
En esos programas los protagonistas nos llevan de la mano para enseñarnos lo más característico de los lugares donde habitan y al mismo tiempo relatarnos algo de su propia vivencia personal en los mismos. Hay casos que son llamativos especialmente, porque si alguna vez alguien pensó que El Dorado era una utopía, estos compatriotas nuestros parecen haberlo encontrado. Casas de lujo, playas paradisíacas, oportunidades increíbles, trabajos y ocupaciones privilegiadas, sin faltar nada de lo que cualquiera desearía. Y es que vivir en un lugar exótico, donde el clima y la naturaleza se prodigan abundantemente y hasta los perros se atan con longanizas, no puede sino despertar en cualquiera el deseo de cambiar la gris existencia en algún lugar de España por esos paraísos de ensueño. O bien estar en la cresta de la ola en alguna populosa ciudad, ejerciendo una posición profesional estratégica, por la que la persona en cuestión ha encontrado el sumum bonum en la vida.
En fin, en nada se parecen estos brillantes compatriotas nuestros de ahora que salen por la televisión a aquellos pobres emigrantes, que a principios de los años sesenta tuvieron que marcharse de España, con una maleta como toda pertenencia y una tartera con la tortilla para el viaje, para ir a Alemania, Suiza o Francia, a fin de convertirse en albañiles, empleadas de hogar, peones o simplemente oscuros operarios en una fábrica, con el propósito de subsistir y mandar algo de dinero a los suyos en España. Según la filosofía de estos programas televisivos, ninguna de aquellas personas tendría nada interesante que contar ni digno de mostrar, salvo sudor, penas y nostalgia, lo cual no vende mucho ni es el mejor escaparate para exhibirse ante los demás.
Cuando veo estos programas me pregunto qué estarán pensando los miles y miles que, desde sus hogares en Madrid, Sevilla o Logroño, están buscando cada día no un chollo como el que nos presenta la televisión, sino simplemente un empleo, el que sea, que les permita salir adelante. O qué sentirán otros al contemplar las casas artesonadas que nos muestran algunos, comparándolas con los habitáculos en los que ellos tienen que vivir. Y es que hay algo obsceno en toda esta ostentación de grandeza y éxito, si lo comparamos con la existencia mediocre, tirando a vulgar, de la mayoría de la población. Pero como vivimos en la sociedad de la imagen, eso es lo que importa y lo que hay que transmitir y al que no le guste… que se aguante. O que intente imitar a estos triunfadores, que han llegado a la cima en la vida.
Supongo que la idea es continuar en esta línea, porque ahora es muy importante eso que se ha dado en llamar la "marca España". Todo el tiempo se nos habla de la marca España, como si una nación fuera un artículo de consumo, producto de algún fabricante, que tiene que promocionar por los ojos su mercancía para que los posibles compradores la adquieran. Aunque pensando que este mundo es un gran mercado, donde todo se compra y se vende, es entendible que hasta algo tan importante como una nación se valore de manera mercantilista. Así pues, todo converge en la misma dirección: La imagen, el mercado, la marca y el éxito. Si bien la realidad de la gran mayoría sea otra muy distinta, al moverse entre lo ordinario y lo venido a menos.
Pero en última instancia, hay algo de engañoso en todos esos paraísos televisivos, en todas esas carreras meteóricas, en todos esos triunfos resonantes. ¿Nunca hay una enfermedad que amenace la salud? ¿Jamás habrá peligro de que la firma se venga abajo, por las fluctuaciones bursátiles? ¿Ese país estará siempre más allá de todas las contingencias que, intermitentemente, sacuden a los demás? ¿Se es inmune a cualquier pesadumbre o desgracia que pueda cruelmente golpear? Toda esa sensación de poderío y seguridad que se quiere traslucir no es más que una mentira, solamente que en vez de publicarse en papel cuché se visualiza en una pantalla. Hace poco moría la mujer más rica de España y lo hacía de la manera más prosaica que cabe imaginar: De una súbita enfermedad, en el lugar donde los demás mueren, la habitación de un hospital, y no pudiendo llevarse nada de aquí, igual que el resto.
Hay un paraíso, pero no está aquí. El que estaba aquí lo cambiamos por una promesa que resultó ser un fraude. A partir de entonces nos afanamos por fabricar precarios paraísos que se derriban con un soplo. El único paraíso real es el que prometió un crucificado a otro crucificado, cuando el segundo confesó al primero como rey y le suplicó que se acordara de él1.
1Entonces El le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.[…]Lucas 23:43
Copyright de la imagen: