Historia

AGUSTÍN DE CANTERBURY († 604)

Agustín de Canterbury, apóstol a los ingleses y primer arzobispo de Canterbury, murió en esa ciudad el 26 de mayo de 604.

Mapa del cristianismo en las islas británicas en los primeros siglos
Agustín de Canterbury
Un famoso relato narra cómo al diácono romano Gregorio le llamó la atención la vista de algunos muchachos de cabello rubio puestos a la venta en el mercado de esclavos de Roma, prometiendo convertir a estos anglos en ángeles. El papa Gregorio I llevó a cabo el plan que él se había formado, y envió a Inglaterra un grupo de monjes encabezados por Agustín, de quien solo sabemos que era prior del monasterio de Gregorio de San Andrés en Roma. Agustín no parece haber tenido mucho espíritu misionero. No había llegado muy lejos cuando regresó al papa, con la solicitud de sus compañeros que no fueran obligados a emprender tan peligroso viaje. Gregorio volvió a mandar a Agustín con palabras de exhortación y aliento, además de un salvoconducto para sus misioneros ante los gobernantes francos de la Galia; Etelberto, rey de Kent, ya se había casado con una dama franca, Berta, hija de Charibert, rey de París. De ese modo, Agustín no fue llamado a ir a una tierra completamente desconocida, ni donde nada se supiera del cristianismo. Berta era cristiana y al casarse había estipulado que quería seguir siéndolo. Trajo con ella como capellán a Liudhard, obispo de Senlis, permitiéndosele usar para el culto cristiano la iglesia en ruinas de St. Martin, en las afueras de Canterbury, que procedía de tiempos romanos.

Agustín y su grupo de cuarenta monjes desembarcaron en Thanet y anunciaron su llegada a Etelberto. Después de una corta consideración, Etelberto cruzó el Thanet y citó a los misioneros ante su presencia. Lo encontraron sentado al aire libre por miedo a las artes mágicas. Llegaron a él avanzando en procesión, llevando una cruz de plata y una imagen de la crucifixión y cantando la letanía. Agustín, por medio de un intérprete, predicó al rey, quien respondió: 'Tus palabras son justas, pero de significado dudoso; no puedo abandonar lo que tanto tiempo he creído. Pero como vienes de lejos no te molestaremos; puedes predicar y ganar tantos como puedas para tu religión.' Etelberto dio un ejemplo de buen sentido y tolerancia. Permitió a Agustín ir a Canterbury, donde los monjes entraron en procesión, cantando la letanía.

Adoraron con la reina en la iglesia de St. Martin y la influencia de su abnegación de vida rápidamente atrajo seguidores. Cuando Etelberto vio que había poca oposición al cristianismo entre su pueblo, él también se convirtió. Las viejas iglesias fueron reconstruidas y muchos hombres de Kent fueron bautizados. Ahora que el fruto había asegurado la misión, Agustín fue a Arlés, siendo consagrado 'obispo de los ingleses.' En Canterbury fundó el monasterio de Christchurch, en el sitio de una antigua basílica romana, que él restauró. Esta fundación de Agustín fue destruida por el fuego en 1067 y la actual catedral fue comenzada por Lanfranco en 1070. La otra fundación de Agustín fue el monasterio de San Pedro y San Pablo, los santos patronos de Roma, que fue construido fuera de las murallas de Canterbury. Parece que Agustín deseaba mantener separada su sede episcopal y la sede del sistema monástico en el que su obra misionera estaba fundada. Agustín no parece haber sido un hombre de gran energía o decisión. Las tradiciones de su preparación monástica estaban profundamente arraigadas en su mente. Se vio acosado por pequeñas dificultades de organización, pidiendo al papa instrucciones. Sus preguntas al papa y las respuestas de Gregorio (Beda, H. E. i. 27) dan la imagen de un minucioso oficial, que tuvo grandes problemas en adaptar sus principios anteriores a las alteradas circunstancias en las que fue puesto.

