Historia

ÁLVAREZ DE TOLEDO (DUQUE DE ALBA), FERNANDO (1507-1582)

Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, famoso general español, nació en Piedrahíta de Ávila en 1507 y murió en Lisboa el 12 de enero de 1582.

Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba
Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba
Su padre fue D. García de Toledo, hijo primogénito de D. Fadrique, a la sazón duque de Alba. Sólo tenía diez y siete años de edad cuando sin licencia del duque abandonó su casa y se presentó en el ejército del condestable D. Iñigo de Velasco que sitiaba a Fuenterrabía, entonces en poder de Francia. Por muerte de su abuelo heredó el título de duque de Alba; contrajo matrimonio con Doña María Enríquez, hija de los condes de Alba de Liste y pasó a Alemania a combatir contra el turco en el ejército de Carlos V. Acompañando al emperador marchó a Italia, donde se preparó la invasión de Francia aconsejada por Leiva y el duque, aunque no se adoptó el parecer de éste en cuanto al modo de efectuarla. En la desgraciada empresa contra Argel en 1541, fue nombrado genera] de las tropas que desde Barcelona debían ir en las galeras de D. Bernardino de Mendoza a unirse a la expedición que anteriormente había salido al mando del emperador; pero antes de ponerse en camino llegó la noticia del desastre sufrido en África, y el duque y sus tropas no tomaron parte en aquella malaventurada empresa. Durante la cuarta guerra con Francisco I, tuvo a su cargo la defensa de la frontera francesa y costas de Cataluña. Cuando Carlos en 1543 se ausentó de España para pasar a Italia y Alemania, nombró al duque de Alba capitán general del reino, con encargo de reparar y poner en buen estado de defensa todas las plazas fuertes marítimas y fronterizas. No permaneció mucho tiempo el duque alejado del emperador; éste echó mano de la fuerza para poner coto al avance de los príncipes luteranos y llamó a sus generales más adictos, entre los que figuraba en primera línea el duque de Alba, a quien nombró capitán general del ejército imperial. En esta campaña el duque de Alba destruyó un ejército de 100.000 hombres y 180 cañones sin haber dado ni una sola batalla; bien es verdad que el éxito se debió no tan sólo a los talentos estratégicos del duque, sino también a la torpeza, ineptitud e indecisión de los generales protestantes, salvo la honrosa excepción de Sebastián Fértel. Pero Sajonia seguía en abierta hostilidad en la región del Elba; también dirigió la campaña el duque de Alba, y su resultado fue la célebre batalla de Mühlberg (1547), en la que cayó prisionero el elector de Sajonia.

Terminada esta campaña, el duque de Alba regresó a España por orden del emperador y con instrucciones para el príncipe de Asturias, Don Felipe, a quien acompañó en el viaje que hizo por los Estados que muy pronto había de heredar. Cuando Enrique II de Francia tomó partido a favor de los protestantes alemanes, invadió la Lorena y se apoderó de Metz, Toul y Verdún (1552), Felipe y el duque estaban ya de regreso en España, y éste con algunas tropas acudió apresuradamente en socorro del emperador. Carlos y el duque marcharon contra Metz, pero el duque de Guisa defendió la plaza con tanto valor e inteligencia que fue preciso emprender desastrosa retirada. En 1554, como mayordomo mayor del príncipe D. Felipe, lo acompañó en su viaje a Inglaterra con motivo de la boda de Felipe con la reina María. Entre los cortesanos que figuraban al lado de éste, gozaba también de gran estima el príncipe de Éboli, que aspiraba a ser el favorito del futuro rey de España, y como veía un rival en el duque de Alba, intrigó para alejarlo, y consiguió que se le nombrase gobernador de Milán y virrey de Nápoles. Abdicó Carlos el trono de España en su hijo Felipe II, y éste, más político y hombre de Estado que hombre de guerra, confió siempre la dirección de las grandes campañas al duque de Alba, que como general de Felipe II consiguió aun más fama de la que había ganado como general de Carlos V. El duque, a la sazón virrey de Nápoles, dirigió la guerra contra el papa Pablo IV y los franceses. Poco después pasó a Flandes y figuró como presidente en el Consejo de Guerra, contribuyendo mucho con sus consejos al buen éxito de las operaciones militares en la campaña de 1558. Abiertas negociaciones para la paz con Francia, fue el duque uno de los representantes de España en las conferencias que dieron por resultado el tratado de Chateau-Cambressis (1559). Representó también al rey de España en París en los desposorios de éste con Isabel de Valois, siendo recibido por su digno rival el duque de Guisa, y muy agasajado por Enrique II, que le abrazó y distinguió mucho durante el tiempo que en su corte residió. Posteriormente y hasta que comenzaron las guerras de Flandes, el duque de Alba no tomó parte activa en ningún suceso de importancia; aunque sí figuró entre los consejeros del rey y fue uno de los que se opusieron al decreto de 17 de noviembre de 1566 por el que se prohibía a los moriscos que emplearan el idioma, trajes, ritos y costumbres que les eran peculiares; disposiciones que el duque consideraba atbitrarias y muy impolíticas.

