Muerte

Suicidio y Violencia

Suicidio y Violencia
Acaba de ser publicado el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la violencia y la salud en el mundo. Los datos son estremecedores, contabilizándose cada año 1,6 millones de personas que mueren de forma violenta en el mundo, sin contar los millones que son lesionados y heridos y sufren, como consecuencia, problemas físicos, mentales, sexuales y reproductivos. Todas las capas de la población están afectadas: niños, jóvenes, adultos y ancianos.

En principio podríamos pensar que el grueso de esa terrible cifra pertenece al apartado de víctimas de guerras, pero sin embargo las guerras ocupan el tercer lugar como fuente de muertes violentas, con 300.000 muertes anuales, siendo sobrepasadas por las víctimas de homicidios, que suman 500.000, y ocupando el suicidio la triste posición de primera causa de muertes violentas en el mundo, con 800.000 personas que se quitaron la vida en el año 2000. Poniéndolo en porcentajes obtendríamos los siguientes: Cada 40 segundos una persona se suicida, cada minuto se comete un acto de homicidio y cada 2 minutos alguien muere en una guerra. Sin embargo, con todo lo terribles que son, estas cifras podrían no ser las reales y constituir solamente la punta del iceberg. El informe precisa que los suicidios en Europa occidental superan a los homicidios en una media de dos a uno.

Pero además de dar estadísticas, el informe también expone las causas, a juicio de los expertos, de tal estado de cosas y los remedios a tomar. Las causas serían la interrelación de factores estructurales, comunitarios, individuales y relacionales, haciéndose un llamamiento a gobiernos, sociedad, medios de comunicación, profesionales de la educación y público en general, para que se empleen a fondo en la prevención de la violencia, y lanzando una campaña que conciencie a los ciudadanos a trabajar en contra de esta lacra. Según el Doctor Etienne Krug, Director del Departamento de Prevención de daños y violencia, ésta no es parte intrínseca de la naturaleza humana.

Hay algunas cosas sorprendentes en este informe: Una, constatar que es el suicidio, y no la guerra, la primera causa de muerte por violencia en el mundo, lo cual habla de manera elocuente del desarreglo interno del ser humano. El suicido es la expresión máxima de la contradicción que se da en nuestra condición; es el contrasentido elevado a la máxima potencia, pues si el reflejo más básico con el cual hemos sido dotados es la preservación de la propia existencia, aquí nos encontramos frente a la negación de la misma, de manera consciente y voluntaria. Si todas nuestras fibras, músculos, nervios y órganos luchan por la supervivencia y emiten todas las señales de alarma de las que son capaces cuando ven amenazada su supervivencia, en el suicida nos encontramos frente a alguien en el que se produce una dicotomía llevada al extremo: La necesidad de supervivencia, por un lado, y la negación de la misma, por otro. Y lo terrible en esas estadísticas es que el suicidio no es un desarreglo esporádico o raro, sino el acto violento más ejecutado; es decir, estamos frente a un desarreglo agudo (individualmente hablando) y extenso (numéricamente hablando).

Según el sociólogo Emile Durkheim (1858-1917) los suicidios se podrían clasificar en tres grandes categorías:

  1. Suicidio egoísta, cuya característica fundamental es la apatía, manifestada bien en una languidez melancólica o en una indiferencia epicúrea. Los suicidios producto de ciertas depresiones serían un ejemplo de esta clase.
  2. Suicidio altruista, cuya peculiaridad innata sería el sentido del deber. El sujeto se mata porque su conciencia se lo ordena, se somete a un imperativo. Los suicidios de carácter castrense y religioso entrarían en esta categoría.
  3. Suicidio anómico, cuya propiedad es la dislocación de los valores que lleva a una desorientación individual y a una ausencia de significado de la vida. Se define la anomía como falta de dirección y pérdida de identidad.

Pues bien, la plaga de suicidios en el mundo occidental (Asia y América Latina presentan las tasas más bajas) se encuadra, en mi opinión, en las categorías 1 y 3. El cansancio de la vida (suicidio egoísta) y la desorientación ante la vida (suicidio anómico) son productos típicos de sociedades de bienestar material en las que, al mismo tiempo, rápidos y vertiginosos cambios se están produciendo. El individuo, hastiado de cosas materiales y habiendo perdido la brújula que le señala el norte moral y espiritual, decide saltar del tren en marcha. El Este de Europa presenta las tasas más altas, cosa explicable ante los tremendos y críticos cambios que esos países han experimentado en el lapso de unos pocos años.

También me llama la atención en el informe la atribución del origen de la violencia (y del suicidio) no al estado constitutivo del ser humano sino a factores estructurales, sociales, relacionales, etc. Nadie puede negar que esos factores son agravantes y predisponen a que la persona actúe de esa manera, pero negar que algo intrínseco anda mal en el ser humano es no hacer un diagnóstico acertado y, por lo tanto, fallar en las soluciones.

El texto bíblico arriba citado nos da el remedio personalizado para prevenir la violencia sobre uno mismo y sobre los demás:

  1. Un referente espiritual absoluto: la Persona de Jesucristo.
  2. Una promesa de descanso, en medio de los avatares de la vida.
  3. Una condición para obtenerlo: el sometimiento a su Palabra.

El rechazo deliberado de ese remedio sólo puede deparar miseria y ruina, pero su aceptación reposo y bálsamo.