Historia
ALCUINO (c. 734-804)

en la Bibliothèque Nationale, París

Después de su regreso de la breve visita a Inglaterra, Alcuino estuvo involucrado en algunas de las numerosas disputas eclesiásticas de la época, y en particular tuvo que esforzarse, con pluma e influencia personal, contra una forma de la herejía adopcionista que parece haber estado molestando a la Iglesia. Tomó parte importante en el concilio de Frankfort, en el que se condenó esta herejía, y compiló un libro, Liber Albini quem edidit contra Hæresin Felicis, para exponer los errores de Félix, obispo de Urgel. Después, en el concilio de Aachen en el 799 o 800, le indujo a que se retractara. En 796 obtuvo permiso de Carlomagno para retirarse de la agitada vida de la corte y la iglesia, y se estableció en Tours, donde había sido nombrado abad. La escuela de Tours, una vez famosa, había caído en decadencia, pero bajo la estimulante influencia de Alcuino superó su rango anterior y se convirtió en el semillero de muchos otros seminarios de carácter similar. Fue para Francia lo que la escuela de York había sido en Inglaterra. Entre sus distinguidos alumnos estuvieron Sigulfo, quien proporcionó la información para su biografía, Rabán Mauro y tal vez el liturgista Amalario de Metz. Al llegar a su ancianidad, débil y casi ciego, Alcuino dejó los asuntos de la enseñanza en manos de sus alumnos, aunque continuó siendo consejero de Carlomagno hasta su muerte. Sin embargo, incluso en su retiro en Tours, Alcuino no dejó de ser la mano derecha de Carlomagno en todos los asuntos educativos. Se escribía constantemente con él y estaba listo con consejos o con la ayuda de su presencia en todas las ocasiones cuando era necesario. Unos años antes de su muerte, Alcuino parece haber renunciado a la dirección de las dos abadías en su poder, San Martín de Tours y Ferrières, pero aun así continuó dirigiendo la escuela en Tours.

Alcuino ocupa un lugar distinguido en la historia literaria de la Edad Media, no debido a sus escritos, sino por su posición como el principal hombre de letras en la restauración de la enseñanza bajo Carlomagno. No fue un escritor profundo sobre ningún tema, ni sus poemas latinos tienen mucho mérito artístico, pero fue el mejor representante de una vida culta en un tiempo un tanto inculto, y su disposición viva y activa parece haber armonizado exactamente con las funciones que fue llamado a desempeñar. M. Guizot, en una conferencia muy admirable (Civ. en France, leç. cxii.), llama a Alcuino teólogo, pero eso no le hace justicia. Tuvo intereses eclesiásticos y teológicos, pero solo porque únicamente en la Iglesia había vida intelectual y en ningún punto de controversia teológica Alcuino muestra el temperamento o la formación del teólogo de profesión. Alcuino era de espíritu manso, enemigo de la discordia, ortodoxo en la fe e igualmente interesado en promover la autoridad de Roma y el sacerdocio monárquico de Carlomagno. Su gran contribución consiste en lo que se ha denominado renacimiento carolingio, mediante sus sabios y eficaces esfuerzos para elevar y educar al clero y los monjes, mejorar la predicación, regular la vida cristiana del pueblo e introducir la fe entre los paganos, siempre mediante la instrucción en lugar de la fuerza. Su teología, aunque no era original, descansa en la tradición de los Padres, especialmente Jerónimo y Agustín. Al saber eclesiástico añadió el clásico, pero en manera tal que siempre el segundo era siervo del primero. Enseñó astronomía y ciencias naturales, si bien consideraba que la gramática y la filosofía son auxiliares de la religión, contemplando por tanto esas ramas del conocimiento como medios de conocer a Dios.

