Historia
ALEJANDRO VII (1599-1667)

Alejandro VII tuvo la satisfacción de ver a la hija de Gustavo Adolfo, Cristina de Suecia, entrar en la Iglesia católica, aunque su prolongada residencia en Roma se convirtió en una carga para él posteriormente. Fue un tenaz soporte de los jesuitas, a los cuales apoyó para que fueran restaurados en Venecia, de donde habían sido expulsados desde el conflicto con Pablo V. En la batalla con los jansenistas se puso totalmente de parte de los jesuitas. Se vio envuelto en un conflicto con Luis XIV, primero porque el embajador francés en Roma, el duque de Créqui, se negó a dar ciertas cortesías a los parientes del papa y luego por un ataque a los criados del embajador y a su palacio hecho por los guardias corsos del papa. Luis ya estaba en desagrado con el papa por su apoyo continuado del cardenal de Retz contra Mazarino, y por su retención, a pesar de la intercesión de Luis a su favor, de ciertas posesiones que las familias Farnesio y Este reclamaban. En tal atmósfera el asunto corso lo tomó a mal, escribiendo una carta a Alejandro acusándolo de quebrantar el derecho de los pueblos, un crimen que apenas podía encontrarse entre los bárbaros. El nuncio papal se vio obligado a dejar París y las tropas francesas ocuparon Aviñón y Venaissin, amenazando con invadir los Estados italianos de la Iglesia católica. Alejandro, incapaz de encontrar aliados, se vio obligado a acceder a las humillantes condiciones de Francia en el tratado de Pisa de 1664. No solo se vio obligado, por una misión especial de dos cardenales en París, a pedir perdón al rey sino también al duque de Créqui, levantando una pirámide en una plaza pública en Roma en la que constaba una inscripción en la que declaraba a los corsos inservibles para servir a la Santa Sede.

Museo Lázaro Galdiano. Madrid
Tal como había ocurrido antes de que fuera elevado al papado, Alejandro encontró los asuntos de Estado pesados, dejando su administración en manos de una congregación de cardenales que gozaban de su consideración. Fue un hombre amigo de la cultura literaria y filosófica, disfrutando de su relación con hombres de saber, especialmente Pallavicini, el historiador del concilio de Trento. Dejó su propia huella en la literatura, pues una colección de versos bajo el título Philometi labores juveniles apareció en París en 1656.
Bibliografía:
Ranke, Popes, ii. 33 sig.; J. Bargrave, Pope Alexander VIII. and the College of Cardinals, en Publications of the Camden Society, xcii., Londres, 1867; R. Chautelause, Le Cardinal de Retz et ses missions diplomatiques à Rome, París, 1879; A. Gézier, Les Dernières Années du Cardinal de Retz, París, 1879; A. Reumont, Fabio Chigi in Deutschland, Aachen, 1885; Gérin, L’Ambassade de Crequy à Rome et le traité de Pise, 1662-1664, en Revue des questions historiques, xxviii. (1893) 570; Bower, Popes, iii. 331-332.