Historia

ANDREWES, LANCELOT (1555-1626)

Lancelot Andrewes, obispo de Winchester, nació en Barking, a 11 kilómetros al este de Londres, en 1555 y murió en Winchester House, Southwark, el 26 de septiembre de 1626.

Lancelot Andrewes
Lancelot Andrewes
Su padre era comerciante y llegó a ser rector de Trinity House. Lancelot estaba destinado a la misma profesión, pero sus dos maestros de escuela, Ward, en Coopers Free Grammar School en Ratcliffe, y Mulcaster, de Merchant Taylors, observaron la extraordinaria capacidad de su estudiante, persuadiendo a sus padres para que le dieran una educación superior. Desde Merchant Taylors fue a Pembroke Hall, Cambridge, siendo uno de los estudiantes del doctor Watts. En 1576 fue elegido miembro de Pembroke y ese mismo año fue propuesto por el doctor Hugh Price para una beca en el recién fundado Jesus College, Oxford. Andrewes continuó residiendo en Cambridge y, tras recibir las órdenes sagradas en 1580, fue nombrado catequista en Pembroke. A sus 'conferencias catequéticas', que se impartían todos los sábados y domingos a las 3 p.m., asistían todos los que tenían alguna pretensión de estudiar teología, anotándolas cuidadosamente; también era muy solicitado como casuista. El conde de Huntingdon, presidente del Norte, lo designó para que fuera su capellán; y allí, 'mediante la predicación y la exposición, atrajo a muchos recusantes, sacerdotes y laicos, a la religión protestante.' En 1589, por medio de Walsingham, ministro de la reina Isabel, obtuvo el beneficio de St. Giles, Cripplegate; y, poco después, fue designado 'para ocupar una prebenda en San Pablo', siendo elegido rector de Pembroke Hall. Mantuvo el cargo hasta 1605, tiempo durante el que el déficit en los ingresos del colegio se convirtió en superávit. Predicaba constantemente en St. Giles, y fue en ese tiempo cuando hizo su comentario tan citado que 'cuando predicaba dos veces, parloteaba una vez'; en San Pablo enseñaba tres veces a la semana durante el curso. Su trabajo, unido a su modo de vida ascético, dañó su salud, y durante un tiempo cayó en desconsuelo, pero se recuperó y fue nombrado capellán del arzobispo Whitgift y capellán ordinario de la reina. Durante el reinado de Isabel rechazó dos obispados (Salisbury y Ely), porque la oferta en cada caso iba unida a la condición de que debía consentir en la enajenación de parte de los ingresos de la sede; pero poco después de la muerte de la reina (1597), primero aceptó una prebenda y luego (1601) el deanato en Westminster. Bajo el rey Jacobo I el ascenso de Andrewes fue rápido. En 1605 recibió con cierta dificultad el obispado de Chichester y en el mismo año fue hecho limosnero del rey; en 1609 fue trasladado a Ely y en 1619 a Winchester, 'de donde', dice el obispo Buckeridge, 'Dios lo trasladó al cielo', no sin antes haber escapado por poco a otro traslado en la tierra, el primado de toda Inglaterra. En 1619 también fue nombrado miembro de Chapel Royal, siendo consejero privado tanto de Inglaterra (1609) como de Escocia (1617). Tomó parte en la Conferencia de Hampton Court (1603-4), cuando su vasto saber patrístico fue de utilidad; su nombre ocupa el primer lugar en la lista de teólogos que fueron nombrados (1607) para hacer la 'versión autorizada' de la Biblia, siendo uno de los diez de Westminster cuya tarea fue traducir el Pentateuco y los libros históricos desde Josué a 1 Crónicas; y cuando el rey Jacobo estableció el episcopado en Escocia, fue Andrewes quien sugirió, en vano, que los prelados elegidos debían ser ordenados sacerdotes antes de que fueran obispos. Aunque Andrewes fue favorito en tres cortes sucesivas y sostuvo, por motivos religiosos, las ideas más elevadas del poder real, no fue un adulador. La siguiente anécdota se ha citado a menudo: 'Mis señores', dijo el rey Jacobo a los obispos, Neale de Durham y a Andrewes de Winchester, mientras estaban detrás de su silla en la cena, '¿no puedo tomar el dinero de mis súbditos cuando quiera, sin toda esta formalidad en el parlamento?' 'Dios no lo quiera, señor, pero podría', dijo el obispo Neale; 'vos sois el aliento de nuestras fosas nasales.' Andrewes replicó que 'no tenía habilidad en casos parlamentarios'; pero al ser presionado dijo: 'Entonces, señor, creo que es lícito que os llevéis el dinero de mi hermano Neale, porque os lo ofrece.' Se dice que la imponencia de la presencia de Andrewes no restringía al rey Jacobo de esa indecente indulgencia a la que era demasiado propenso. Andrewes solo iba a la corte para pronunciar sus mensajes teológicos, y 'cuando por la debilidad no pudo predicar', dice el obispo Buckeridge, 'comenzó a ir poco a la corte.' Aunque fue a menudo promocionado, Andrewes era bastante indiferente a la promoción; otros quedaron amargamente decepcionados cuando no fue promovido al primado, pero él nunca se sintió así; y lejos de mostrar algún resentimiento contra Abbot, quien fue preferido antes que él, demostró ser el mejor amigo del infortunado arzobispo cuando quedó bajo el cargo de homicidio casual. Pero la verdad obliga a agregar que en algunos puntos Andrewes no se adelantó a su tiempo. Es triste constatar que probablemente fue uno de los obispos que sancionaron la quema del arriano Leggat; y aún más triste saber que votó por el divorcio de Essex.