Las obras de Alcuino fueron recogidas por primera vez por Duchesne en 1617; una mejor edición es la de Frobenius, B. Flacci Albini seu Alcuinoi Opera, Ratisbon, 1777, 2 volúmenes. La edición de Froben, con un comentario sobre Apcalipsis, editado por Angelo Mai, está reimpreso en Patrologiæ Cursus Completus de Migne, vols c.-ci., 1851. Los suplementos a estos se encontrarán en Monumenta Alcuinoiana de Jaffé, Berlín, 1873, y en Rhetores Latini Minores, ed. Halm, 1863.
De su obra De Gramatica es el siguiente pasaje:
'Los discípulos: Maestro, elévanos desde la tierra, en la que nos encontramos sumidos a causa de nuestra ignorancia, y condúcenos a las alturas donde se encuentra la ciencia en la que, se dice, tú estás desde tus primeros años. Puesto que, si está permitido oír las fábulas de los poetas, nos parece que tienen el derecho a decir que las ciencias son los festines de los dioses.
El maestro: Decimos que la sabiduría, que ha hablado por boca de Salomón, está construida sobre siete pilares. Estos pilares representan los siete dones del Espíritu Santo y los siete sacramentos de la Iglesia. Pueden ahí reconocerse las siete artes que son la gramática, la retórica, la dialéctica, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. En el mismo grado los filósofos han desarrollado en ellas sus ocios y sus trabajos. Es a través de las siete artes como han sido más nobles que los cónsules y más conocidos que los reyes. Es por ellas por las que han tenido la fortuna de obtener un recuerdo eterno. Y es incluso por ellas por las que los santos doctores y defensores de la fe han derrotado a los herejes en disputas públicas.'
Bibliografía:
Alcuino, Opera, ed. by Frobenius Forster, 2 vol., Ratisbona, 1777, contiene biografía anónima escrita en 829 con datos proporcionados por Sigulfo; en MPL, c.-ci.; Monumenta Alcuiniana, ed. de W. Wattenbach y E. Dümmler, en BRG, vi., Berlín, 1873; Alcuino, Epistolæ, en MGH, Epist., iv. 1-481 (Epist. Caroli ævi, ii.), 1895, y en BRG, 1873, vi. 144-897; idem, Carmina, en MGH, Poetæ latini ævi Caroli, i. (1881) 160-350; idem, De pontificibus, en Historians of the Church of York and its Archbishops, ed. de J. Raine, i. 349-398 (comp. p. lxi.-lxv. de Rolls Series, No. 71, Londres, 1879); Martinus Turonensis, Vita Alcuini Abbatis, en MGH, Script., xv. 1 (1887), 182-197; Rivet, en Histoire littéraire de la France, iv. 295-347; F. Lorents, Alcuins Leben, Halle, 1829, Eng. transl., London, 1837; J. C. F. Bähr, Geschichte der römischen Literatur im karolingischen Zeitalter, p.78-84, 192-196, 302-354, Carlsruhe, 1840; J. B. Laforêt, Alcuin, restaurateur des sciences en occident sous Charlemagne, Lovaina, 1851; F. Monnier, Alcuin et son influence littéraire, religieuse et politique chez les Franks, 2ª ed., París, 1864; A. Dupuy, Alcuin et l’école de Saint-Martin de Tours, Tours, 1876; idem, Alcuin et la souveraineté pontificale au huitiéme siècle, ib.1872; F. Hamelin, Essai sur la vie et les ouvrages d’Alcuin, Rennes, 1874; ADB, i. 343-348; T. Sickel, Alcuinstudien, i. 92, Viena, 1875; J. B. Mullinger, The Schools of Charles the Great, cap. i.-ii., Nueva York, 1904; DCB, i. 73-76; A. Ebert, Allgemeine Geschichte der Litteratur des Mittelalters, ii. 12-36, Leipzig, 1880; K. Werner, Alcuin und sein Jahrhundert, 2ª ed., Viena, 1881; S. Abel y B. Simson, Jahrbücher des fränkischen Reichs unter Karl dem Grossen, 2 vol., Leipzig, 1883; A. Largeault, Inscriptions métriques composées par Alcuin, Poitiers, 1885; DNB, i. 239-240; L. Traube, Karolingische Dichtungen, Berlín, 1888; Hauck, KD, ii. 119-145; W. S. Teuffel, Geschichte der römischen Literatur, p. 1090, No. 8, p. 1305, No. 3, Leipzig, 1890; Wattenbach, DGQ, 1893, pp. 148, 152, 159-163; A. West, Alcuin and the Rise of the Christian Schools, Nueva York, 1893; C. J. B. Gaskoin, Alcuin, his Life and Work, Cambridge, 1904.