Historia

ADRIANO, PUBLIO ÆLIO (76-138)

Publio Ælio Adriano, emperador romano, nació en Itálica, en la provincia española de la Bética, el 24 de enero de 76 y murió en Baiae el 10 de julio de 138.

Estatua de Adriano, Uffizi, Florencia
Vida.
Su padre era primo de Trajano; su madre fue Domicia Paulina, nacida en Cádiz. Tras la temprana muerte de su padre fue educado bajo el cuidado de su pariente, el posterior emperador Trajano, entrando muy pronto al servicio del Estado. A la muerte de Trajano, en agosto de 117, obtuvo la dignidad imperial, probablemente sobre el fundamento de una adopción simulada por la emperatriz y su facción. Entró en Roma al siguiente año, y habiéndosele decretado los honores del triunfo, los rehusó para él y colocó en el carro triunfal la estatua de Trajano. Luchó eficazmente para elevar el nivel de la vida oficial, para procurar condiciones financieras bien reguladas y para moderar las leyes por su propio espíritu humanitario. Un objetivo dominante de su gobierno fue el bienestar de las provincias. No puso gran empeño en conservar las conquistas de Trajano; antes al contrario, retiró las tropas de Armenia, Mesopotamia y África, dejó que los armenios eligiesen rey, consintió que los partos llamaran al destronado Cosroes y señaló como límite oriental del imperio el río Éufrates. Conservó los territorios conquistados en la Dacia, donde se habían establecido muchos romanos, en hizo romper el puente de Trajano sobre el Danubio para impedir el paso de los bárbaros. Mantuvo buenas relaciones con Farasmanes, rey de la Iberia asiática, que se presentó en Roma para solicitar la protección de Adriano contra Vologeso, rey de Armenia, trayendo consigo espléndidos regalos que el emperador pagó con otros mayores. En 120 o 121 comenzó una serie de extensos viajes que le llevarían a todos los dominios de su imperio, a lo que se vio impulsado por la profunda necesidad de ver la situación con sus propios ojos y por un interés muy marcado por su parte en favor de la ciencia y la arqueología en particular. Decía Adriano que un buen monarca debe ver todos los países que gobierna. En España reconstruyó templos y edificios públicos y celebró una asamblea general en Tarragona adonde convocó a los representantes de las principales ciudades, habiendo acudido todos menos los de Itálica, patria de Trajano y del padre de Adriano, por lo que el emperador, ofendido, no quiso visitar a dicha ciudad cuando pasó a la Bética.

En aquella asamblea pidió soldados a los españoles, petición a que no accedieron, lo que no impidió que mostraran gran respeto y veneración al emperador, obsequiándole con grandes festejos. Se cuenta que estando en dicha ciudad de Tarragona corrió peligro su vida, porque un esclavo arremetió contra él espada en mano con intento de matarle; dieron por supuesto que estaba loco y no se le impuso pena. Adriano hizo nueva división de España en seis provincias, que eran: Bética, Lusitania, Cartaginense, Tarraconense, Galecia y Mauritania Tiagitana, siendo gobernadas las dos primeras por legados consulares, y las otras cuatro por presidentes; renovó con su propio peculio veinte millas del camino que iba de Sigila y Munda a Cartima, y perdonó a los pueblos de España una deuda de 1.900.000 sestercios. En la inscripción de algunas monedas acuñadas en España se le da el título de Padre de la Patria. Durante su reinado ocurrió la gran sublevación de los judíos a las órdenes de Bar Kochbá, el hijo de la Estrella, que decía ser el Mesías; la insurrección fue espantosa, mataron los judíos a millares de personas; mas por fin pudieron dominarla las aguerridas legiones de Roma, y el país quedó arruinado y despoblado. Desde 136 una grave afección interrumpió seriamente su actividad y le empujó, aunque infructuosamente, a intentar quitarse la vida. El actual castillo de Santángelo o la mole de Adriano (moles Hadriani) en Roma se convirtió en su imponente mausoleo.

Carácter.
La eficacia de la natural excelencia de Adriano se vio seriamente impedida por abruptas alteraciones en su humor y conducta. Especialmente cuando era viejo se volvió desconfiado, emergiendo en su carácter una severidad creciente. Religiosamente vivió en la fe y formas de la antigua piedad. En el curso de sus viajes hizo que muchos templos se edificaran o fueran restaurados, no siendo pocos dedicados por él. Se había iniciado solemnemente en los misterios eleusinos; aceptó, con fe en su eficacia, la muerte sacrificial voluntaria de Antínoo, instituyendo una elaborada adoración para su muerto favorito; firmemente creyó en la magia. En su ética es evidente la influencia de la filosofía estoica y de la filantropía contemporánea. Llevó adelante, en un gran plan, la benevolente fundación comenzada por Trajano para niños y niñas dependientes; se preocupó con mucho gusto de los enfermos, de alta y baja posición, y los fortaleció con palabras consoladoras y buenos consejos. La legislación sobre la esclavitud experimentó en sus manos importantes reformas en una dirección más humana. Vigiló celosamente por la administración de la justicia y sus instrumentos.

