
Los expertos, dentro y fuera, aconsejan y urgen al capitán a que se concentre en una sola vía de agua, la económica, ya que a fin de cuentas es la que importa. Y aunque en su fuero interno el capitán no es ignorante de que existen otros boquetes por los que el agua está entrando, ha escogido hacer lo que otros colegas que tienen gran ascendencia sobre él le han instado a que haga. Esos otros colegas tienen sus propias vías de agua en las naves a su mando, pero como de momento todavía no ha hecho aparición la que temen, es decir, la económica, se sienten seguros en su posición. En realidad es una actitud miope, porque solo percibe los síntomas del mal, no yendo a las causas del mismo. Por eso, que el derecho salga torcido, que la justicia sea injusticia y que la verdad sea manipulada y negada, no les importa demasiado, siempre y cuando lo material salga adelante. Esta mentalidad ha sido dada por buena no solo por las tripulaciones de sus naves, sino también por sus pasajes, de modo que es generalizada. Hasta desde la nave más importante de todas, la que es referencia para todas las demás, su capitán ha izado la bandera del pragmatismo económico, habiendo arriado la bandera que en su día hizo posible que su nave llegara a ser el buque insignia a nivel mundial.
Una de las naves más prósperas que nunca hayan existido basó su poderío exclusivamente en el comercio. Su existencia, su expansión y su riqueza se basaban en su capacidad para hacer negocios, de modo que surcó mares, atracó en puertos, fundó colonias, circunnavegó el mundo entonces conocido, estableció conexiones mercantiles internacionales, se hizo con el monopolio de las finanzas y controló los créditos, los seguros, las hipotecas y los embargos. Los expertos más destacados estaban a su servicio y disponían de tecnología para llegar a los lugares más remotos. Sus ferias eran ocasión de encuentro e intercambio, de compra y venta, por lo que eran foco de atracción para comerciantes venidos de cerca y de lejos. Nada material quedaba fuera de sus operaciones comerciales: Oro, plata, hierro, estaño y plomo, entre los metales; marfil, ébano, perlas, púrpura, rubíes y corales, entre los artículos de lujo; trigo, miel, aceite y corderos, entre los productos necesarios de la mejor calidad. Todas las naciones estaban deslumbradas por la potencia y la riqueza de aquella nave; las del sur, como Egipto, Arabia y Dedán; las del norte, como Tubal y Mesec; las del oriente, como Asiria y Harán y las del occidente, como Javán y Fut. La remota Tarsis, en el límite extremo occidental, era el símbolo de su capacidad para llegar donde nadie había llegado, en la construcción de aquel imperio basado en fundamentos puramente mercantiles.
Sin embargo, la nave tenía, por lo menos, dos vías de agua. Una era su falta de ética en las transacciones, al aprovecharse del descalabro ajeno para su propio beneficio; la otra era la soberbia, resultado directo de tanta prosperidad. Finalmente la nave, aunque construida con los materiales más escogidos y duraderos, no pudo soportar el ímpetu del agua abriéndose paso en las grietas de su casco y cuando estaba en medio de alta mar, súbitamente, se produjo su hundimiento. Nadie pensó que la injusticia o la arrogancia fueran a ser factores suficientes para echar abajo un proyecto tan impresionante como el representado por aquella nave. Y es que a sus pilotos se les olvidó una cuestión vital: Que hay alguien que es celoso de la justicia y ejecuta juicio sobre quienes la transgreden; además, es también celoso de sí mismo y no permite que nadie se atribuya la gloria que sólo a él le pertenece.
El desastre de la nave fenicia1 es todo un aviso para los que se empeñan en proyectos mercantiles desprovistos de principios espirituales y morales. Las naciones occidentales navegan confiadas en los criterios de patronos que han dejado a un lado fundamentales referencias que tienen que ver con la verdad y el derecho, considerando que su proyecto no necesita de ellas. Pero su culpabilidad es mayor, porque la sabiduría que han rechazado no es la de la razón natural, como hicieron los fenicios, sino la que viene de lo alto. Una sabiduría que consideran insensatez, aunque en realidad la única insensatez es su propia sabiduría.