
Esa estructura representativa y cerrada no sólo abrigaba peligros para los levitas y sacerdotes sino también para el pueblo, que fácilmente podía caer en la pasividad, ya que a fin de cuentas el peso principal lo llevaban sus representantes. Ellos eran los entendidos y expertos, los que sabían sobre las cuestiones del culto y la ley, los que estaban cerca de Dios, dependiendo el pueblo enteramente de lo que ellos realizaran en sus tareas ministeriales.
Este sistema de cosas, representativo y cerrado, con sus peligros acuciantes, no sólo fue una amenaza para el pueblo de Israel, sino que volvió a surgir en el cristianismo de la Edad Media, cuando la sociedad estaba dividida en tres clases bien diferenciadas: Clero, nobleza y campesinos. El papel que cualquiera tenía en la vida venía definido por el estamento social al que perteneciera. El clero entendía de las cosas sagradas, las cuales eran distantes para la nobleza y sobre todo para los campesinos. Los expertos en las cosas de Dios eran los que dictaminaban y enseñaban, quedando a merced de ellos la nobleza y los campesinos, que eran pasivos y subordinados totalmente a ellos. Los males que este sistema produjo fueron los que la Reforma en el siglo XVI intentó corregir.
Pero en el Antiguo Testamento aparece una institución que rompe los moldes rígidos de exclusividad que el sistema sacerdotal representativo tendía a crear. Y esa institución es el nazareato, en virtud de la cual cualquiera en Israel podía consagrarse a Dios para servirle, aunque no perteneciera a la tribu de Leví. Además, en un mundo de hombres, en el que lo masculino tenía un claro predominio, se establece que la mujer también podía consagrarse a Dios y ser nazarea1. Dicho sea de paso, la palabra nazareo significa consagrado y no tiene nada que ver con la palabra nazareno, que quiere decir originario de Nazaret.
Así pues, el nazareato introduce la posibilidad no de una consagración representativa y obligatoria por nacimiento, sino voluntaria y personal. No es una consagración forzosa por razones de linaje, como la de levitas y sacerdotes, sino libre, por decisión personal. Y con ello se está tocando la verdadera esencia de la auténtica consagración.
Había tres elementos que destacaban en dicha consagración. El primero era la abstención total de todo lo referente a la uva. Esto, que se podría considerar un requisito de negación y renuncia a algo lícito, en realidad es una indicación de una verdad positiva. Ya que si la uva y el vino son ilustrativos del dulzor y la alegría, abstenerse de ello significa que la dulzura y la alegría la encuentra el nazareo en su consagración a Dios. Es decir, que Dios mismo es su deleite y gozo. Que no necesita el empuje de una sustancia externa para encontrar regocijo, sino que todo su estímulo lo tiene en Dios.
Aquí hay una gran lección, porque tantas veces se ha considerado la consagración a Dios sinónimo de negación solamente. Y cuando se contempla de esa manera, la relación con Dios se convierte en un sistema de prohibiciones nada más, de donde se desprende que Dios y prohibición es lo mismo. Por tanto, el ascetismo, como fin en sí mismo, no da en el blanco de la voluntad de Dios. Eso es una caricatura de lo que es la verdadera consagración. En realidad, la idea principal de la abstinencia de la uva y el vino por parte del nazareo no es de negación, sino de afirmación. Afirma que Dios es para él la fuente de su deleite y alegría. Por eso se consagra a él.
El segundo componente presente en la consagración del nazareo es la limpieza, que se aprecia en el distanciamiento de lo contaminado. De nuevo tenemos aquí una verdad positiva que emerge de una negativa. La abstención de la contaminación surge de la búsqueda de la pureza, porque consagración a Dios y limpieza van de la mano. Es interesante que esa pureza del nazareo es del mismo alto nivel que la que se demandaba al sumo sacerdote y superior a la de los sacerdotes. Es decir, estamos ante una talla muy elevada de consagración, teniendo en cuenta que se trata de personas normales y corrientes, que no pertenecen a una élite sacerdotal.
Finalmente, el tercer elemento característico del nazareo, el más llamativo externamente, era el cabello, señal de su consagración. Su cabeza simboliza la totalidad de su persona. Es decir, que no se trata de una consagración parcial sino total, que envuelve toda su personalidad.
Resumiendo: Una consagración voluntaria y no compulsiva, una consagración personal y no por representantes y una consagración entera y no incompleta, es la gran lección del nazareo. Hoy, como ayer, Dios quiere tales consagrados.
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