Historia
ÁLVARO DE CÓRDOBA (c.800-c.861)
Álvaro de Córdoba (también llamado Pablo Álvaro), cristiano español enfrentado con los musulmanes, nació hacia el año 800 y murió hacia 861. Sus antepasados parecen haber sido judíos y su familia era acaudalada. Vivió, altamente estimado, en una posesión cerca de Córdoba donde fue educado, con su amigo de toda la vida Eulogio, por el abad Esperaindeo († c. 852) autor de una obra contra el islam y de una glorificación de dos hermanos cristianos que sufrieron el martirio bajo Abderramán II. De este maestro, Álvaro y su compañero recibieron un sentimiento de aversión hacia el islam. Los cristianos españoles en ese tiempo estaban imbuidos de un deseo por el martirio, encontrando una vía fácil para ello vilipendiando públicamente a Mahoma, lo que estaba prohibido bajo pena de muerte. Álvaro estimulaba tal procedimiento mientras que Eulogio, tras algunas vacilaciones, se convirtió en el alma del movimiento. En la principal obra de Álvaro, Indiculus luminosus (854), afirma que Mahoma fue un precursor del Anticristo y que por tanto era permisible injuriarlo. Que él no buscaba el martirio lo explica Eulogio en repetidas ocasiones, diciendo que sólo se sacrificarían a sí mismos, para cosecha de vida eterna, por la santidad personal. El movimiento decayó tras el padecimiento de Eulogio (859), al que Álvaro dedicó un enfervorizado tributo escrito de admiración. Su obra más madura fue una confesión, a imitación de la Oratio pro correptione vitæ de Isidoro de Sevilla, expresando en la misma una profunda contrición y el anhelo de salvación. Se han preservado algunos poemas latinos suyos y se le atribuye un Liber scintillarum, una especie de ética cristiana consistente en una colección de citas de escritores bíblicos y eclesiásticos.
La siguiente cita es una descripción de Eulogio realizada por la pluma de Álvaro.
«Era un varón que sobresalía en todo linaje de obras y merecimientos; que a todos socorría en proporción de sus necesidades, y que aventajando a todos en ciencia, se tenía por el menor entre los menores. Su rostro era claro y venerable; su palabra, elocuente; sus obras, luminosas y ejemplares. Escritor elegante y sapientísimo, él alentaba a los mártires y él componía sus elogios. ¿Qué lengua bastaría para celebrar dignamente el fuego de su ingenio, la elocuencia de sus palabras, el fulgor de su ciencia, y la dulzura de su trato? ¿Qué libros dejó de consultar; qué escritos de católicos, de filósofos, de herejes ni de gentiles se le ocultaron? ¿De dónde hubo obras en verso y en prosa, historias, himnos y trata peregrinos que se escondiesen a su investigación? Su afín aprender, su solicitud por instruirse, eran infatigables, pero con tan bueno y generoso ingenio, que no quería saber nada para sí solo, comunicándolo todo a los demás... Renovando con la obra los hechos insignes de los antiguos varones, supo reunir en sí la severidad de San Jerónimo, la modestia de San Agustín, la suavidad de San Ambrosio, la paciencia de San Gregorio, ora para corregir yerros, ora para atemperarse a los menores, ora para calmar a los mayores, ora, en fin, para sufrir las adversidades.»
De la Vita divi Eulogii de Álvaro de Córdoba (trad. Simonet, Historia de los Mozárabes, 480).