Tribunales de injusticia
-
21-06-2016

Hay dos salas ante las que Jesús va a comparecer en un lapso de horas. Una es el consejo de los ancianos judío, el Sanedrín, o tribunal religioso; la otra es el tribunal civil, bajo la potestad de Roma. Las competencias de ambos tribunales son diferentes, pues el primero entiende de causas que tienen que ver con el ordenamiento religioso de la nación judía, mientras que el segundo entiende de causas que son de orden secular y civil. Antes de nada es preciso decir que se trata de dos ilustres tribunales, procedentes ambos de lo mejor de la legislación de todos los tiempos. Los requisitos que debían reunir los jueces del pueblo hebreo eran muy elevados, no sólo por sus cualidades personales, como integridad e incorruptibilidad, sino también por los principios que debían regir sus actuaciones, como el derecho y la imparcialidad. Respecto al tribunal romano ¿qué se puede decir si se tiene en cuenta que el Derecho Romano ha pasado a ser una de las asignaturas que se estudian en la carrera de Derecho en cualquier país?. Sin embargo, la categoría teórica que tienen estos dos tribunales, va a fracasar ante el caso que deben resolver.
La actuación de los jueces hebreos manifiesta la transgresión más palmaria de los principios más elementales de equidad y justicia. En primer lugar usan el soborno para comprar a uno de los íntimos de Jesús y de esta manera tener acceso directo a él y detenerlo. Con la ley en la mano ¿qué necesidad hay de recurrir a esa estratagema, si no es porque no se tiene el respaldo de la ley? Para subrayar la condenación prevista por el pre-juicio se echa mano de testigos falsos, que apoyen una acusación carente de fundamento. Finalmente, se procede al interrogatorio directo del acusado, preguntándole sin rodeos sobre su identidad. Esta es la piedra angular sobre la que descansa la acusación. Si responde que efectivamente él es el Mesías, inapelablemente será condenado. No hay otra opción. Aunque Jesús tiene un gran peso de pruebas que demuestran que su afirmación está bien fundada, sus jueces, que de antemano le han rechazado a él, también rechazan cualquier apelación a pruebas. Un investigador desapasionado tendría en cuenta ese cúmulo de evidencias, manifestadas en los tres años de ministerio público que ha ejercido. Pero estos jueces injustos le condenan, porque ellos, no las pruebas, así lo han estipulado.
Tras el paso por este primer tribunal, sus acusadores lo llevan ante el tribunal civil, que es el único que tiene potestad para condenar a muerte. Tal vez ahora, que va a presentarse ante un juez extranjero, reciba al menos imparcialidad por su parte. A Pilato todas esas cuestiones religiosas ni le van ni le vienen. Por lo tanto, teóricamente estamos ante un juicio que tendrá las mínimas garantías procesales, cosa que no tuvo el juicio ante el Sanedrín, donde los fiscales eran jueces y los jueces fiscales, sin que hubiera abogado por medio.
Los delitos de los que Pilato entiende son robo, violencia, traición, sedición, asesinato, etc. Los enemigos de Jesús lo saben y, por tanto, van a encauzar el caso para que parezca que Jesús ha infringido el código penal romano, dándole un tinte político a lo que originalmente era una inculpación religiosa. Pero el juez romano se mantiene firme a pesar de todo y declara que ese hombre es inocente. Sin embargo, hay una grieta que asoma en la actuación de Pilato, consistente en que ante la presión de los acusadores les propone castigarlo y luego liberarlo. Pero si ese hombre es inocente ¿a qué viene lo del castigo? A un inocente no se le toca. Se le pone en libertad automáticamente. Pero Pilato quiere hacer una concesión a los acusadores de Jesús para aplacarlos, dándoles una satisfacción, aunque sea parcial, a su demanda. Y aquí es donde esta rendija anuncia que este juez no sólo se mueve por consideraciones de ley sino por consideraciones de otro tipo. Es la señal que ellos estaban esperando para darse cuenta de que Pilato no es inexpugnable en su resolución.
Esa señal de debilidad la aprovecharán para ponerle más presión y acorralarle. Ni siquiera la escapatoria que busca mediante el intercambio de presos les satisface. Es una lucha de determinaciones. La determinación de Pilato vacila y se tambalea; la de los acusadores de Jesús se hace cada vez más fuerte. Finalmente, acabará cediendo a sus deseos. Y así fue cómo el prestigioso tribunal de Roma cedió, por la debilidad de su representante, ante la iniquidad.
Fracaso estrepitoso de los dos mejores tribunales humanos para dirimir la cuestión más importante que tribunal alguno haya tenido nunca entre manos. Pero por encima de esos dos tribunales un tercer y más alto tribunal había preordenado que así sucediera todo, para mostrar el pecado inherente en la condición humana, incluso en sus mejores prototipos teóricos, y proporcionar el remedio eficaz para ese pecado: La muerte de Jesús. Un tercer y alto tribunal que emitió veredicto en favor de la justicia de Jesús, al resucitarlo de la muerte a la que los tribunales de injusticia le habían condenado. ¡Gloria a Dios!
Copyright de la imagen: