Historia

La resurrección de Marción

Marción fabricó su propia "Biblia" y con ello también su propio "Dios", comprometiendo gravemente la integridad del mensaje cristiano
Uno de los personajes más conspicuos de los primeros siglos de la era cristiana fue Marción. Vivió en el siglo II y se convirtió en un formidable enemigo de la fe, al punto que algunas de las mejores plumas de los siglos II y III, como Justino, Ireneo o Tertuliano, hubieron de emplearse a fondo para combatir sus enseñanzas. Se cuenta que encontrándose un día con Policarpo (que había conocido al apóstol Juan en persona), le preguntó: "¿Me reconoces?", a lo que Policarpo respondió: "Si, te reconozco como el primogénito de Satanás."

Es muy difícil clasificar a Marción; algunos han intentado catalogarle entre los gnósticos, pero eso no le hace justicia, pues nunca encontraremos en él, por ejemplo, las especulaciones y fantasías sobre las interminables emanaciones que dentro de la Deidad imaginaban los gnósticos. Además, y a diferencia de éstos, Marción se preocupó de dotar a su movimiento con una estructura organizada, no simplemente un cuerpo amorfo o espontáneo, sino jerárquicamente constituido, lo que venía a significar una iglesia alternativa; de hecho, su movimiento no desapareció con su muerte sino que le sobrevivió por varios siglos.

Pero ¿cuál era el problema de Marción? ¿qué es lo que lo hacía tan peligroso?. Básicamente una sola cosa: su insistencia en separar el Antiguo y el Nuevo Testamento. Para él, el Antiguo Testamento era indigno de ser considerado Palabra de Dios. Según Ireneo, "Marción del Ponto... ha promovido la más atrevida blasfemia contra el que la ley y los profetas proclaman como Dios, diciendo que es el autor de los males, que se deleita en guerras, que su propósito es inestable y que se contradice a sí mismo..." (Ireneo, Contra herejes 1:27,2). Por lo tanto, el Antiguo Testamento no formaba parte del canon de Marción. Por supuesto, su simpatía se volcaba hacia el Nuevo Testamento, en el que veía una antítesis del Antiguo; pero como no todo en el Nuevo Testamento concordaba con sus ideas preconcebidas, se vio en la necesidad de mutilar ciertas partes del Nuevo Testamento también, como la carta a los Hebreos y las pastorales de Pablo, de manera que Marción terminó por hacerse su propia "Biblia", la que se ajustaba a su predilección personal. Al final, Marción terminó condenado como hereje y por la descarada manipulación que hizo de la Sagrada Escritura, dio pie a que la Iglesia de aquel tiempo profundizara en la fijación del canon y definiera las regula fidei, o reglas de fe -lo que posteriormente se llamarían credos- en los que, en forma escueta, se postulan las grandes verdades de la fe cristiana.

La unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento fue magistralmente definida por Agustín de Hipona al decir que "el Antiguo Testamento está patente en el Nuevo y el Nuevo está latente en el Antiguo", eliminando así la oposición entre ambos que Marción pretendía hacer y dando a cada uno su peculiaridad característica: en el Antiguo está la semilla que eclosiona en el Nuevo, de tal manera que la manipulación o destrucción del Antiguo Testamento lleva, inevitablemente, a la manipulación o destrucción del Nuevo. No se pueden separar ambos; la suerte del uno es la suerte del otro. Y esto es así, porque existe entre ellos un hilo conductor que los recorre y que forma su espina dorsal.

Pues bien, hay motivos más que sobrados para pensar que Marción está entre nosotros de nuevo, con la única diferencia de que lo que el Marción del siglo II hizo de jure, el Marción del siglo XXI lo hace de facto. Es decir, hoy el Antiguo Testamento está bajo sospecha: su teología, su enseñanza, sus principios... Para empezar, apenas si se lee, mucho menos se medita y poco se predica sobre él. Y es que la actual idea de que Dios es exclusivamente amor se ha apoderado de tal forma de nuestras mentes, que resulta insostenible soportar pasajes y libros enteros del Antiguo Testamento, y del Nuevo, y reconciliarlos con esa idea. Atributos como la justicia o la ira de Dios son inimaginables para muchos, cosas desagradables que nada tienen que ver con la realidad. Pero entonces ¿qué hacer con esas partes de la Biblia?. Solamente caben dos opciones: o me pliego a lo que la Biblia dice y reajusto mis ideas para que concuerden con ella u obligo a la Biblia a decir lo que yo quiero que diga para que concuerde conmigo. En definitiva, la disyuntiva es si yo me sujeto a Dios o pretendo que Dios se someta a mí.

No es extraño que la idea de la condenación eterna, por ejemplo, sea rechazada cada vez por más teólogos pues, ¿quién quiere lidiar con ese tipo de realidad?. Ese "Dios", que a fuerza de ser solamente amor, se convierte fácilmente en algo empalagoso, desde luego nada tiene que ver con eso. Pero el problema es que ese "Dios" es producto de nuestra invención y preferencia.

Marción fabricó su propia "Biblia" y con ello también su propio "Dios", comprometiendo gravemente la integridad del mensaje cristiano; hoy día es preciso estar alerta ante el mismo peligro que cada vez adquiere más extensión y auge. Que Dios nos ayude a contender "ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos." (Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.[…]Judas 1:3).