Andrewes fue eminente en tres aspectos: (1) Como prelado. Pocos hombres combinan más felizmente las diversas cualidades que contribuyen a hacer un gran prelado que Andrewes. Sus principios eran muy distintivos y definidos y de los tales nunca se desvió. Era un acabado eclesiástico anglicano, tan alejado del catolicismo, por una parte, como del puritanismo, por otra. Nunca interfirió en los asuntos públicos, ni como consejero privado ni en ninguna otra capacidad, excepto cuando los intereses espirituales le obligaban a participar y entonces, a pesar de su modestia constitucional, hablaba enérgicamente. Su saber fue inigualable. Desde su infancia hasta su muerte fue un estudiante infatigable; nunca permitió que sus múltiples ocupaciones como hombre público interfirieran en sus estudios. Estableció la regla de no ser interrumpido, a excepción de la oración pública o privada, antes de la comida (a las 12 en punto); cuando era interrumpido, decía que 'temía que no fuera un verdadero estudiante quien venía a verlo antes del mediodía.' El resultado fue que dominó quince idiomas, si no más, mientras que en su conocimiento de la teología patrística no tenía rival. 'El mundo', escribe Fuller, 'quiso saber cómo aprendió este hombre, tan hábil en todos los idiomas (especialmente en los orientales), hasta el punto que algunos conciben la posibilidad (si hubiera vivido) de que casi habría servido como intérprete general en la confusión de lenguas.' Sobresalió en sus cualidades sociales, teniendo una inocente simplicidad, tanto en maneras como en mente, una modestia no afectada y un raro sentido del humor. Su generosidad fue tan grande que la gran cantidad de sus donativos es imposible enumerarla. El obispo Buckeridge (quien lo conocía tal vez mejor que nadie) parece haber pensado que esa fue la característica más prominente de su personalidad, pues tomó para el texto de su sermón fúnebre Y no os olvidéis de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada Dios.[…]Hebreos 13:16: 'Y de hacer el bien y de la ayuda mutua no os olvidéis', centrándose en gran medida en el cumplimiento de Andrewes de este precepto. Entre otros méritos de Andrewes como prelado debe observarse su extremo cuidado en la distribución del patrocinio. La simonía era uno de los tres vicios (los otros dos fueron la usura y el sacrilegio) que aborreció especialmente y con frecuencia se metió en problemas y gastos antes de instituir para beneficios a hombres que consideraba ser moralmente ineptos para el cargo. A pesar de que mostró su gratitud a los amigos de su juventud, en particular a Ward, Mulcaster y Watts, que le habían ayudado en su educación, procurando promoverlos, nunca permitió que el favoritismo o el nepotismo le influyeran; siempre se esforzó por encontrar el hombre más adecuado para un puesto, a menudo para gran sorpresa del destinatario; de ahí que muchos hombres, que fueron eminentes en ese momento o después, estuvieran en deuda más o menos con él por su discernimiento. Fue el primer patrono y amigo de Matthew Wren, posteriormente famoso obispo de Norwich y Ely, y uno de los primeros que se hizo amigo de John