Historia

ACOSTA, URIEL (1594-1647)

Uriel Acosta (originalmente Gabriel da Costa), judío racionalista, nació en Oporto, Portugal, en 1594 y murió en Ámsterdam en 1647. Pertenecía a una noble familia de origen judío pero conversa al cristianismo, siendo educado como católico romano. Acosta fue educado en esos principios y con tales ejemplos, atrayendo su piedad muy pronto sobre él la atención de todos. Muy joven aun, se dedicaba con ardor al estudio de las Sagradas Escrituras. Nombrado, cuando apenas contaba veinticinco años, tesorero de un capítulo, todo hacía presumir que se abría ante él una brillante carrera. Pero hacía ya mucho tiempo que el tormento de la duda se había apoderado de su espíritu y turbaba su alma. A pesar de sus esfuerzos, que eran muchos y continuados, no llegó a concebir la verdad revelada, y concluyó por negar la verdad del cristianismo. Perplejo permaneció durante algún tiempo entre la religión natural y la ley de Moisés y pronto deseó volver a la fe de sus padres, pero como el cambio del cristianismo al judaísmo no estaba permitido en Portugal huyó a Ámsterdam, donde se circuncidó y fue admitido en la sinagoga. Sin embargo, no tardó en adquirir la certidumbre de que el judaísmo de su tiempo se hallaba muy lejos de la religión de los hebreos, tal cual la frecuente lectura de los libros de Moisés le habían hecho concebir. Los rabinos y los talmudistas la habían desfigurado casi por completo, sobrecargándola de muchas ceremonias que él juzgaba pueriles. Este convencimiento le afectó mucho, doliéndose de no hallar en ninguna parte la perfección que él buscaba y no queriendo, o bien no pudiendo, disimular sus impresiones ni callar las causas que la producían, quiso hacerlas públicas en un trabajo que, al efecto, escribió y cuya publicación impidieron los rabinos. A pesar de esto, algunas de las tesis sostenidas por Acosta tuvieron, no se sabe cómo, publicidad, y rabinos y talmudistas se creyeron en la necesidad de refutarlas, de lo cual se encargó un médico llamado Manuel de Silva. Entablada la polémica, Uriel Acosta que se consideró provocado, trató de defenderse y defender sus afirmaciones en un folleto publicado primeramente en portugués (y traducido después al latín) con el título Examen dos tradiçoens phariseas conferidas con a ley escrita (1624).

El folleto produjo mucho ruido y puede decirse que fue verdadera piedra de escándalo. Arrastrado por el ardor de la controversia, estimulado por la vehemencia de su temperamento, Acosta no se limitaba entonces a combatir las ceremonias del rito rabínico, sino que negó en absoluto la misión divina de Moisés, como antes había negado la divinidad de Jesucristo, y llegó hasta a poner en tela de juicio el dogma de la inmortalidad del alma. Los rabinos pudieron, por consiguiente, hacerle su víctima con facilidad. Le acusaron ante el magistrado de Ámsterdam como impío que minaba y pretendía destruir los fundamentos de toda religión. En virtud de esta acusación formidable fue preso, su obra fue confiscada, recogidos e inutilizados todos los ejemplares de su folleto y para lograr él que se le concediese la libertad hubo de satisfacer una multa y prestar fianza a fin de responder de su conducta en lo sucesivo. Como fácilmente se comprende, estas persecuciones fueron, como son siempre los abusos de la fuerza, contraproducentes y con ellas las convicciones de Acosta, lejos de debilitarse, arraigaron más y más y con mayor fuerza cada vez en su espíritu, acabando por incurrir en excomunión. Transcurrieron así quince años durante los cuales Acosta permaneció silencioso y retraído de toda lucha religiosa, pero alimentando allá en lo más profundo de su corazón aborrecimiento sin límites contra sus correligionarios, impidió a muchos cristianos disgustados como él lo estuvo, de su religión, abrazar la de los israelitas; mas al cabo, el peso de la edad y los disgustos constantes, abatieron su ánimo y fatigado de las injurias y de las afrentas de que era objeto, declaró que se hallaba dispuesto a sufrir el castigo que se le impusiese, para ser admitido nuevamente en la sinagoga, lo cual equivalía a levantar la excomunión que sobre él pesaba. El castigo que le impusieron excedió mucho a cuanto podía imaginarse. Cuando se celebraba con toda pompa un servicio solemne, Acosta fue arrastrado a la sinagoga; allí en presencia de toda la comunidad, fue desnudado por completo de medio cuerpo arriba y entonces se le dieron treinta y nueve azotes que convirtieron sus espaldas en una llaga; luego lo tumbaron en el umbral de la puerta principal y una vez colocado allí, todos los asistentes pasaron por encima de su cuerpo mientras el predicador pronunciaba las fórmulas de la absolución. Tan crueles como infamantes ultrajes, que seguramente Acosta no podía esperar ni había presumido, le hicieron perder la paciencia y solamente pensó en vengarse. Corrió inmediatamente a casa de un primo suyo que le había perseguido con gran encarnizamiento, con firme propósito de matarle. Disparó, contra él un pistoletazo, y al errar el tiro, empuñó otra pistola que llevaba consigo y se levantó la tapa de los sesos. Entre sus papeles se halló un manuscrito, de su propia letra, y que contenía la relación circunstanciada de su vida. Este manuscrito fue publicado en el año 1687 por Limborch que le puso por título Exemplae vitæ humanæ y escribió además una refutación de las doctrinas de Acosta, refutación que aparece incluida en ese tomo y a la que Acosta no podía dar contrarréplica.


Bibliografía:
T. Whiston, The Remarkable Life of Uriel Acosta, an Eminent Free-Thinker, Londres, 1740; H. Jellinek, U. Acosta’s Leben und Lehre, Zerbst, 1847; I. da Costa, Israel en de volke, Haarlem, 1849; H. Graetz, Geschichte der Juden, 3ª ed., x. 120-128, 399-401.