
Pero por lo visto todo esto no es más que los prolegómenos de un plan de paz global para toda la región de Oriente Medio. Sin embargo, eso me recuerda la magistral escena de Fantasía, en la que Walt Disney recrea en dibujos animados la famosa composición literaria y musical El aprendiz de brujo, con un Mickey Mouse metido, sin serlo, en el papel de mago y tratando de emular al maestro. Por unos instantes el prodigio se realiza y Mickey, con su varita mágica, consigue que los objetos se pongan en movimiento, rompan las leyes de la gravedad y obedezcan a los dictados de su varita. El milagro se ha producido y los objetos vuelan, se desplazan y bailan armoniosamente al son de los movimientos de Mickey. Pero cuando todo parece estar en su apogeo y Mickey está embriagado de su logro, algo falla, la cadencia se rompe y los enseres empiezan a actuar cada uno de manera anárquica sin hacer caso a los frenéticos intentos de Mickey por recuperar el control. Al final esos objetos se vuelven contra él, la estancia queda revuelta y el pobre Mickey vapuleado. La lección es que hace falta algo más que un cucurucho en la cabeza, una capa sobre los hombros y una varita en la mano para ser mago.
Hay varias lecciones que podemos extraer sobre las soluciones que las naciones de este mundo aportan para los graves problemas que le afligen:
- La primera es su provisionalidad, pues todo se reduce a parches que, por su propia naturaleza, no pueden nunca ser definitivos. Como escribió Cervantes: "Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado." (Don Quijote II, 53). Es el viejo neumático, cada vez más gastado y deteriorado, que siempre hay que estar recomponiendo pero jamás es nuevo.
- La segunda es su parcialidad, pues la justicia no se aplica a todos del mismo modo ni como cada cual merece, sino que se administra acorde a intereses particulares que ni siquiera en ocasiones son confesables. Si el malhechor me es útil hago la vista gorda a sus bribonadas.
- La tercera es su aleatoriedad, es decir, lo impredecible de sus resultados. Lo que algunos han diseñado en un despacho a miles de kilómetros de distancia manejando datos, estadísticas, informes, etc. no necesariamente es adaptable a la realidad de las personas de carne y hueso con sus circunstancias cotidianas, por lo que tal vez todo quede en un experimento fracasado.
- La cuarta es su mutabilidad, pues lo que esta generación tiene como excelente, la próxima lo valorará como indigno, hasta de ser considerado, y lo barrerá como algo caduco.
Todas estas características son propias de las cosas humanas incluso en el mejor de los casos, con la mejor de las voluntades y ante el mejor panorama posible... Pero resulta que no estamos ni en el mejor de los casos, ni las voluntades son todas y siempre buenas ni el panorama actual es el óptimo. Por eso el humanismo se queda sin respuesta y su confianza en las posibilidades del ser humano se estrella contra la cruda realidad, pudiendo aspirar como máximo a algo provisional, parcial, aleatorio y mudable. Esta es la condición de este mundo y esta es la condición de las naciones y de los asuntos de los pueblos de este mundo. Entonces ¿No hay solución? ¿Es nuestro destino estar abocados, como mucho, al parche o a la chapuza?.
El texto bíblico arriba citado nos habla de la sucesión de los imperios de este mundo, de su encumbramiento y de su desmoronamiento definitivo. Pero allí aparece algo insignificante en su origen, una simple piedra, si bien no es una piedra cualquiera, pues no está cortada con mano, es decir, no es un producto humano. Esa piedra dará el golpe de gracia a los reinos de este mundo para convertirse ella misma en el Reino, no provisional sino definitivo, no parcial sino perfecto, no aleatorio sino infalible, no mudable sino inmutable. Ese Reino no tiene parangón ni emulación ni imitación. No es cualquier reino ni imperio, es el Reino de Dios. Por eso, tal como Tú nos enseñaste a orar clamamos: Venga tu Reino.