
Si tuviéramos que hacer una lista de temores su número se alargaría considerablemente, pero algunos de los más comunes serían los siguientes:
- Temor al futuro, cuyas manifestaciones suelen ser el afán y la ansiedad que sumen a la persona en angustia y zozobra.
- Temor a la muerte, por el cual hay personas que no sólo no pueden soportar la idea de su propia muerte sino la idea de la muerte en sí, hasta el punto de no poder estar en presencia de un moribundo ni en la sala donde hay un cadáver.
- Temor al qué dirán, que suele ser uno de los grandes obstáculos para que alguien rompa determinados patrones culturales, religiosos o sociales, aunque en su fuero interno esté convencido de su inutilidad o perversidad.
- Temor al fracaso, cuyo exponente máximo se manifiesta en nuestras competitivas sociedades occidentales, donde el listón es el éxito profesional y no hay lugar para los perdedores.
- Temor a la enfermedad, que se manifiesta en una desmesurada atención sobre sí mismo y, por consiguiente, en suponer como reales enfermedades que sólo son imaginarias.
- Fobias, que consisten en temores irracionales sobre objetos o situaciones. Hay un sinfín de las tales: acrofobia o temor a lugares altos, agorafobia o temor a lugares abiertos, claustrofobia o temor a lugares cerrados, zoofobia o temor a ciertos animales, xenofobia o temor a los extranjeros, aerofobia o temor a volar, etc.
- Temor a la desgracia, por el que la persona se convierte en un supersticioso que ve presagios y augurios por doquier: gatos negros, número 13, viernes y 13, etc.
Para conjurar o controlar estos temores se recurre a toda una serie de remedios populares, algunos de los cuales son tan viejos como la misma Humanidad. Por ejemplo, para eliminar el temor al futuro se echa mano del ocultismo en alguna de sus innumerables ramas. Si el ocultismo está tan presente en las sociedades desarrolladas (en Francia hay más personas que viven de eso que ministros de la religión) es porque en las mismas hay latente un miedo al mañana, siendo una forma de conjurarlo el acudir al echador de cartas para que nos revele lo que nos depara el futuro, o al curandero para que nos libre de aquel mal. Innumerables son las formas de solicitar la presencia de la suerte (la buena) en nuestra vida y ahuyentar la mala: talismanes, amuletos, numerología, signos astrales, etc. En resumen, los miedos y temores no son exclusiva de las sociedades atrasadas tecnológicamente sino patrimonio de todas por igual.
Un temor es destructivo cuando se dan estas tres características:
- Dominante. Es decir, si afecta a toda mi personalidad, si me envuelve completamente.
- Obsesivo. Si es una constante y no meramente una cuestión muy esporádica.
- Determinante. Si es capaz de alterar mis creencias y/o mi conducta de forma fundamental.
Ahora bien ¿Hay alguna solución real que no sea como las anteriormente mencionadas, las cuales más que remediar suelen añadir una dosis letal al ya de por sí nocivo temor? Hay un principio en medicina que afirma que lo semejante se cura con lo semejante; por ejemplo, la mordedura venenosa de una culebra se cura con un preparado procedente del veneno de esa misma culebra. Si aplicamos este principio al asunto de los temores resultará que el temor se cura con el temor, y aquí es donde entra en escena un temor totalmente saludable pero desgraciadamente muy escaso: El temor de Dios. Si yo tuviera que dar una sencilla definición del temor de Dios diría que tener temor de Dios es tomar a Dios en serio.
El pasaje bíblico arriba citado habla de ese temor; un temor cuyo propósito es nuestro bien y el de nuestros hijos, por lo tanto es un temor beneficioso; un temor que es la piedra de toque para conocer si alguien pertenece o no al pueblo de Dios; un temor que es parte esencial del pacto con Dios; un temor que es la garantía de permanencia en sus caminos.
Seguramente vivimos aprisionados y atosigados por tantos temores porque nos falta el único necesario y terapéutico; el único temor que, lejos de encadenar, libera: el temor de Dios.