Mapa de las misiones irlandesas, anglosajonas y latinas en la Edad Media
Mapa de las misiones irlandesas, anglosajonas y latinas en la Edad Media

Agustín se habría quedado contento con la conversión del reino de Kent; pero Gregorio tenía planes más grandes. En 601 le envió a Agustín el palio, junto con un suministro de vasijas sagradas, vestiduras, reliquias y libros. Desplegó un plan completo para la organización eclesiástica de Inglaterra. Agustín iba a ser obispo de Londres y cabeza de la provincia meridional, teniendo bajo él a doce sufragáneos. Tan pronto como fue posible, mandó un obispo a York, quien también debería nombrar a doce sufragáneos, debiendo ser de igual dignidad al obispo de Londres. Con estas cartas Gregorio envió un nuevo grupo de misioneros y una serie de instrucciones para Agustín, que destacan por su extrema simpatía con las dificultades misioneras. Al mismo tiempo, instaba a Etelberto a usar su influencia para difundir el cristianismo entre los otros reinos ingleses.

Etelberto y Agustín consideraron que el mejor modo para la difusión del cristianismo en Inglaterra era unir la iglesia en Kent con la iglesia que todavía existía en el oeste de Gran Bretaña. Ayudado por Etelberto, Agustín cruzó el territorio de los sajones occidentales hasta las fronteras de los hwiccas, convocando al clero galés a un encuentro en un lugar llamado, en el tiempo de Beda, Augustine's Oak, que generalmente se identifica con Aust on the Severn (Beda, H. E. ii. 2). La Iglesia de Gales difería del uso romano en la fecha de la celebración de la Pascua, el ritual utilizado en el bautismo y algunos otros detalles. La primera discusión condujo a un desacuerdo; incluso un milagro realizado por Agustín fracasó para convencer a los obstinados britones. Antes de llegar a un segundo encuentro, acordaron ser guiados por una señal para la aceptación de las enseñanzas de Agustín. Si se levantaba para saludarlos, lo mirarían con humildad; si permanecía sentado, lo considerarían una indicación de altanería, y se negarían a ser dirigidos por él. Cuando llegaron, Agustín no se levantó. Fieles a su intención, se negaron a escucharlo. La conferencia se acabó con una advertencia solemne de Augustín de que los que no quisieran unirse, caerían ante los enemigos, que aquellos que no predicaran la vida a los ingleses sufrirían la muerte a sus manos.

Después del fracaso de ese intento de unión con los galeses, Agustín convenció a Etelberto para que extendiera sus empresas misioneras. En 604 envió a Justo, como obispo de Rochester, sobre el reino de Kent, al oeste de Medway, y a Melitón para predicar a los sajones del este. Melitón tuvo tanto éxito al convertir al rey Sabert y su pueblo, que Etelberto construyó la iglesia de San Pablo. La organización de las misiones de Melitón y Justo parece haber sido el último hecho de Agustín. Nada de lo que se sabe de Agustín lleva a calificarlo como un hombre extraordinario. Beda describe muchos rasgos de Aidan y Cuthbert que nos llenan de respeto por su carácter. En el caso de Agustín, solo menciona los milagros en los que estableció su prestigio. Las preguntas de Agustín al papa Gregorio I muestran una mente pequeña ocupada en nimiedades. Incluso el punto por el cual el clero galés juzgó su carácter muestra una decidida falta de tacto y poder conciliatorio. Agustín tuvo éxito en la conversión de Kent porque todo estaba preparado para asegurar su éxito. Fue un monje celoso y la demostración de la vida monástica fue efectiva entre los ingleses. El mayor crédito para Agustín es que Gregorio I lo escogió para su obra y que diligentemente llevó a cabo las instrucciones de Gregorio y buscó su consejo. No se le puede clasificar más allá que un oficial capaz de la iglesia de Roma.

