
La decadencia de Occidente tiene una raíz que es de índole espiritual, por lo que todo el cuerpo: social, político, jurídico, ético y moral, ha entrado en fase de deterioro, de ahí la crisis sin precedentes que enfrentamos. Es un hecho innegable que el nacimiento y desarrollo de Occidente, tal como hoy lo conocemos, está íntimamente ligado al cristianismo, y el intento de emancipación que en los dos o tres últimos siglos se está llevando a cabo para tratar de ir hacia delante sin necesidad del cristianismo sólo va a desembocar en la ruina de esta civilización sin que ello signifique que el cristianismo desaparezca junto con ella. Cuando en el año 410 d.C. las huestes de Alarico saquearon Roma, incluso los espíritus más fuertes se sintieron sobrecogidos ante tal hecatombe y muchos se preguntaron por el futuro de la Iglesia, pues si aquella magnífica institución milenaria caía bajo el avance de los bárbaros ¿qué ocurriría con el cristianismo mucho más joven, nacido bajo su sombra y en aquel momento identificado en muchos órdenes con el Imperio? Pero el Imperio se desmembró y el cristianismo lo sobrevivió. De igual modo, aunque Occidente y cristianismo han estado hermanados por siglos, ello no significa que ambos sean idénticos y la desaparición del primero no supondrá la muerte del segundo, del mismo modo que el corte de todas las ramas, incluso del tronco, no significa la muerte del árbol.
El profeta Malaquías vivió en tiempos de decadencia y el diagnóstico que hace de los mismos se podría resumir en la ruptura de tres pactos que evidencian la crisis de aquella sociedad. Pero antes de entrar en la descripción de dichos pactos es importante tener en cuenta esa palabra: pacto. Se trata de un acuerdo entre dos partes para regular una relación que se establece; es una relación de naturaleza sólida, seria y trascendente; un compromiso que demanda lealtad, entrega y responsabilidad sin reservas por ambas partes y plasmado por escrito para dar fe de su concreción y permanencia.
Pues bien, los tres pactos fundamentales que Malaquías ve rotos por doquier son los siguientes:
- El pacto de Leví. Por el cual los ministros de la religión, cuyo deber primordial es el celo por las cosas de Dios, se han convertido en una piedra de tropiezo, haciendo dejación de sus deberes como guías y ejemplos de los demás. Es interesante que sea éste el primero de los pactos que el profeta cita de los tres rotos; es como si la degradación de la clase dirigente espiritual fuera el origen de las demás decadencias. La consecuencia inmediata es su pérdida de autoridad y ascendencia sobre el pueblo sumada a un descrédito infamante ante ese mismo pueblo.
- El pacto de nuestros padres. Lo que la élite clerical ha comenzado, el pueblo lo ratifica en el sentido de abandonar los valores ancestrales contenidos en los Diez Mandamientos, expresión del pacto que otrora sus antepasados hicieran con Dios. Es todo un movimiento de apostasía generalizado hacia lo que fueron sus orígenes como nación; su idiosincrasia, su identidad, lo que los formó e hizo de ellos lo que llegaron a ser es lo que por doquier ve Malaquías tirado por tierra. Es la ruptura con el pasado, con las raíces, con los fundamentos.
- El pacto del matrimonio. La piedra angular de toda sociedad es el matrimonio, de manera que podemos conocer el estado de una sociedad observando la condición del matrimonio en la misma. Si éste es saludable aquélla también lo será, pero si éste está enfermizo también ella lo será. Malaquías mira a su alrededor y ve que el divorcio, que debería ser lo inusual, se ha extendido como mancha de aceite, rebajando al matrimonio a una relación superficial y efímera.
Estos tres pactos rotos son el anuncio de un suicidio colectivo. Pues bien, son los mismos pactos rotos a los que asistimos a velocidad de vértigo en Europa incluso en el seno de las mismas iglesias, por lo que si no hay un arrepentimiento profundo y genuino de vuelta a Dios el vaticinio de Spengler se cumplirá incluso antes de lo que él preveía.