Ética

Una ética de transparencia

Una ética de transparencia
Dinero particular sólo demanda honestidad personal, pero dinero público exige, además, cuentas públicas.
Recientemente hemos asistido en España a un escándalo financiero que ha salpicado a responsables del entorno cercano al Gobierno y todavía está por ver cómo terminará otro proceso judicial en el que responsables del Ministerio del Interior de un Gobierno anterior están siendo juzgados por presunta malversación de fondos públicos. En ambos casos el problema surge, respectivamente, de la mala o presuntamente mala administración de bienes ajenos. Y es que los bienes propios puedo administrarlos a mi antojo, siempre y cuando ello no redunde en perjuicio de terceros, pero cuando el dinero ya no es propio sino público, se necesitan dos cosas: Honestidad personal y mecanismos de control que garanticen la limpieza en el manejo de ese dinero.

Creo que en ésta, como en todas las esferas de la vida, la Biblia tiene algo pertinente que decirnos. El texto arriba citado alude al momento cuando la obra del tabernáculo recién se había terminado; fue una obra de considerables proporciones en la que se emplearon metales nobles, como oro (1 tonelada) y plata (más de 3 toneladas), otros menos nobles, pero también muy cuantiosos, aparte de piedras preciosas, tejidos primorosos, especias carísimas, etc. El origen de todo ese material provenía de la generosidad del pueblo y el objetivo del mismo era una obra pública, si así se quiere llamar al tabernáculo. Ni que decir tiene que la administración de este tipo de materiales exigía una escrupulosa integridad por parte de aquellos que estarían en contacto con los mismos, pues la tentación de quedarse para sí con algo en el proceso de fundir, labrar, tallar, etc. sería muy grande. Además, siempre hay el pensamiento de que, después de todo, al saquear bienes públicos no se perjudica a nadie en concreto, pues no hay un dueño físico de los mismos.

Hay varios principios muy elementales que se desprenden de este caso y que nos pueden servir de guía; examinémoslos:

  1. La iniciativa por transparencia y el establecimiento de mecanismos que la propicien, parte del responsable último (Moisés) de toda esa costosa obra.
  2. No hay solo una persona que maneja las cuentas, con el consiguiente peligro de que haga y deshaga a su antojo, sino un equipo (los levitas), bajo la supervisión de un responsable (Itamar).
  3. Las cuentas se registran, la contabilidad se documenta por escrito.
  4. Las cuentas son públicas, es decir, abiertas a todo aquel que pida razón de las mismas.

De todo ello se deduce la siguiente máxima a ser tomada en cuenta: Dinero particular sólo demanda honestidad personal, pero dinero público exige, además, cuentas públicas.

Vez tras vez, vemos en la Biblia el cuidado que se pone en el tratamiento de los bienes públicos, ya sea en el Antiguo Testamento, como por ejemplo con los valiosos utensilios devueltos por el rey Artajerjes a través de Esdras para el templo de Jerusalén: "Por cuenta y por peso se entregó todo, y se apuntó todo aquel peso en aquel tiempo." (Todo fue contado y pesado, y todo el peso fue anotado en aquel tiempo.[…]Esdras 8:34); ya sea en el Nuevo, con el caso de la ofrenda de las iglesias de Macedonia y Acaya para la iglesia de Jerusalén: "Evitando que nadie nos censure en cuanto a esta ofrenda abundante que administramos, procurando hacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres." (20 teniendo cuidado de que nadie nos desacredite en esta generosa ofrenda administrada por nosotros; 21 pues nos preocupamos por lo que es honrado, no sólo ante los ojos del Señor, sino también ante los ojos de los hombres. […]2 Corintios 8:20,21). Este caso arroja mucha luz sobre lo que venimos diciendo pues se trata de algo hecho por cristianos y para cristianos: Los cristianos de una región envían fondos a los cristianos de otra ciudad. Todo queda en familia; pareciera que no son necesarias demasiadas precauciones: hay confianza, hay amistad, hay hermandad, no hay mala fe, etc. Sin embargo, el apóstol Pablo sí va a tomar las precauciones debidas para eliminar de raíz cualquier sospecha, cualquier duda, cualquier acusación y para ello el dinero será llevado por mediación de tres personas: la primera es un representante escogido por las mismas iglesias donantes de Macedonia -tal vez Timoteo-, lo cual es una garantía de tranquilidad para ellos, la segunda es Tito, fiel colaborador del apóstol Pablo y la tercera es otra persona de acendrada reputación (¿Lucas?), conocido y respetado por esas mismas iglesias. Aquel dinero representaba el sacrificio de las iglesias pobres de Macedonia y Acaya que supliría las necesidades materiales de la iglesia hermana en Jerusalén; era algo demasiado importante como para dejar cabos sueltos; era preciso asegurarse no sólo de que el dinero que zarpaba era el mismo que llegaba a su destino final sino que además nadie podría poner un pero al proceso.

Se dice que la razón por la que Julio César repudió a su esposa Pompeya fue la sospecha que tuvo de que le había sido infiel con Clodio, aunque nunca tuvo elementos determinantes para demostrarlo; simplemente el saber que éste la había visitado a solas en su aposento fue el origen de aquella famosa frase: "La mujer del César no basta que sea casta, sino que es preciso que lo parezca."

Si el manejo del dinero público en cuestiones estatales merece cuidado, cuánto más los asuntos financieros de cualquier entidad eclesial o para-eclesial, en la que el nombre de Dios y el evangelio están por medio. No basta con suponer la buena voluntad de las personas por más intachables que puedan ser, sino que es preciso someter todo ello a mecanismos objetivos de control y transparencia. Como en el caso de la mujer del César, las iglesias y organizaciones afines no sólo tienen que ser honestas sino parecerlo también; para ello se precisa la ética de transparencia.