hay quienes niegan que tales cosas se produzcan en la actualidad y hay quienes asumen como milagros lo que en realidad no son sino fraude y manipulación
Milagro es, por definición, algo irreductible a la lógica pura y al raciocinio, pues pertenece a una esfera, la sobrenatural, de la cual los seres humanos somos extraños; de ahí la reacción de las personas cuando se ven confrontadas con lo milagroso y que en los evangelios se suele describir con determinadas palabras: asombro, turbación, maravilla, temor, etc. Por lo tanto, a priori, parece que el milagro no debe ser objeto de estudio teológico, pues la teología es un ejercicio en el que la mente ordenada desarrolla sus facultades intelectuales, cosa que el milagro, como ya hemos dicho, supera. Pero si siguiéramos este argumento hasta sus últimas consecuencias nos encontraríamos con la contradicción de que no podemos hacer teología de casi nada que tenga que ver con el campo de la Revelación, pues en buena medida trata de realidades que, tocando nuestro mundo natural, al mismo tiempo lo supera, como son la Encarnación, la Expiación, la Resurrección, etc., y si no hemos de reflexionar sobre estas realidades caemos en el absurdo de afirmar que Dios se da a conocer para que no lo conozcamos. Pero lo cierto es, precisamente, todo lo contrario y la Biblia misma sienta el precedente de que se puede y se debe hacer teología de las maravillas de Dios, porque ¿qué es en definitiva el libro de Deuteronomio sino una reflexión teológica acerca de los grandes hechos que, en la generación anterior, Dios había efectuado para sacarlos de Egipto? ¿qué son, sino teología, aquellos Salmos en los que se medita acerca del significado de los portentos de Dios y de las lecciones que de ello se desprenden? El problema de Israel, una y otra vez, fue que no sacaron conclusiones provechosas -léase teología sana, práctica y aplicable- de aquellos grandes hechos. Necesitamos, pues, la teología, la buena teología (no la especulativa y vana) y sin ella andaremos dando vueltas por el desierto.
El pasaje de las bodas de Caná tiene, a mi modo de ver, mucho que decirnos acerca de la cuestión de los milagros, cuestión sobre la que hay dos extremos contrapuestos: hay quienes niegan que tales cosas se produzcan en la actualidad y hay quienes asumen como milagros lo que en realidad no son sino fraude y manipulación. Examinemos el relato:
- La ocasión del milagro:
- Se produce en una escena doméstica, en un contexto social (una boda); es decir, Jesús no es huraño ni esquivo sino más bien accesible y sociable. Participa en actos humanos cotidianos.
- Hay una carencia. Así son las cosas humanas: hasta las más prometedoras resultan ser contingentes e inestables; esas carencias son la demostración palpable de nuestras limitaciones y de nuestra impotencia para superarlas.
- La realización del milagro:
- La presencia de Jesús. Es porque él está allí en medio que el milagro se producirá. De ser un mero invitado va a convertirse en la llave maestra que abrirá la puerta que no se puede abrir.
- La intercesión de María. En este caso, como en otros, Jesús interviene atendiendo a la petición de alguien que conoce la carencia y conoce al que puede suplir la carencia; eso hace de ese alguien un intercesor. Pero un intercesor sabe que su papel es poner a las dos partes en contacto y a continuación quedarse a un lado; y eso es lo que hizo María..
- Las lecciones en el milagro:
- La plenitud de lo que Cristo hace: "Llenad..." Tinajas rebosantes que van a suplir la carencia con creces.
- La oportunidad de lo que Cristo hace: "Sacad ahora..." Ese, y no más tarde, era el preciso momento en el que había que actuar, de lo contrario no hubiera tenido sentido su intervención al estar fuera de plazo.
- La autenticidad de lo que Cristo hace: "Llevadlo al maestresala..." Jesús no tiene miedo de someter su prodigio a la prueba del experto que, al mismo tiempo, es alguien neutral. Todo verdadero milagro ha de tener esta cualidad, de lo contrario podemos estar seguros de que se trata de una superchería.
- La maravilla de lo que Cristo hace: "El agua hecha vino... " Es un cambio de naturaleza hecho instantáneamente. Como dice Hilario de Poitiers: "No coinciden los pensamientos del que vierte y del que saca. Los que vertieron creen que se saca agua; los que sacan piensan que se ha echado vino. El tiempo entre una cosa y otra no da de sí para que la naturaleza de un líquido nazca y perezca la del otro. El modo como ocurre el hecho engaña a la vista y a la inteligencia, pero se experimenta la fuerza de Dios en lo que se ha hecho." (La Trinidad III,5). Todo está hecho a la vista de todos, no hay trampa ni cartón.
- La practicidad de lo que Cristo hace. Suple una necesidad; no es un "show". Ese tipo de "milagro-show" es el que el diablo le tentó a hacer cuando le sugirió que se arrojara desde el alero del templo. Es llamar la atención sobre sí mismo sin que repercuta en las verdaderas necesidades fundamentales de las personas.
- La calidad de lo que Cristo hace: "El buen vino..." No cualquier vino, sino el mejor, el superior.
- La autoridad de lo que Cristo hace: "Llenad... sacad... llevadlo..." Con tres sencillas palabras lo hace todo; no necesita entrar en trance, ni concentrarse, ni dar alaridos o hacer otras extravagancias parecidas.
- El propósito del milagro:
- Señal que acredita a Jesús: "Manifestó su gloria..." Todo auténtico milagro tiene como fin último la exaltación de Jesús, pero el que conlleva una desviación de tal propósito lo descalifica automáticamente. Hay muchos prodigios de esta última índole: la sangre de San Pantaleón que se licua en una iglesia de Madrid una vez por año o la de San Jenaro en Nápoles a la que le sucede algo similar.
- Confirmación de la fe de los discípulos en él: "Sus discípulos creyeron en él." Ellos ya creían, pues eran sus discípulos, pero tras esto su fe se vio acrecentada y sellada.
