
Pero no se detienen aquí los trastornos por los problemas con la alimentación; recientemente las autoridades sanitarias de los Estados Unidos han levantado la voz de alarma ante el incremento de casos de obesidad en ese país. De continuar así pronto será una nación de gordos, independientemente del color de la piel. Si antiguamente se podía definir a un español como a alguien bajito, con bigote e invariablemente crispado, pronto se podrá definir a un estadounidense como a alguien rollizo u orondo ¡gordinflón! como las esculturas de Fernando Botero. Recuerdo que cuando yo era niño toda la obsesión de mi madre era que comiera para ponerme gordo, pues en su mentalidad había una relación directa entre gordura y salud. Era una mentalidad equivocada pero comprensible, pues su generación había vivido la dura experiencia de la guerra civil y de la posguerra con el hambre y las penurias de aquellas décadas, de manera que tenían una obsesión por la comida. Por eso crecí con la sensación de no estar totalmente sano, dada mi delgadez, al no alcanzar los parámetros de mi madre. Después comprendí que no necesariamente estar gordo es estar sano; de hecho lo opuesto puede ser la verdad. Por lo menos eso es lo que dicen los entendidos en USA, donde la obesidad galopante no obedece a una reacción opuesta a la calamidad sino a todo un desorden en la dieta. Lo malo es que los europeos y particularmente los que vivimos en países mediterráneos estamos copiando sus malos procedimientos, cuando tenemos una dieta, la mediterránea, que es de las más saludables del mundo. Pero en fin, los seres humanos somos así: Desechamos lo demostradamente bueno como algo menospreciable y aprobamos lo manifiestamente malo como si fuera lo más sublime. O sea, tontos de remate.
Pero los gordos de USA, por más increíble que parezca, tienen su contraparte en el Tercer Mundo, pues allí también hay otros gordos, aunque su gordura se debe no a desórdenes en la dieta sino a la inexistencia de dieta alguna. En efecto, uno de los síntomas que aparecen en la inanición es el edema (hinchazón debido al fluido) lo que provoca que las personas en grave situación por falta de alimentación tengan la tripa hinchada. Es un síntoma que por lo visto no está del todo bien entendido, pero su presencia está ahí y en el caso del adulto presupone un mal pronóstico. Gordos y gordos. Gordos evitables y gordos inevitables; gordos por exceso y gordos por defecto; gordos de la abundancia y gordos de la escasez; gordos del desorden y gordos de ningún orden. Y tanto unos como otros, firmes candidatos a una muerte prematura, aunque los primeros tienen mucha ventaja para posponerla por razón de vivir donde hay hospitales, medicinas y médicos. Es decir, al igual que los famélicos, los gordos del Primer y del Tercer Mundo son todo un extracto de este mundo, de sus contradicciones y miserias.
¡Cuántos trastornos relacionados con la alimentación! Y eso que solamente hemos mencionado un par de ellos. Pero hay otra alimentación que está provocando más trastornos aún, si cabe. Me refiero a la que alimenta nuestro cerebro, nuestra mente, nuestro interior. No es en vano que una de las palabras que se usan para definir las distintas opciones que la TV presenta es menú. Es también la palabra que se usa en el mundo de las computadoras, en Internet, cuando se nos muestran las posibilidades a elegir. Sí, esos son menús, menús para el intelecto, menús para el corazón; algunos contienen dietas útiles, otros dietas superfluas y otros dietas mortíferas. Los hay incluso que son una mezcla de los tres, aunque el veneno no pierde su eficacia por estar fusionado con lo bueno, más bien al contrario.
El texto bíblico arriba citado hace referencia a un menú, a un alimento para el interior; es un alimento necesario ("Si no coméis... no tenéis vida"), genuino ("verdadera comida... verdadera bebida") y beneficioso ("el que come de este pan, vivirá eternamente"). No es una cosa sino una Persona; es Jesucristo. Un alimento que no se come con el sentido físico del gusto sino con el apetito de la fe. Ven a él y nútrete.