En el siguiente pasaje de Beda se describe la llegada de Agustín entre los anglosajones:

'[...] Tranquilizados por el ánimo del santo padre Gregorio, Agustín con sus compañeros siervos de Cristo reanudó su trabajo en la palabra de Dios, y llegó a Bretaña. En ese tiempo el más poderoso rey era Etelberto, quien reinaba en Kent y cuyos dominios se extendían hacia el norte hasta el río Humber, el cual forma la frontera entre los anglos del norte y del sur. Al este de Kent se encuentra la gran isla de Tanatos, la cual por el cálculo inglés tiene seiscientas «familias» de extensión; está separada de tierra firme por un canal de aproximadamente tres estadios de anchura, llamado Uautsumu, el cual se une al mar en cada extremo y es vadeable sólo en dos lugares. Fue aquí donde el siervo de Dios Agustín desembarcó con sus compañeros, de los que se dice haber sido cuarenta en número. Por indicación del santo papa Gregorio, ellos habían traído intérpretes de entre los francos, y los enviaron a Etelberto, diciendo que venían de Roma portando noticias muy gozosas, las cuales infaliblemente asegurarían a todo el que las recibiese eterno gozo en el cielo y un perpetuo reino con el Dios vivo y verdadero. Al recibir este mensaje, el rey les ordenó que permaneciesen en la isla donde habían desembarcado, y dio indicaciones de que fuesen provistos con todo lo necesario hasta que tomase una decisión. Pues él ya había oído hablar del cristianismo, pues tenía una esposa cristiana de la casa real franca llamada Berta, a la que había recibido de sus padres a condición de que ella tuviese libertad para mantener y practicar su fe sin ser molestada, con el obispo Liudardo, a quien ellos habían enviado como su asistente en la fe. Después de algunos días el rey vino a la isla y, sentándose al aire libre, convocó a Agustín y sus compañeros a una audiencia. Pero tomó precauciones para que no se aproximasen a él en una casa; porque tenía una antigua superstición de que, si ellos fuesen practicantes de artes mágicas, podrían tener la oportunidad de engañarlo y dominarlo. Pero los monjes estaban investidos con el poder de Dios, no del diablo, y se aproximaron al rey portando una cruz de plata como estandarte y la imagen de nuestro Señor y Salvador pintada sobre una tabla. En primer lugar, ofrecieron oraciones a Dios, cantando una letanía por la eterna salvación tanto de ellos mismos como de aquellos a quienes, y por cuya consideración, habían venido. Y cuando, a la orden del rey, se hubieron sentado y predicado la palabra de vida al rey y su corte, el rey dijo: «Vuestras palabras y promesas son realmente bellas; pero son nuevas e inciertas, y yo no puedo aceptarlas y abandonar las ideas antiguas que yo he compartido con todo el pueblo inglés. Pero como vosotros habéis viajado desde lejos, y puedo ver que sois sinceros en vuestro deseo de impartirnos lo que creéis ser verdadero y excelente, nosotros no os haremos daño. Os recibiremos hospitalariamente y cuidaremos de suministraros todo lo que necesitéis; tampoco os prohibiremos que prediquéis y os ganéis a toda la gente que podáis para vuestra religión». El rey entonces les concedió una vivienda en la ciudad de Canterbury, que era la ciudad principal de sus dominios, y de acuerdo con sus promesas les proporcionó provisiones y no les retiró su libertad de predicar. [...] Ellos practicaban lo que predicaban, y estaban dispuestos a soportar cualquier adversidad, incluso a morir por la verdad que ellos proclamaban. Sin transcurrir mucho tiempo un número de paganos, admirando la simplicidad de sus santas vidas y el consuelo de su mensaje celestial, creyeron y fueron bautizados. Al este de la ciudad se levantaba una vieja iglesia, construida en honor de San Martín durante la ocupación romana de Bretaña, donde la reina cristiana de la que yo he hablado iba a rezar. Aquí se reunían al principio a cantar los salmos, rezar, decir misa, predicar y bautizar, hasta que la propia conversión del rey a la fe les dio mayor libertad de predicar, construir y reparar iglesias por todas partes.'
(Beda el Venerable, Historia ecclesiastica gentis Anglorum 1,25-26).