
Cuando trasladamos el principio del diagnóstico a otros campos que no son físicos, lo dicho anteriormente sigue siendo válido. Y de ese modo resulta que en la esfera moral o ética se precisa un buen diagnóstico si se quieren sanear los males que afligen a un individuo o a una sociedad. Como sabemos éste es precisamente el caso en España, donde la corrupción ha alcanzado cotas tan peligrosas que ponen en peligro la supervivencia del sistema actual de convivencia. Después de haber descalificado y condenado a la dictadura por su propensión a ser caldo de cultivo de corruptelas y amaños, resulta que en este momento de la democracia el grado de tejemanejes y chanchullos no le va a la zaga, si bien se supone que una democracia debería ser superior a una dictadura en todo lo referente a la órbita ética, pues de no ser así hay buenas razones para preguntarse si el culpable puede condenar al culpable.
Y aquí es donde llegamos al punto de inflexión en el que se precisa hacer un buen diagnóstico del mal que nos aflige, si queremos vernos libres del mismo. En primer lugar es preciso caer en la cuenta de que la mera existencia de urnas cada cuatro años no cambia el alma de un pueblo. Las urnas pueden cambiar su gobierno, pueden cambiar sus leyes y pueden cambiar algunas costumbres, pero no tienen poder para modificar el carácter de un pueblo.
También es necesario considerar que las leyes, por sí solas, no cambian a las personas. Podemos tener las mejores leyes y tomar todas las medidas legales posibles para evitar la corrupción, pero eso no impedirá que corazones corrompidos maquinen maneras de lograr sus objetivos. Es imposible tapar todas las rendijas, prever todas las eventualidades y eliminar de antemano todas las posibilidades de hacer lo malo. Siempre hay una forma de saltarse la ley, siempre una manera de escamotear su significado, siempre un método de retorcerla o buscarle las vueltas.
Igualmente es obligado que reconozcamos que el mal no sólo está solo en fulano o mengano, sino que potencialmente, por lo menos, está en cada uno de nosotros. Porque lo que define lo malo no es la cantidad sino la cualidad de su naturaleza. Es decir, lo malo no es malo por su envergadura o tamaño sino por su esencia.
Como he llegado a cierta edad, ahora tengo un documento expedido por RENFE que me permite obtener descuentos en los viajes en tren. Pero para mi sorpresa cuando intenté hacer uso de sus ventajas en las máquinas expendedoras de billetes, descubrí que no podía hacerlo. Necesariamente un funcionario de RENFE tiene que habilitarme la máquina para que me permita obtener el billete con descuento. Pero yo sabía que no siempre fue así. ¿Por qué ahora la máquina no permite hacerlo al usuario?, fue mi pregunta al funcionario. Por la cantidad de abusos que se han dado, me respondió. Es decir, no dos o tres personas sino muchas se habían aprovechado de la ventaja del descuento en la máquina, sin tener derecho a ello. Lo cual significa que el principio de la corrupción no depende de la cantidad defraudada. Si puedo engañar lo haré, fue la filosofía de tantos para ahorrarse unos euros en el tren. La misma que ha presidido la conducta de quienes han defraudado millones de euros. La cantidad varía, pero la mala directriz es igual en ambos casos. Si tantos que han defraudado unos euros a RENFE llegaran a puestos donde se manejan grandes cantidades de dinero ¿qué harían? La respuesta cae por su propio peso.
Asimismo es preciso darse cuenta de que a la palabra corrupción le estamos dando un significado limitado, al pensar que su ámbito se reduce a lo económico. La correspondencia corrupción-economía se da por sentada. Sin embargo, la palabra tiene aplicación a otros ámbitos de la vida que nada tienen que ver con la economía, como la vida, el matrimonio, la familia o la sexualidad.
La solución para los males de España que está en boca de muchos es regeneración. Es una gran palabra que tiene resonancias trascendentes y que literalmente significa nacer de nuevo, lo cual supone efectuar unos cambios profundos y de largo alcance, aunque no sé hasta qué punto los que abogan por esa solución están dispuestos a cambiar. Tal vez en lo que están pensando es en algo que toque lo económico exclusivamente, dejando incólume todo lo demás. De ser así, no pasará de ser una parodia de regeneración.
En realidad, la verdadera regeneración es algo que está más allá de nuestro poder, ya que, por definición, lo que está necesitado no puede bastarse a sí mismo. Necesita ayuda de fuera. Y ése es el socorro al que se refiere el texto que dice:'Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos y los pongáis por obra.'1
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