
La historia del Bio-Bac me trajo a la memoria otro anuncio que, en su día, provocó todo un revuelo. Hace algo más de 30 años, alguien aseguraba que había inventado un motor que funcionaba sólo con agua. Era el invento del siglo, ¿qué digo del siglo?, del milenio como mínimo; ya no tendríamos que depender del petróleo, no habría contaminación y, lo mejor de todo, la energía sería prácticamente gratuita. La prensa, la radio y la televisión dieron cobertura a la sensacional noticia: Todos querían conocer al protagonista. El creador de tal maravilla iba a hacer una demostración pública en la plaza de toros de Madrid haciendo funcionar un automóvil con agua. Recuerdo que el profesor que nos daba física en el Instituto nos previno afirmando que tal cosa era imposible: El agua, por sí sola, no podía hacer funcionar un motor. ¡Qué aguafiestas! pensamos sus alumnos. Desgraciadamente los hechos vinieron a darle la razón y aquel inventor iluso ¿o éramos los demás los ilusos? pasó, tras unas semanas de protagonismo, al olvido y ridículo más absoluto. Ayer fue el motor que funcionaba con agua, hoy es el Bio-Bac, mañana... ¿quién sabe?. Una cosa es segura, mientras los seres humanos seamos lo que somos, siempre habrá quien pretenda haber encontrado la solución total y siempre habrá quien esté dispuesto a creerlo, por más esperpéntica que pueda ser la idea.
En la Edad Media vivieron unos personajes, envueltos en una estela de secretismo y misterio, llamados alquimistas. Buscaban eso precisamente, la solución a todos nuestros males: El elixir de la juventud, la piedra filosofal, la quintaesencia, la panacea... Absortos, en medio de sus retortas, alambiques, pergaminos y cachivaches, pasaban días, semanas y meses, una vida entera, para encontrar algo que nunca llegaba: La piedra que tocara cualquier metal y lo transmutara en oro, el líquido que al beberlo otorgara la eterna juventud, la pócima que curara todas las dolencias, el descubrimiento del elemento básico del cual estaba constituida toda la materia del universo; mezcla de místicos y charlatanes al mismo tiempo, representaban lo que el ser humano, de cualquier lugar y de cualquier época, es: Un buscador de soluciones, un cazador de hallazgos.
La búsqueda de ese remedio ha sido una constante a lo largo de la historia. En realidad se puede decir que esa búsqueda es la que ha generado todos los sistemas filosóficos, ideológicos y religiosos, que persiguen dar respuestas y ofrecer solución a las miserias del ser humano. Algunos de esos intentos han sido sinceros (aunque es la sinceridad del ignorante que quiere impartir conocimiento), otros sólo supercherías en manos de engañadores; pero incluso los realizados con la mejor intención se han quedado cortos y no han demostrado eficacia. Ya hubo alguien en los albores de la humanidad que pretendió tener una respuesta superior -"Y seréis como Dios"- cuando en realidad todo era un fraude ruinoso. Desde entonces los humanos andan a la caza del remedio absoluto, de la solución total; la lástima es que en esa búsqueda o nos hemos auto-engañado o nos han engañado. Una veces ha sido la religión, otras las ideologías políticas, otras las filosóficas... pero lo cierto es que, vez tras vez, nos hemos despertado del sueño con las manos vacías. ¿Estamos condenados a ser los eternos buscadores de un ideal que no existe? ¿Es ese el sentido de la vida: Una broma de pésimo gusto?
El texto bíblico arriba citado es pertinente a lo que venimos diciendo, pues en él hay tres puntos a señalar:
- Un estado de necesidad: Una caída permanente y trágica; un estado de debilidad y derrota.
- Unos remedios engañosos: Betel, Gilgal, Beerseba. Nombres de prestigio, pero incapaces de proveer solución alguna.
- Una propuesta verdadera: La búsqueda del Dios vivo y verdadero. Se trata de una propuesta:
- Misericordiosa, porque es nuestro Hacedor quien viene a nuestro encuentro a darnos la solución.
- Urgente, porque la situación es desesperada y no hay tiempo que perder.
- Eficaz, porque lleva aparejada con la condición: Buscadme, la promesa: Viviréis.
- Única, pues de no aceptarla lo único que depara el futuro es perdición.
- Sencilla, porque está compuesta de dos palabras -Buscadme y viviréis- que hasta un niño puede entender.