Sufrimiento

Temores

Temores
En nuestro tránsito por este mundo todos los seres humanos tenemos una serie de compañeros de viaje que nos acompañan a lo largo del recorrido; algunos de ellos son de nuestra elección pero otros forman parte intrínseca de nuestra existencia sin que tengamos capacidad de elección al respecto. Algunos hacen nuestra vida más llevadera pero otros la convierten en algo más difícil de sobrellevar; unos tienen una cara amable y otros se presentan con un rostro espantoso. Uno de los más comunes compañeros de viaje que todos los humanos tenemos es el temor. Ya hace su acto de presencia en la cuna del bebé, presentándose de manera inopinada y probablemente siendo el origen de no pocos llantos que a los padres les parecen incomprensibles. Incluso es posible que podamos retrasar la aparición del temor hasta las primeras etapas de nuestra existencia, cuando todavía estamos en el vientre de nuestra madre. Las imágenes que recientemente se difundían por televisión acerca del médico británico inventor de un escáner de alta resolución y capaz de captar nítidamente a la criatura en el útero, incluyendo sus reacciones de sonrisa, desagrado o llanto, tal vez son la prueba de que tales aludidos compañeros de viaje ya están incluso allí. Pero en cualquier caso ¿Quién, cuando era niño, no ha buscado en la cama de sus padres el refugio y el antídoto para escapar de los temores nocturnos que querían apoderarse de él? ¿Quién no ha llorado cuando su mente infantil se ha poblado de figuras e imágenes deformadas que querían perturbar la paz de su sueño? ¿Quién no ha tenido miedo ante la creencia de que en la oscuridad de la habitación estaba escondido un hombre desconocido para llevarte con él?

Si tuviéramos que hacer una lista de temores su número se alargaría considerablemente, pero algunos de los más comunes serían los siguientes:

  • Temor al futuro, cuyas manifestaciones suelen ser el afán y la ansiedad que sumen a la persona en angustia y zozobra.
  • Temor a la muerte, por el cual hay personas que no sólo no pueden soportar la idea de su propia muerte sino la idea de la muerte en sí, hasta el punto de no poder estar en presencia de un moribundo ni en la sala donde hay un cadáver.
  • Temor al qué dirán, que suele ser uno de los grandes obstáculos para que alguien rompa determinados patrones culturales, religiosos o sociales, aunque en su fuero interno esté convencido de su inutilidad o perversidad.
  • Temor al fracaso, cuyo exponente máximo se manifiesta en nuestras competitivas sociedades occidentales, donde el listón es el éxito profesional y no hay lugar para los perdedores.
  • Temor a la enfermedad, que se manifiesta en una desmesurada atención sobre sí mismo y, por consiguiente, en suponer como reales enfermedades que sólo son imaginarias.
  • Fobias, que consisten en temores irracionales sobre objetos o situaciones. Hay un sinfín de las tales: acrofobia o temor a lugares altos, agorafobia o temor a lugares abiertos, claustrofobia o temor a lugares cerrados, zoofobia o temor a ciertos animales, xenofobia o temor a los extranjeros, aerofobia o temor a volar, etc.
  • Temor a la desgracia, por el que la persona se convierte en un supersticioso que ve presagios y augurios por doquier: gatos negros, número 13, viernes y 13, etc.

Para conjurar o controlar estos temores se recurre a toda una serie de remedios populares, algunos de los cuales son tan viejos como la misma Humanidad. Por ejemplo, para eliminar el temor al futuro se echa mano del ocultismo en alguna de sus innumerables ramas. Si el ocultismo está tan presente en las sociedades desarrolladas (en Francia hay más personas que viven de eso que ministros de la religión) es porque en las mismas hay latente un miedo al mañana, siendo una forma de conjurarlo el acudir al echador de cartas para que nos revele lo que nos depara el futuro, o al curandero para que nos libre de aquel mal. Innumerables son las formas de solicitar la presencia de la suerte (la buena) en nuestra vida y ahuyentar la mala: talismanes, amuletos, numerología, signos astrales, etc. En resumen, los miedos y temores no son exclusiva de las sociedades atrasadas tecnológicamente sino patrimonio de todas por igual.

Un temor es destructivo cuando se dan estas tres características:

  • Dominante. Es decir, si afecta a toda mi personalidad, si me envuelve completamente.
  • Obsesivo. Si es una constante y no meramente una cuestión muy esporádica.
  • Determinante. Si es capaz de alterar mis creencias y/o mi conducta de forma fundamental.

Ahora bien ¿Hay alguna solución real que no sea como las anteriormente mencionadas, las cuales más que remediar suelen añadir una dosis letal al ya de por sí nocivo temor? Hay un principio en medicina que afirma que lo semejante se cura con lo semejante; por ejemplo, la mordedura venenosa de una culebra se cura con un preparado procedente del veneno de esa misma culebra. Si aplicamos este principio al asunto de los temores resultará que el temor se cura con el temor, y aquí es donde entra en escena un temor totalmente saludable pero desgraciadamente muy escaso: El temor de Dios. Si yo tuviera que dar una sencilla definición del temor de Dios diría que tener temor de Dios es tomar a Dios en serio.

El pasaje bíblico arriba citado habla de ese temor; un temor cuyo propósito es nuestro bien y el de nuestros hijos, por lo tanto es un temor beneficioso; un temor que es la piedra de toque para conocer si alguien pertenece o no al pueblo de Dios; un temor que es parte esencial del pacto con Dios; un temor que es la garantía de permanencia en sus caminos.

Seguramente vivimos aprisionados y atosigados por tantos temores porque nos falta el único necesario y terapéutico; el único temor que, lejos de encadenar, libera: el temor de Dios.