Entrada del duque de Alba en Bruselas. Grabado de la época
Entrada del duque de Alba en Bruselas. Grabado de la época
En 1565 se habían confederado los principales señores de Flandes con objeto de oponer resistencia a los proyectos de Felipe II, contrarios a los fueros y privilegios de que gozaban aquellas provincias. Los edictos del rey ordenando que se cumpliesen los acuerdos del concilio de Trento en los Países Bajos y que se persiguiera y castigara a los protestantes, provocaron insurrecciones en ambas ciudades, y aunque fueron sofocadas por la gobernadora D.ª Margarita de Austria, Felipe II envió a Flandes al duque de Alba con un ejército y con plenos poderes para el castigo de los que habían tomado parte más principal en las insurrecciones. El 3 de mayo de 1567 se embarcó el duque en Cartagena y se dirigió a Osti, donde se habían reunido los veteranos españoles de Italia que debían pasar a Flandes, y el día 8 de julio emprendió el ejército su marcha, marcha que llamó extraordinariamente la atención porque el duque logró superar toda clase de obstáculos, e hizo que sus soldados observaran tan rigurosa disciplina que, según se cuenta, no hubo más exceso que el hurto de un carnero en la Lorena. Los flamencos recibieron con gran frialdad al duque, pues comprendían que era el hombre de confianza elegido por Felipe II para realizar a toda costa los proyectos del monarca español. El 9 de septiembre reunió el Consejo, al que asistieron los condes de Egmont y Horn, y a quienes detuvo en calidad de prisioneros. Instituyó un Consejo o Tribunal, compuesto de doce personas y por él presidido, que debía entender en todos los delitos de rebelión y de lesa majestad, tribunal conocido con el nombre de Consejo de los Tumultos o Tribunal de la Sangre.

Alegoría de la tiranía del Duque de Alba. Anónimo del siglo XVI. Delft, Stedlijk Het Prisenhof
Alegoría de la tiranía del duque de Alba. Anónimo del siglo XVI. Delft, Stedlijk Het Prisenhof
Multitud de nobles y ciudadanos flamencos fueron reducidos a prisión o condenados a muerte y sus bienes confiscados. Aparentemente parecía que el duque había logrado su objeto; había tranquilidad en todas las provincias, pero era la tranquilidad del miedo y del odio reprimido. Todos ardían en deseo de tomar venganza, y la irritación creció de punto cuando se supo que el duque había decretado un nuevo impuesto sobre la propiedad y se había apoderado del hijo de Guillermo de Orange, enviándole a España. Por esta época el duque de Alba auxilió contra los hugonotes franceses a la reina de Francia, Catalina de Médicis, con un socorro de 3.000 hombres, acaudillados por el noble flamenco conde de Aremberg. El príncipe de Orange, refugiado en Alemania, a toda prisa reclutaba tropas con el fin de invadir los Países Bajos y con la esperanza bien fundada de que apenas se presentase en territorio de Flandes, había de encontrar firme y entusiasta apoyo en sus habitantes. Entró una columna protestante por el Brabante, a las órdenes del conde de Hoogstraeten, que chocó con las tropas de Sancho Dávila y tuvo que retirarse después de haber perdido mucha gente en el combate de Dalem. Una segunda columna que amenazaba por el Artois, fue también rechazada por tropas francesas con las que Carlos IX socorría al duque. Más fortuna tuvieron los que a las órdenes de Luis y Adolfo de Nassau, hermanos de Guillermo, penetraron por el norte, es decir, por Frisia, donde gobernaba el conde de Aremberg, a quien dieron batalla el día 23 de mayo de 1568 en las inmediaciones de la abadía de Heyligerlee, y en la que fueron vencidos los españoles y pereció como un héroe, sin dejar de combatir hasta el último instante, el anciano conde.