Adriano y el cristianismo.
Es obvio que un gobernante tan grandemente interesado en todos los asuntos y circunstancias de su tiempo no iba a pasar por alto el cristianismo, ya fuera en Roma o durante sus viajes, que le llevaron a los principales distritos y centros de la cristiandad (Éfeso, Antioquía, Alejandría, Bitinia). Entre sus ayudantes inmediatos su estimado liberto Flegon lo estimó suficientemente importante como para referirse a su historia en sus escritos (comp. Harnack, Litteratur, i. 867-868). Por otro lado, la muy citada carta de Adriano al cónsul Serviano (Vopiscus, Vita Saturnini, viii), con sus declaraciones sobre el cristianismo y los cristianos, debe catalogarse como una torpe falsificación del siglo cuarto (comp. Victor Schultze, Hadriani epistola ad Servianum, TLB, xviii, 1897, 561-562). Sin embargo, los sucesos en Asia Menor provocaron un importante manifiesto imperial sobre los cristianos que todavía existe. Cuando Adriano, en los años 123-124, estaba en Asia occidental, un cristiano nativo de alta posición, Cuadrato (otros trasladan el suceso a Atenas y lo fechan hacia 125-126), le presentó una apología, originada por una opresión indudablemente ominosa hacia los cristianos a manos de "hombres malvados." Pronto se produjo, posiblemente por mandato a consecuencia de esta carta, un informe oficial al emperador del procónsul Quinto Licinio Silvano Graniano. Pero la decisión imperial ya estaba tomada, siendo el sucesor del procónsul, Cayo Minucio (Minicio) Fundano, quien publicó el rescripto. Falta la fecha cronológica exacta, pero es costumbre asignarla al proconsulado de Silvano Graniano hacia los años 123-124 y de su sucesor 125-126, estando apoyada esta fecha para la apología de Cuadrato por razones internas y externas.

Busto de Adriano
Busto de Adriano
El rescripto sobre los cristianos.
La sustancia del rescripto es como sigue: los métodos estatutarios de procedimiento contra los cristianos han de ser conforme a los gobernadores provinciales; si se demuestra un acto ilegal como resultado de una investigación judicial se ha de imponer el castigo legal. Pero ha de rechazarse toda compulsión de intervención oficial mediante altercados públicos o sobre falsas denuncias y si fuera necesario castigarlas severamente. Desde el comienzo mismo el emperador declara su voluntad de acabar con el desorden y la simulación. El sentido es claro: los cristianos en el Asia proconsular quedan protegidos ante procedimientos oficiales arbitrarios e inseguros, sometiéndose, cuando haya acusaciones calumniosas contra ellos, al curso debido de la ley criminal. Justino Mártir añade este rescripto, en su texto original latino, a su primera apología, ya sea porque lo conoció inmediatamente tras completar su obra, o porque no se dignó derivar su evidencia a favor de los derechos de tolerancia de otra parte que no fuera de la esencia del cristianismo. Eusebio (Hist. eccl., iv. 9) lo tradujo al griego y esa traducción posteriormente reemplazó a la original, que dejó de usarse. La autenticidad de este rescripto, importante en su significado eclesiástico y civil juntamente, está más allá de toda duda, tanto por razones internas como externas. Por otro lado, el relato contenido en un autor posterior (Lampridio, Vita Alexandri, xliii) de que el emperador habría aceptado a Cristo en el número de los dioses, dedicándole un templo, debe considerarse legendario.

Política hacia los judíos.
Muy diferente fue la política de Adriano hacia los judíos. La prohibición de la circuncisión y, aún más, el establecimiento, desde 130, de la colonia de Ælia Capitolina, junto con la erección de un templo a Júpiter sobre las ruinas de Jerusalén, desató el ardor religioso del judaísmo que hacia 132 desembocó en una enconada insurrección bajo el liderazgo de Bar Kokba. Sólo una vez que el legado Julio Severo fue llamado desde Bretaña, Roma logró, mediante sanguinarios y largos conflictos, aplastar gradualmente a los insurgentes. La campaña acabó en 135; cientos de miles de hombres perecieron y el país quedó desolado, surgiendo una colonia pagana en las inmediaciones de la ciudad santa y sobre los fundamentos del destruido santuario se construyó un templo a Júpiter, siéndole a los judíos prohibida la entrada en la ciudad bajo pena de muerte.