Mundos virtuales
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17-09-2001

Existen programas informáticos que nos permiten "ser", con el uso de una especie de casco, lo que nunca fuimos ni podremos ser o "estar" donde no hemos estado y probablemente jamás estaremos: vuelos espaciales, safaris, carreras de fórmula 1, aventuras inimaginables, etc. Todo parece ser de verdad, hasta que ¡oh desilusión! se desenchufa el ordenador y volvemos a la realidad, a la verdadera realidad; y a partir de ahí seguimos siendo los pobres diablos de siempre.
Creo que mucho de lo que vivimos hoy día en Occidente se podría catalogar de pura realidad virtual, y ahora ya no hablo en términos de computadoras ni de avances tecnológicos, sino de lo que compete al horizonte de esta civilización y a la vida cotidiana de una gran mayoría de las personas que la componen. Vivimos instalados en una fantasía, que por la bondad y paciencia de Dios se sostiene, y a la que adjudicamos una solidez prácticamente indestructible, pero va a bastar que alguien tire del enchufe para que se nos caigan los palos del sombrajo y se demuestre que lo que parecía tener tanta entidad, en realidad -realidad real me refiero y valga la redundancia-, no la tiene.
El texto que encabeza este artículo hace referencia a la realidad virtual que en tiempos de Jeremías (siglo VI a.C.) creyó aquella generación. Tenían una inmensa confianza en sus posibilidades y en su futuro como nación; jamás acontecería el desastre que Jeremías predicaba una y otra vez. Por cierto, éste era un sujeto sospechoso de darle la razón al enemigo y de minar la moral del pueblo; su teología era del todo negativa y políticamente no era, desde luego, la correcta. ¿Acaso no tenían a Dios de su lado, y no tenían el templo? ¿Y qué decir de su historia: reyes, profetas, sacerdotes, patriarcas, etc.? ...Lo tenían todo. Sin embargo, ese todo era una inmensa mentira de realidad virtual que los caldeos se encargaron de poner en evidencia. La realidad real vino después: destrucción, muerte, deportación, humillación y sufrimiento. Despertaron del sueño de forma trágica; la pesadez del letargo se evaporó para dar paso a la dureza del nuevo escenario.
Nosotros también hemos creado un mundo de fantasía que no resistirá la prueba que se avecina: una fantasía manifestada en el consumo desaforado, en la obsesión por el llamado fitness, en la glorificación del glamour -esta palabra ya resulta detestable de tanto escucharla en los programas "del corazón"- en la búsqueda del ocio per se, en la exacerbación del fútbol hasta límites insoportables, en el endiosamiento del sexo, en la exaltación de las pasarelas de modelos, en los top-less desafiantes... mundos artificiales todos ellos que son como globos de colores, llamativos y atrayentes, pero livianos como ellos solos. Imperios que mueven miles de millones, fábricas de quimeras, que se derrumbarán con estrépito, dejando su trivialidad como toda huella de su paso.
También hay mundos virtuales en el campo de la teología cristiana -énfasis, modas, corrientes, preferencias- que correrán la misma suerte, llevándose por delante a sus creadores y seguidores, incapaces de soportar la prueba de la cruda realidad.
Pero no pensemos que este mundo de fantasía es ingenuo, como si fuéramos niños inocentes y encantadores que viven en un estado idílico y enternecedor. Esa realidad virtual conduce a la arrogancia y a la soberbia; a la autosuficiencia y a la sobreestimación; por eso sale culpable ante el Tribunal que entiende de estos casos. Esa realidad virtual es un continuo estado de insolencia del ser humano desafiando todo lo desafiable y encumbrándose a sí mismo como si fuera Dios.
El Pentágono y las Torres Gemelas, son sólo un toque de trompeta anunciador de que algo anda mal y de que los tiempos de las fantasías pueden estar dando sus últimos suspiros. Que no seamos como la generación de Jeremías, sumidos en su "realidad" y sin querer ver la Realidad.