Abdón y Senén,
mártires, fueron arrestados,torturados y degollados, durante el mando de
Decio al concluir el siglo III. Eran persas y de familia muy rica y de muy antigua y noble alcurnia; se les consideraba descendientes de reyes. Juntos abrazaron el cristianismo y juntos acudían a las cárceles para asistir y consolar a los cristianos perseguidos, socorrer a los pobres, y anticiparse a evitar y prevenir, cuando esto les era posible, sus miserias y necesidades. «Se dejaban ver, dice un escritor piadoso, al pie de los potros y de los cadalsos para esforzar a los mártires y después de muertos procurar que se los diese sepultura. Igualmente respetables por su nacimiento, continúa el mismo autor, que por su notoria bondad, nunca les faltaba ocasión para hacer a sus hermanos estos caritativos oficios. Animada su industria de un celo verdaderamente cristiano, y sostenido con excesivas
limosnas, hacía cada vez más floreciente aquella afligida cristiandad." Naturalmente, tales actos, realizados públicamente, sin recato alguno y con mucha frecuencia habían de llamar la atención y despertar la suspicacia de las autoridades. Abdón y Senén fueron delatados al emperador quien los tuvo desde entonces como los mayores y más peligrosos enemigos de las divinidad del Imperio. Precisamente por aquel tiempo acababa Decio de obtener brillantes triunfos sobre los persas; triunfos que atribuía, lo mismo el emperador que el pueblo, a la protección de los dioses. Juzgó por consiguiente el emperador que para manifestarse más agradecido a sus protectores debía extremar terriblemente las
persecuciones contra los cristianos, a quienes, para mayor lustre y enaltecimiento de la religión del Estado, se propuso exterminar por completo. Así las cosas y en tal disposición de ánimo, hizo prender a los que juzgaba enemigos odiados y propagadores del mal ejemplo.
De las circunstancias y pormenores de su persecución da noticia el P. Croisset en los términos siguientes: «Fueron pues arrestados Abdón y Senén; quiso verlos el emperador y sus respuestas le asombraron, pero más aún el heroísmo con que soportaron el martirio. Despedazaron a azotes a las dos inocentes víctimas, con tanta crueldad que a no ser por obra de milagro, hubieran expirado en el suplicio; pero en medio de aquel granizo de azotes se les oía cantar alabanzas al Señor, rindiéndole muchas gracias por la merced que les hacía de contarlos en el número de las víctimas destinadas a ser sacrificadas por su amor. Después de aquella cruel carnicería, descubriéndoseles los huesos por entre las llagas que desfiguraban todo su cuerpo, fueron expuestos a las fieras en medio del anfiteatro. Había concurrido a él inmenso gentío aún más por ver despedazar a dos insignes enemigos de los dioses que a los caballeros persas. Echaron contra ellos dos feroces leones y cuatro osos hambrientos, que saliendo con furor de las jaulas, corrieron arrebatadamente hacia las dos inocentes víctimas, mas al llegar a ellas se detuvieron. Irritado el tirano, mandó degollar a los dos santos a la puerta del anfiteatro.»