Sexo

Pornografía y enajenación

Pornografía y enajenación
Una de las épocas más degradantes de la Historia de la Iglesia fue el siglo X, al que los mismos historiadores católicos calificaron de siglo de hierro, siglo plúmbeo y siglo tenebroso, dada la profundidad y envergadura de sus males. El triste estado de cosas al que entonces llegó Roma, ha pasado a la Historia con el nombre de pornocracia romana, esto es, el gobierno de las rameras en Roma, pues fueron ciertas mujeres de determinada catadura moral, principalmente dos, Teodora y Marozia, madre e hija respectivamente, las que movieron los hilos del poder, poniendo y quitando papas a su antojo, fruto algunos de ellos de sus sacrílegas (Marozia era la amante del papa Sergio III) y adúlteras relaciones.

Pero lo que en el siglo X se limitaba a un entorno y a una familia concretas parece que se ha extendido, principalmente vía Internet, de manera que podemos hablar hoy no de una pornocracia romana sino de una pornocracia universal, es decir, del gobierno universal de las rameras, o con más precisión, de una pornocracia virtual universal. Hasta un acto neutral, como es ir a recoger el correo electrónico del servidor, puede convertirse en todo un desafío de escollos de provocación puestos entre el usuario y el correo. Sí, la pornografía se ha socializado gracias a las nuevas tecnologías. El año pasado estuve con mi esposa alojado una noche en un hotel de una preciosa ciudad española y entre las comodidades que tenía la habitación estaba la televisión por cable con un menú a la carta en el que no faltaba, claro está, el canal pornográfico. Al salir del hotel para abonar la cuenta miran en el ordenador si se ha hecho uso de esos canales de pago; por supuesto, todo resulta muy aséptico: el ordenador sólo registra el número de la habitación y si se ha visualizado el canal tal; de esa manera la gente corriente que horas antes en la privacidad se ha conectado al mencionado canal pasa tan desapercibida como los que no lo han hecho. No han de sonrojarse ni pasar por un instante embarazoso: es la maldad ejecutada que también aspira a la misma remuneración que la integridad. De ahí que el sueño de Hugh Heffner, el fundador de Playboy, de pasar la eternidad en el paraíso con sus conejitas, no sea más que el delirio de todos aquellos que haciendo iniquidad pretenden lograr también gratificación como colofón de su caminar. Es decir, se pretenden las ventajas del camino ancho (carnalidad) y, al mismo tiempo, la gloria de los caminantes de la senda estrecha (inmortalidad). Pero eso es imposible. Aquí está, implícitamente, por parte de la maldad el reconocimiento de que el pudor, tan ridiculizado por ella, tiene frutos duraderos que ella misma ansía obtener. A la vez, es toda una autoconfesión de hipocresía, precisamente la acusación que la desfachatez suele hacer contra la virtud, al pretender hacerse pasar, en el momento de la verdad, por lo que no es y aspirar a recibir aquello que no tiene derecho a recibir.

Dejando aparte nuestras creencias espirituales y solamente desde un punto de vista humano, la pornografía es perversa básicamente por una razón: es enajenadora. La enajenación o alienación en su sentido básico se define como el acto por el cual se traspasa, de una persona a otra, el dominio o el derecho que se tiene sobre una cosa. Es decir, la enajenación supone privación de algo por parte de uno en beneficio de otro. Eso es precisamente lo que el texto de Proverbios arriba citado viene a decir; nótese que las razones que se aluden en el mismo para evitar el trato con la ramera son muy humanas. Por supuesto la Biblia también va a contemplar las razones de orden espiritual, como es el extrañamiento del fornicario respecto a Dios, pero la fuerza del argumento de Proverbios, válido para creyentes y no creyentes, es que apela a razones de índole lógica y natural. Veámoslas:

  • Describe con realismo, metáforas de los labios y el paladar, por un lado la atrayente apariencia de la tentación, pero con igual crudeza también, por otro lado, declara el final de todo ello con las palabras ajenjo, espada, muerte y Seol. Es decir, la pornografía en principio promete para a la postre mostrar su verdadero rostro.
  • La enajenación que conlleva la pornografía tiene cuatro facetas:
    1. Enajenación del honor: "para que no des a los extraños tu honor". El honor, algo muy distinto de la imagen, es la dignidad, la reputación, el crédito, el testimonio, no sólo ante los ojos de los demás, sino también ante uno mismo. La pornografía produce una pérdida de la estima y autonomía personales.
    2. Enajenación de los mejores años de la vida: "y tus años al cruel". En una reciente entrevista el actor español Juan Luis Galiardo, ahora ya entrado en años, confesaba la vaciedad que le habían dejado los años de desenfreno y "destape" de finales de la década de los 70 en España en su experiencia personal.
    3. Enajenación de la creatividad: "extraños se sacien de tu fuerza". La pornografía obstruye las capacidades y energías mentales al engullirlas en la obsesión por la obtención de un mundo imaginario.
    4. Enajenación del fruto: "y tus trabajos estén en casa del extraño". No sale gratis la pornografía, son los mercaderes de cuerpos y almas los que se enriquecen a costa de sus víctimas. Estos trabajan para aquellos.
  • Los resultados de todo ello: "y gimas al final". Lo que queda es el aguijón del remordimiento tardío, inútil e implacable.

Verdaderamente la pornografía es una de las plagas destructoras de nuestra época, no el escenario de liberación que sus ignorantes, interesados y/o malvados defensores pretenden que sea.