Amalrico (francés Amaury) de Bena, notable representante del panteísmo en la Edad Media, nació en Bena, cerca de Chartres y hacia el fin del siglo XII dio clases en París sobre filosofía y teología.
Amalrico enseñando en la universidad de París miniatura de las Grandes Crónicas de FranciaDisfrutó de la reputación de un sutil escolástico y del favor del Delfín, quien sería Luis VIII de Francia. Cuán lejos llevó su panteísmo en la enseñanza pública no está determinado, pero su doctrina de la membresía de los creyentes en el cuerpo de Cristo fue tan panteísta en tendencia que levantó sospechas, siendo acusado de herejía por el canciller de la diócesis, quien supervisaba las escuelas de París. En 1204 fue citado a Roma para dar cuenta de su enseñanza ante Inocencio III, quien sentenció contra él. Vuelto a París, se vio obligado a retractarse, muriendo poco después y recibiendo un funeral eclesiástico en St.-Martin-des-Champs. Tras su muerte se descubrieron huellas de una secta formada por él, convocándose un sínodo en París en el año 1209 para tomar medidas contra su supresión. Se condenó la enseñanza de Amalrico y él mismo fue excomulgado, siendo quemados nueve eclesiásticos junto con Guillermo el Orfebre, uno de los siete profetas de la secta. En el IV Concilio de Letrán en 1215, Inocencio III renovó la condenación de las enseñanzas de Amalrico. No hay duda de que una parte de ellas la tomó de Escoto Erígena, desarrollándola hasta un total panteísmo.
Seguidores de Amalrico quemados como herejes por orden de Felipe II de FranciaSólo tres proposiciones se pueden atribuir con certeza a Amalrico mismo: (1) que Dios es todas las cosas; (2) que cada cristiano está obligado a creer que es miembro de Cristo, sin que nadie pueda salvarse sin esa fe y (3) que ningún pecado se imputa a quien anda en amor. La enseñanza de sus discípulos es una extensión de estas tesis. Dios, decían, se ha revelado a sí mismo de forma triple y cada vez completamente. Con la encarnación en la época de Abraham comienza la era del Padre, con la encarnación en María, la del Hijo, y con la encarnación en los amalricenses la del Espíritu Santo. Igual que la venida de Cristo anuló la ley de Moisés, los sacramentos y ordenanzas de la segunda dispensación han quedado también abolidos. La secta llamó a la veneración de los santos idolatría, a la Iglesia la Babilonia del Apocalipsis y al papa el Anticristo. La revelación del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes se produce en el bautismo, que es de hecho la resurrección de los muertos y el reino de los cielos, no debiendo esperarse otro. Tampoco existe el infierno sino la conciencia de pecado. Su doctrina, de que el espíritu, que es Dios, no puede ser afectado por los actos de la carne, ni cometer pecado, se convierte en una tapadera para multitud de excesos, demostrados no sólo por registros contemporáneos sino también por numerosos testimonios como los Hermanos del Libre Espíritu, que fueron los sucesores directos de los amalricenses.