Cosin, el todavía más famoso obispo de Durham. William Laud, Meric Casaubon 'por sus propios méritos y los de su padre', Peter Blois, uno de sus compañeros traductores de la Biblia, Nicholas Fuller, 'el crítico más admirado de su tiempo' y muchos otros más o menos notables, estuvieron en deuda con él. Finalmente, como gran prelado, aunque firme como una roca en sus propias convicciones, fue amplio y tolerante hacia aquellos que diferían de él. Por ejemplo, en su respuesta a Du Moulin sobre el episcopado, teniendo en cuenta que el escritor era decididamente partidario de la Alta Iglesia, afirmó: 'Aunque nuestro gobierno sea por derecho divino, tampoco se sigue que no hay salvación, o que una iglesia no puede estar sin ella; debe ser de hierro y tener un corazón duro quien les niegue la salvación. No estamos hechos de ese metal.' O su actitud con respecto a la adoración. Personalmente valoraba un elevado ritual y, por lo tanto, como obispo de Ely y como obispo de Winchester, tenía sus capillas privadas adornadas con lo que Prynne llama 'muebles papistas', 'el altar de más de un metro de alto, y un cojín, dos candelabros con velas, el mobiliario diario para el altar; un cojín para el libro de servicio, un recipiente de plata y oro para las obleas, una cesta de mimbre forrada con encaje de Cambray; el cáliz cubierto con una servilleta de lino; un pequeño recipiente con el que se vierte el incienso, un vaso para el agua de la mezcla; un cojín, donde se arrodillaban para leer la letanía', y mucho más que el lector encontrará en Canterburie's Doome, no solo descrito, sino 'expresado en una pieza de cobre.' Prynne, por supuesto, lo registra todo con disgusto, pero en otros causó una impresión muy diferente. 'Su capilla', escribe su primer biógrafo, 'estaba tan devotamente adornada, y Dios fue servido allí con un comportamiento tan santo y reverente, que las almas de muchos de los que fueron allí se sintieron muy elevadas; algunos de los que allí estuvieron hubieran querido terminar sus días en la capilla del obispo de Ely.' Pero, a pesar de lo mucho que Andrewes valoraba tal culto, nunca lo impuso a otros; estaba 'contento con practicarlo sin imponerlo.' Su amistad y amabilidad con distinguidos extranjeros, algunos de los cuales tenían ideas muy diferentes a los suyas (Du Moulin, los Casaubons, Cluverius, Vossius, Grocio y Erpinius) es otra prueba de su grandeza de corazón. Isaac Casaubon, en su Ephemerides, se refiere constantemente a la maravillosa piedad y conocimiento del (entonces) obispo de Ely, y su bondad hacia él mismo. Tal vez no se deba poner demasiado énfasis en el hecho de que dos poetas, uno de los cuales fue un alto eclesiástico, Richard Crashaw, y el otro un puritano, John Milton, lo celebraran en verso; porque la elegía de Milton la escribió cuando el poeta tenía solo diecisiete años y cuando su puritanismo aún no estaba desarrollado, pero hay que notar que fue un editor puritano (Michael Sparke) quien dijo que 'nombrarlo era un elogio suficiente.' El hecho de que Bacon lo consultara con frecuencia sobre sus obra filosóficas es prueba de la amplitud de las simpatías de Andrewes.

