Matrimonio

Violencia doméstica

Violencia doméstica
La violencia es parte del estado actual de la naturaleza humana y se manifiesta prácticamente en todas las esferas de la vida. Recientemente una información periodística ponía de relieve la violencia que provocan las computadoras sobre los que de manera más o menos asidua trabajan con ellas. No se refería al uso de juegos u otras actividades parecidas en las que el contenido del mismo es de por sí violento, sino al hecho comprobado de la adrenalina generada por el uso del ordenador. Por lo visto el elemento que se lleva la peor parte es el pobre ratón, aunque también el monitor e incluso la torre son objeto de los arrebatos de cólera del enfurecido usuario que no logra sus objetivos y la emprende a golpes con estos dispositivos. Decía la noticia que la violencia informatizada se descarga por medios verbales (insultos, blasfemias, palabras soeces, etc.), físicos (emprenderla a golpes) y mixtos (verbal y física). Cuando leí la noticia me recordó un incidente del que yo fui testigo hará unos 25 años; entonces las computadoras no eran como las de ahora: Cada unidad de disco era del tamaño de una lavadora y el procesador era un armatoste que ocupaba el espacio de un armario de tres cuerpos. Pues bien, mi compañero encargado de procesar la contabilidad de la empresa, harto ya de intentar pasarla una y otra vez sin conseguir los resultados deseados y con la presión añadida de los jefes de distintos departamentos a los que urgía tener esos resultados en la mano, tuvo un ataque de furia emprendiéndola a patadas y puñetazos con las unidades de disco y gritando como un poseso. Normalmente era un chico simpático y sociable, pero allí se produjo una metamorfosis parecida a la del hombre-lobo la noche de luna llena.

Desgraciadamente el problema no parecen ser las computadoras en sí mismas, porque la mencionada metamorfosis se produce igualmente al volante de un automóvil, en una discoteca o en un campo de fútbol, lugares donde, con más frecuencia de lo deseable, respetables ciudadanos se transforman en auténticos energúmenos fuera de control. En otras palabras, la violencia no es patrimonio de los informáticos sino que está presente por doquier, lo cual quiere decir que es parte de nosotros mismos. Es posible que haya causas añadidas que favorecen la expresión de la violencia, como el cansancio, la presión o las prisas, pero es evidente que esos son factores añadidos al factor principal: Nuestra propia condición, nuestra tendencia a la misma.

Hay un tipo de violencia que en España ha adquirido rango de fenómeno sociológico y que preocupa a todos. Sus muertes superan a las muertes por terrorismo: Mientras que los muertos por terrorismo entre los años 1998 y 2002 fueron 49 personas, este otro tipo de violencia ha ocasionado, sólo en el año pasado, 52 muertes, es decir, una por semana. Sí, la violencia en el seno o el contexto familiar (cónyuges, parejas, novios) es una plaga que ha adquirido dimensiones pavorosas. Pero mientras que los autores de la violencia terrorista se restringen a determinados grupos ideológicos, más o menos fáciles de identificar y encasillar aunque no tanto de detener, los autores de la violencia doméstica (¡qué contradicción de términos!) son aleatorios. Es decir, es casi impredecible conjeturar algo sobre el próximo asesinato. Pueden ser un matrimonio de ancianos pero también pueden ser una pareja de novios, pueden ser un matrimonio convencional pero pueden ser una pareja no convencional, pueden ser de clase acomodada o pueden ser de extracción baja, pueden tener preparación académica o pueden no saber "ni hacer la o con un canuto", pueden tener convicciones religiosas pero pueden no tener ninguna, pueden ser... ¡cualquiera!. El perfil del asesino asociado a la marginación, a la delincuencia o a la psicopatía no cuadra con ninguno de estos casos. ¡Tal vez el amable y encantador vecino que vive a nuestro lado es el próximo criminal!.

Parece que estamos un tanto desquiciados y que tal desquiciamiento se expresa por medios violentos ya en el mismo núcleo de la sociedad: El hogar; parece que el problema de la violencia es tan profundo que simplemente no basta explicarlo por medio de categorías étnicas, religiosas, económicas o políticas. El problema va más allá y arranca del estado mismo en el que el ser humano ha quedado. El texto bíblico arriba citado nos muestra el desarreglo producido, como consecuencia de la rebelión contra Dios, en el mismo seno del matrimonio y manifestado en una distorsión de las relaciones conyugales. La distorsión es doble:

  • Del papel del marido. Con un elemento de predominio y fuerza expresado en el verbo "enseñorearse". Aunque tal verbo en unas partes de la Escritura no tiene una connotación negativa y revela un principio de autoridad necesaria y legítima, en otras partes sí expresa opresión y abuso. Es decir, el papel del marido se va a mover entre una delgada línea que separa la autoridad del autoritarismo, con fuertes tendencias a lo último más que a lo primero y con las consecuencias extremas de embrutecimiento y violencia.
  • Del papel de la esposa. Con un elemento de supeditación y dependencia, que fácilmente se puede transformar en rebajamiento, humillación o anulación y explotar en rebelión.

Estamos, pues, ante una quiebra de los propósitos originales del matrimonio con la introducción de la desigualdad, el temor, la imposición y la desconfianza en las relaciones entre el hombre y la mujer. Hay una introducción de un principio jerárquico que no estaba presente antes de la trasgresión del mandato de Dios. Es decir, el matrimonio no salió intacto de esa hecatombe que es el pecado; al contrario, quedó trastocado y en ese trastorno está el origen de los actuales trastornos. Traemos, pues, impresa una semilla de desarreglo matrimonial de nuestros primeros padres, reafirmada tantas veces por el desarreglo matrimonial visto en el hogar en el que crecimos y que no puede ser remediada simplemente por la formación en una cultura de la no-violencia. Hace falta algo más y ese algo más es el evangelio. España necesita urgentemente ese algo más.