, no ha perdido un ápice de actualidad, porque en cualquier esfera de la vida sigue siendo verdad que la demora en la aplicación de la justicia, cuando se viola la ley, inclina hacia el mal al ya de por sí torcido corazón del hombre.
Ahora bien, la falta de castigo inmediato puede deberse a la debilidad de quien debe ejercer justicia y no se atreve a tomar las medidas pertinentes, o a su paciencia para dar oportunidad a que el culpable cambie de proceder. En el caso de Dios, su tardanza para ejecutar el castigo no es por causa de su debilidad sino más bien es expresión de su longanimidad y benevolencia. El problema es que la parte que debería interpretar esa tardanza correctamente, la interpreta en sentido erróneo, imaginando que ello es prueba de que Dios o no existe o no interviene en los asuntos de este mundo. Al no ver el humo que sale del abismo, deduce que no hay fuego al que temer. Sin embargo, esa lentitud de Dios tiene como propósito proporcionar la oportunidad para el arrepentimiento, dando tiempo al transgresor para que se convierta. La inacción temporal de Dios es una preciosa señal de su sostenida bondad, que en ninguna manera debe confundirse con debilidad.
Pero en los asuntos de los hombres la lentitud en aplicar la ley, cuando ésta se viola, no sólo se puede interpretar como una muestra de debilidad sino que en verdad puede ser la debilidad misma. El problema que ocurre entonces es que el malhechor campa a sus anchas, sintiéndose más fuerte que antes para continuar su carrera hacia cotas más graves y lances cada vez más desafiantes. Si no se hace nada para pararlo, su influencia llegará a ser dominante, con las destructoras consecuencias aparejadas, porque lo que comienza siendo una bola de nieve insignificante se transforma en un alud amenazante.
Creo que la inacción de Dios y la inacción del hombre, cuando se viola la ley, tienen su concreción en España en nuestro tiempo. Por un lado, se ha pervertido una noción que tiene que ver con la piedra angular que sostiene cualquier sociedad, como es la del matrimonio y la familia. Ante la corrupción de esta ley por parte de unos, la inacción ante la misma por parte de otros y la ausencia de consecuencias negativas, los promotores del torcido proyecto han llegado a la conclusión de que lo que han hecho está bien. Y como el Autor, suponiendo que él sea el autor, del proyecto original no hace nada, eso es síntoma evidente de su inexistencia o de su impotencia. Por tanto, la conclusión es que mantienen su plan, con todas las ramificaciones necesarias, aprovechando la inacción de Dios para confirmarse en su transgresión.
Por otro lado, en Cataluña se han venido conculcando leyes menores desde hace algunos años. Como no ha habido consecuencias, se ha ido progresivamente subiendo el tono del desafío, hasta llegar a la violación de la ley primera, que es la Constitución. La inacción ante la transgresión de las leyes menores, interpretada como debilidad, dio alas a sus promotores, que ahora se sienten fuertes y capaces de derrotar a todo aquel que les haga frente. Y así es como el no tomar medidas poco agradables en un momento dado, ha dado paso a una situación en la que habrá que tomar medidas muy desagradables, si es que la violación de la ley va a tener respuesta adecuada.
La contradicción actual reside en que quienes han sido débiles hasta consentir que la ley de la integridad del matrimonio y la familia quedara trastocada, ahora deben hacer un ejercicio de fortaleza descomunal para que la ley de la integridad territorial de España no sea trastocada. Los mismos que no quisieron demostrar fuerza para poner las cosas en su sitio sobre una cuestión fundacional, ahora están en la necesidad de ejercer fuerza para ponerlas en su lugar sobre otra cuestión principal.
La inacción temporal de Dios, ante la violación de la ley, me mueve a pensar en su generosidad y paciencia. La inacción continuada del hombre, ante esa violación, me inquieta, porque me induce a pensar en su cobardía.