Ejecución de Egmont y de Horn en Bruselas. De un dibujo de Felipe Ward
Ejecución de Egmont y Horn en Bruselas.
De un dibujo de Felipe Ward
Al tener noticia el duque de este descalabro, resolvió dirigir en persona la campaña; pero antes de abandonar Bruselas quiso demostrar a los flamencos que ni la invasión de Frisia, ni la derrota y muerte de Aremberg, ni los anuncios de la nueva invasión que con formidable ejército preparaba el mismo príncipe de Orange, podían contribuir en lo más mínimo a debilitar su energía ni a transigir con los rebeldes; antes al contrario, obró con más arrogancia que nunca; publicó sentencia de muerte contra Guillermo y su hermano, mandó decapitar en la plaza de Bruselas a diez y ocho señores flamencos, y pocos días después subieron al patíbulo los condes de Egmont y Horn (6 de junio). El 25 de junio salió de Bruselas el duque, el 2 de julio reconcentró su ejército en Bois-le-Duc, el 18 venció a Luis de Nassau en Groningen y ocho días después quedaban los rebeldes completamente derrotados en la batalla de Gemningem, a orillas del Ems.

Pero no había terminado la guerra; el príncipe de Orange acampaba en las márgenes del Mosa con un ejército de 28.000 hombres. Entonces el duque se dirigió contra el enemigo y sin aceptar nunca batalla, se contentó con no perder de vista al ejército protestante y continuamente le siguió picando su retaguardia y confiando en que las escaramuzas por una parte y las deserciones por otra, habían de ocasionar numerosas bajas en las tropas del príncipe. Este no pudo entrar en ninguna población importante porque siempre se le adelantaban o le oponían obstáculos las fuerzas españolas; ninguna ciudad se sublevaba, contra lo que había presumido el príncipe y era de esperar, los víveres de cada día escaseaban más, las deserciones fueron en aumento y Guillermo tuvo por fin que abandonar Flandes con unos quinientos hombres, resto del lucido ejército con que había inaugurado la campaña. Muchas felicitaciones recibió el duque por el feliz éxito de la guerra, y el papa Pío V le regaló la espada y el sombrero que según tradicional costumbre, enviaba en la fiesta de Navidad al rey o príncipe de estirpe regia que mayores servicios hubiera prestado durante el año a la causa de la religión o del papado. El mismo duque quiso celebrar su victoria mandando, con bastante inmodestia por cierto, que en Amberes se le levantara una estatua fundida con el bronce de los cañones enemigos.

Cansado ya de la fatigosa tarea que imponía el gobierno de aquellas provincias, había pedido su relevo, a lo que accedió el rey nombrando para sustituirle al terminar el año 1569 a D. Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, que tardó dos años en presentarse en Flandes, siguiendo entre tanto el de Alba al frente de aquel gobierno. Se renovó la guerra en abril de 1572 y el duque de Alba quiso combatir la insurrección antes de regresar a España. El príncipe de Orange, como en la campaña anterior, no pudo conseguir que el duque aceptase batalla y tuvo que refugiarse en las provincias rebeldes de la costa. Grave disgusto causaron en el duque la imposibilidad de tomar Alkmaer, la derrota que sufrió su escuadra en el golfo del Zuyderzee y el motín de los soldados españoles que reclamaban sus pagas. Pidió dinero al rey, y éste, sin duda influido por los amigos del príncipe de Eboli, respondió con gran desabrimiento, diciéndole: «Nunca tendré bastante dinero para llenar vuestra codicia; pero sin trabajo hallaré un sucesor hábil y fiel, que terminará con su moderación y clemencia una guerra que no se puede fenecer por las armas, ni a fuerza de severidad. Dinero no me faltará para equipar mis flotas y pagar mis ejércitos, cuando hagáis de manera que los pueblos de los Países Bajos amen mi persona y teman vuestras armas.» Tal contestación obligó al duque a pedir de nuevo que se le nombrara sucesor en el mando del ejército; accedió el rey en el acto, fueron llamados a España los duques de Alba y de Medinaceli, y aquel fue sustituido por D. Luis de Requesens. En el mes de noviembre de 1572 el duque de Alba y su hijo dejaron a Flandes y regresaron a España.

Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba
Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba
Sesenta y seis años de edad tenía ya el duque, y más viejo parecía aún por los achaques que padecía, consecuencia de su azarosa y agitada vida, en las campañas de Alemania, de Italia y de Flandes. Pero aun debía dirigir otra para la conquista de un reino. El monarca portugués D. Sebastián murió en la desgraciada expedición a Marruecos; murió también su tío el cardenal D. Enrique; vacante el trono de Portugal alegó derechos Felipe II, y como el pueblo portugués repugnara someterse a España, fue preciso apelar a la fuerza. Nadie mejor que el duque de Alba para dirigir la empresa. Pero entonces el duque se hallaba en desgracia y desterrado en Uceda por la causa siguiente: Su hijo D. Fadrique había tenido relaciones amorosas con una dama de palacio, a quien dio palabra de matrimonio; el rey se opuso y envió a D. Fadrique a Flandes, en la época en que aun gobernaba aquellos estados el duque. Mas luego, influido sin duda por las súplicas de la interesada, recluida en un convento, mudó de opinión, y mandó a D. Fadrique que la diera su mano. Se negó éste, por lo que fue aprisionado en Tordesillas, y el duque, muy conforme con la negativa de su hijo, para quitar toda esperanza a la dama en cuestión, procuró que Fadrique pudiera salir de su prisión, lo casó en Alba con su prima María de Toledo, y lo envió otra vez a Tordesillas. Irritado sobremanera Felipe II, envió al hijo al castillo de la Mota, y confinó al padre en Uceda. Preso seguía, cuando el rey, después de mucho vacilar, decidió entregarle el mando de las tropas que iban a la conquista de Portugal. El secretario Delgado comunicó al duque el acuerdo del rey, y aquél, aunque justamente resentido, declaró que aceptaba con satisfacción el cargo que se le confiaba. Marchó, como él decía, a conquistar un reino arrastrando cadenas y grillos, y en Llerena se reunió el ejército que pasó revista el mismo rey en Badajoz, base de las operaciones que debían seguir la línea que por Estremoz penetra en la cuenca del Tajo. Con 24.000 infantes, 1.500 caballos, 25 cañones y unos 600 carros avanzó el duque hasta Estremoz, que se rindió, llegó hasta Monte-Mor, donde dejó suficiente guarnición, pasó por Setúbal el día 17 de Julio de 1580, y por la fuerza hizo que capitulara la guarnición del castillo de Antao. Poco después apareció en el puerto la escuadra española mandada por el célebre marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán, que traía refuerzos y vituallas al ejército invasor, y en combinación con la cual había formado el duque su plan de campaña. Sin perder tiempo pasaron los españoles a la orilla derecha del Tajo, tomaron a Cascaes y los fuertes de San Julián, Cabeza Seca y Torre de Belén, y el 25 de agosto ganó el duque la famosa y decisiva batalla de Alcántara. Los vencedores entraron en Lisboa; Sancho Dávila, con 4.400 hombres marchó al norte de Portugal para combatir y derrotar a los partidarios del prior de Crato, y Felipe II convocó cortes en Thomar y entró en Lisboa el 29 de junio de 1581 donde fue coronado rey de Portugal.

No olvidaba el rey su resentimiento con el duque de Alba, e ingrato con quien acababa de conquistarle un reino, dio oído a los enemigos de aquél, que le acusaban de haber consentido atropellos que las tropas españolas cometieron al entrar en Lisboa, y para informarse de lo que hubiere de cierto y con pretexto de revisar las cuentas del ejército, nombró al doctor Villafaña, cuyas investigaciones causaron tal irritación en el ejército, que Villafaña temió que le pudiera costar cara la misión que desempeñaba. El rey escribió al duque muy enojado por la actitud de las tropas, mandándole que reprimiera toda sedición, a lo que éste contestó que no tenía noticia de que hubiera ninguna sedición entre los soldados que a sus órdenes estaban, pues lo más que hacían era quejarse de su mísera condición, porque se veían pobres y desatendidos después de haber contribuido a la conquista del reino portugués. Pidió el duque permiso para retirarse a su casa; no se lo dio Felipe, y continuó en la corte, aunque completamente apartado de los asuntos políticos, ya por su avanzada edad y dolencias que le afligían, ya porque el rey no se dignaba consultarle como en otros tiempos hacía. Poco vivió ya el duque, pues a los setenta y cuatro años de edad murió en el palacio real de Lisboa, habiendo recibido los auxilios espirituales de su confesor el insigne fray Luis de Granada, por quien el duque había sentido siempre gran admiración y respeto.