Historia
ADALBERTO DE HAMBURGO-BREMEN (c. 1000-1072)

Adalberto volvió con Enrique en mayo de 1047, dedicándose a los asuntos diocesanos. En los territorios de los abodritas (obotritas) Godescalco había conseguido mucho poder y trabajó con Adalberto en la introducción del cristianismo. Noruega, Suecia y Dinamarca habían reconocido la jurisdicción espiritual de Hamburgo, pero ahora se quería romper esa supremacía. El rey danés Svend Estridsen hizo una alianza tras el año 1047 con Enrique por la mediación de Adalberto, a fin de establecer una provincia eclesiástica separada en Dinamarca, con un arzobispo y siete sufragáneos. Naturalmente Adalberto no podía ver con buenos ojos que se le quitara una parte tan grande de su jurisdicción, tras los sacrificios que la iglesia de Hamburgo había hecho en los anteriores doscientos años para la evangelización de los reinos septentrionales, temiendo que Noruega y Suecia siguieran el ejemplo de Dinamarca. Sin embargo, no podía negar que había algo de justificación en el deseo de Svend. El emperador y el papa León IX, que tomó parte en el concilio de Maguncia en 1049, no parecían indispuestos a otorgárselo. Adalberto consintió a cambio de que él tuviera el rango de patriarca para todo el norte. De esta manera, pensaba, se solucionaba la dificultad, pues un arzobispo no podía someterse a otro, pero sí a un patriarca. Concibió un plan para establecer once nuevas sedes alemanas que sirvieran como base de su dignidad. Él no contemplaba ningún rechazo inmediato de la soberanía de Roma, pero era obvio que su plan fácilmente podía darle en el norte una posición que no estaba lejos de la del papa en el sur. León murió en el año 1054 y Enrique en el 1056, teniendo que posponerse esos planes.
Privado del apoyo de Enrique, Adalberto sufrió a manos de los duques de Billung. El hijo y sucesor de Enrique, que tenía cinco años a la muerte de su padre, cayó en 1062 en poder de Anno, arzobispo de Colonia, pero éste se vio obligado a compartir su poder con Adalberto y después a verlo pasar más y más a manos de su rival. De los dos, Adalberto tuvo mayor influencia sobre el joven rey, alcanzando la cima de su poder cuando proclamó su mayoría de edad en Worms el 29 de marzo de 1065, reteniendo prácticamente el gobierno en sus propias manos. Dentro de su vida intachable, era inclinado al orgullo y a la vanidad, arbitrario y de una insoportable arrogancia, que le valieron la enemistad de los príncipes del imperio y de los arzobispos de Maguncia y Colonia que se le pusieron enfrente. Pero en enero de 1066, los príncipes, con Anno al frente, obligaron a Enrique a que expulsara a Adalberto de la corte, quien pasó los años siguientes ensombrecidos por muchas tribulaciones. Nuevos ataques de los Billung le obligaron a huir de Hamburgo. El paganismo levantó una vez más la cabeza entre los wendos, quienes arrasaron las tierras cristianas vecinas, teniendo que luchar la Iglesia sueca por su supervivencia. Fue llamado de nuevo a la corte en el año 1069, aunque no recuperó el prestigio de su posición. Trabajó todavía por la consolidación del poder real en Alemania, pero tuvo que dejar el problema sajón sin resolver. Soportó prolongados sufrimientos físicos con firmeza admirable, trabajando hasta el final por el rey y su diócesis. Quiso ser enterrado en Hamburgo, pero la destrucción de la ciudad por los wendos lo impidió, siendo su cuerpo sepultado en la catedral de Bremen, cuya rehabilitación él había completado.
La figura de Adalberto ha sido muy discutida por los historiadores; algunos lo consideran como un ambicioso vulgar sin título que justifique la preponderancia que adquirió en su época; otros le juzgan un genio; la opinión imparcial hace justicia a su gran ciencia, a la elevación de miras y talento que demostró, tanto como a la firmeza de su carácter, sin desconocer sus defectos, fruto de su ambición y orgullo.
Bibliografía:
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