Lancelot Andrewes
Lancelot Andrewes
(2) Como predicador. Generalmente se consideraba que Andrewes era la 'stella paredicantium', un 'ángel en el púlpito.' Pero en los últimos días de Carlos II se produjo una reacción en contra del antiguo estilo de sermones, con sus citas en griego y en latín, juegos de palabras y análisis minucioso del texto. Andrewes justamente fue considerado el representante más distinguido del estilo antiguo, como Tillotson lo era del nuevo; por lo tanto, el elogio de este último se combina frecuentemente con la desvalorización del primero. Esta depreciación ha continuado en algunas esferas hasta el presente, pero en otras existe una creciente disposición para hacer justicia al predicador más admirado en los días más palmarios de la literatura inglesa. Sus sermones están sin duda más llenos de juegos de palabras de lo que el gusto de días posteriores podía aprobar; pero los 'conceptos verbales' tendían a grabar las verdades que deseaba transmitir más profundamente a sus oyentes. Por tomar un ejemplo, en uno de sus más grandes sermones, sobre la 'Natividad', dice: 'Si este niño es Emmanuel, Dios con nosotros, entonces sin este niño, este Emmanuel, estamos sin Dios. "Sin Él en este mundo", dice el apóstol, y si sin Él en éste, sin Él en el otro; y si sin Él si no es Emmanu-el, será Emmanuel-hell [infierno]. Porque si le tenemos no necesitamos más: Emmanu-el y Emmanu-all [todo].' Despojada del juego de palabras, la idea es: 'Si Dios no está con nosotros, el infierno está con nosotros; si Dios está con nosotros, todo está con nosotros.' Las citas en griego y latín no son tan numerosas en los sermones de Andrewes como en los de Jeremy Taylor y muchos otros admirados predicadores del siglo XVII, pero en su extraordinaria riqueza no tienen rival. Y hay que recordar que, después de todo, tenemos sólo a Andrewes como escritor de sermones, no a Andrewes el predicador. No hay duda de que sus sermones ganaron por el encanto de su presentación, lo que fascinaba a la reina Isabel, siendo señalado por los primeros editores de sus sermones, Laud y Buckeridge, en su dedicatoria al rey Carlos: 'Aunque no pueden vivir con toda la elegancia que tenían en su lengua, podrás agradarte en un papel lleno de vida mejor que en nada.' A ello se refiere Fuller: 'Tales plagiarios que han robado sus sermones, nunca podrán robar su predicación.' Y aparte de su mérito intrínseco hay un interés histórico en esos sermones que es tal vez único. De lo que otro predicador puede decirse, ha sido rectamente dicho de Andrewes por un sucesor suyo en Ely: 'Durante un cuarto de siglo fue el gran doctor de la Iglesia anglicana. Durante diecisiete años fue él quien cada Navidad expuso a la corte de Inglaterra la doctrina de la Encarnación, durante dieciocho años en la Pascua la de la resurrección, durante quince en Pentencostés la del Espíritu Santo y durante catorce en Cuaresma la de la abnegación.'

(3) Como escritor. Andrewes publicó poco durante su vida, aunque sus obras ocupan ahora ocho volúmenes en Library of Anglo-Catholic Theology. Su obra más importante fue Tortura Torti. Tras la Conspiración de la Pólvora se impuso un nuevo juramento de lealtad, que la mayoría de los católicos en Inglaterra prestaron hasta que fue condenado por dos breves papales. Entonces el rey Jacobo escribió una apología del juramento, que fue respondida por el famoso controversista cardenal Bellarmino, bajo el seudónimo de Matthaeus Tortus, nombre de su limosnero. De ahí el pícaro título Tortura Torti (1609) de Andrewes. Lo escribió en latín y demuestra que Andrewes era un gran erudito latino, así como un decidido anti-católico y un entendido y diestro controversista. Entre los que elogiaron la obra, estuvo Isaac Casaubon (Ephemerides, p. 793). A Tortura Torti le siguió su obra en defensa del rey Jacobo, quien nuevamente bajó a la arena para tratar más plenamente el nuevo juramento. Bellarmino se quitó entonces la máscara y atacó al rey en su propio nombre, y Andrewes, en respuesta, escribió Responsio ad Apologiam cardinalis Bellarmini, al que añadió un pequeño tratado, titulado Determinatio Theologica de Jurejurando exequendo. Andrewes no publicó ninguna otra obra de importancia, pero después de su muerte muchas obras que llevan su nombre se imprimieron gradualmente. En 1628 se publicaron noventa y seis sermones 'por mandato especial de su majestad', bajo la edición de Laud y Buckeridge. Son sin duda, palabra por palabra, composiciones propias de Andrewes; pero los sermones sobre el Padrenuestro y sobre la tentación, Exposition of the Moral Law y Pattern of the Catechistical Doctrine y varios más, solo son de Andrewes en tanto expresan sus ideas modeladas por otros. Sus oraciones compuestas en griego y latín para su propio uso son famosas y han sido traducidas (comp. The Greek Devotions of Lancelot Andrewes, from the manuscript given by him to William Laud and recently discovered, edición de P. G. Medd, Londres, 1892; The Devotions of Bishop Andrewes, Græce et Latine, edición de H. Veale, 1895; The Private Devotions of Lancelot Andrewes, edición de E. Venables, 1883). Andrewes murió soltero y fue enterrado en St. Saviour, Southwark, predicando su sermón fúnebre su viejo amigo, el obispo Buckeridge.