Historia
ANSELMO DE CANTERBURY (1033-1109)
- Familia y primeros años
- Monje en Bec
- Prior y abad de Bec
- Primer encuentro con Willian Rufus
- Arzobispo de Canterbury contra su voluntad
- Enfrentamiento con William Rufus
- Concilio en Rockingham
- Anselmo recibe el palio
- Viaje de Anselmo a Roma
- De vuelta en Inglaterra
- Enfrentamiento con Enrique I
- Segundo viaje a Roma
- De regreso a Inglaterra
- Compromiso sobre las investiduras laicas
- Muerte
- Valoración
- Obras

La fecha del nacimiento de Anselmo fue dos años antes de la muerte de Canuto, rey de Inglaterra, y tres antes de que Guillermo el Conquistador se convirtiera en duque de Normandía. Cuando Anselmo nació, Aosta estaba en la frontera de Lombardía y Borgoña, pero se contaba perteneciente a esta última, que había dejado de ser un reino independiente por la muerte de Rodolfo III en 1032 y se había convertido en parte del imperio. Es probable que Ermeuberga, la madre de Anselmo, fuera sobrina de Rodolfo III. También estaba relacionada con Odo, conde de Maurienne, quien, por su matrimonio con Adelaida, marquesa de Susa, agregó el valle de Aosta a sus dominios y se convirtió en progenitor de la casa real de Saboya. El padre de Anselmo, Gundulfo, que era lombardo por nacimiento, pero completamente naturalizado en Aosta, parece haber sido un pariente de la marquesa Adelaida. Una comparación de pasajes en varios cronistas respecto a la parentela de Anselmo indica que tenía sangre real en sus venas por parte de su madre, pero no de su padre. En cualquier caso, ambos padres eran de alta cuna y tuvieron una considerable propiedad bajo los condes de Maurienne, incluyendo probablemente la localidad de Gressan, a unas tres millas al suroeste de Aosta. Si una torre en Gressan, llamada torre de San Anselmo, pudo haber sido parte de la vivienda de sus padres, es más que dudoso, pero es suficientemente probable que tuvieran una casa allí y la solitaria anécdota de la primera infancia de Anselmo lleva la huella del paisaje en medio del cual debió vivir. Él imaginó que el cielo descansaba sobre las montañas; soñó que un día trepaba la ladera de la montaña hasta llegar al palacio del gran Rey, refiriéndole la ociosidad de sus doncellas, a quienes había visto cosechando perezosamente maíz en el valle, siendo refrescado con pan de pureza y blancura celestial por el administrador de la casa divina.
Fue de su madre que aprendió primero, como era natural, sus ideas religiosas y amor por las cosas santas. Ella era una buena y prudente ama de casa, así como una mujer devota. Su padre Gundulfo era un hombre impetuoso y excesivamente generoso. Anselmo parece haber sido su único hijo, teniendo una única hermana más joven que él, Richera o Richeza, quien se casó con un hombre llamado Burgundio, con quien fue madre de un hijo que llevó el nombre de su tío. Anselmo tomó gran interés en la educación de su sobrino y varias cartas están dirigidas a él. Desde temprana edad Anselmo fue estudioso, así como inteligente y afable. Hizo rápido progreso en el saber y creció amando y amado. Probablemente recibió su primera enseñanza en la escuela de la abadía de San Leger, cerca de Aosta; pero después de un tiempo fue confiado a la atención de un pariente como su tutor privado, quien le tuvo tan disciplinado en sus estudios que perdió la salud. Se volvió tímido y melancólico. El buen sentido de su madre le salvó la razón, si no su vida; lo trajo a casa y ordenó a sus sirvientes que le dejaran hacer exactamente lo que le gustaba, hasta que gradualmente recuperó su salud y ánimo.
Monje en Bec.
Antes de los quince años comenzó a considerar cómo podría modelar mejor su vida de acuerdo a la voluntad de Dios, convenciéndose de que no había mejor camino que la vida de los monjes. Entonces fue a cierto abad a quien conocía y le suplicó que le dejara ser monje; pero el abad se negó al saber que la solicitud era sin conocimiento del padre. El muchacho oró por una enfermedad, con la esperanza de poder inducir a su padre a que cediera a su inclinación. La enfermedad vino y mandó llamar al abad, implorándole, como si estuviera a punto de morir, que le hiciera monje sin demora. Sin embargo, el abad temiendo el disgusto del padre de Anselmo, todavía se negó y el muchacho se recuperó. Siguió un período de reacción; su anhelo por la vida religiosa, e incluso su ardor por el estudio, se enfrió; comenzó a dedicarse más a las actividades juveniles y después de la muerte de su madre, siendo como un barco separado de su ancla, se movió aún más completamente en un curso de vida mundano. Algunos pasajes en una de sus Meditationes (xvi.), si se interpretan literalmente, implicarían que cayó en pecado muy grave; pero hay algunas dudas de si él está hablando de su propia persona, e, incluso si lo es, el lenguaje puede no ser más que los auto-reproches, retóricamente expresados, de una gran sensibilidad de conciencia. Por alguna razón desconocida, su padre, Gundulfo, engendró una gran aversión hacia él, que la mansedumbre y sumisión de Anselmo no hacían más que inflamarla en vez de ablandarla. Desesperado finalmente, cuando tenía unos veintitrés años de edad, resolvió dejar su hogar y emprender una nueva etapa en otra tierra. Partió hacia el norte, acompañado por un solo criado. Al cruzar el monte Cenis, Anselmo estaba extenuado, sus provisiones gastadas y si no fuera porque su compañero humedeció sus labios con la nieve y el oportuno hallazgo de un bocado de pan en la alforja, hubiera perecido en el camino. Después de pasar tres años en parte en Borgoña, en parte en Francia, emprendió el camino a Normandía, fijando su residencia en Avranches hacia 1069. Allí Lanfranco había mantenido una escuela, pero ahora era prior de la abadía de Le Bec. Su fama como erudito había hecho de esa casa una de las sedes más famosas del saber en la cristiandad occidental, y para Bec, después de una breve estancia en Avranches, partió Anselmo. Cuando llegó a Bec, Lanfranco ya había sido prior durante varios años y la casa estaba en la cima de su reputación. Los estudiantes iban a él desde todos los rincones y los grandes hombres de Normandía le prodigaban donativos. Anselmo se entregó de corazón a la obra del lugar. La severidad de sus estudios y las austeridades de la regla monástica eran casi más de lo que podía soportar; pero se convenció de que la disciplina moral era buena para su alma y su deseo de convertirse en monje aumentó en fuerza. Pero si se volvía monje, ¿adónde iría? Si a Cluny, pensó que su saber se desperdiciaría, debido al excesivo rigor de la regla. Si se quedaba en Bec, pensaba que sería tan completamente eclipsado por Lanfranco que sería de poca utilidad. Mientras tanto, por la muerte de su padre, se convirtió en heredero de la propiedad familiar. Por tanto, se presentaban tres posibilidades para elegir. ¿Debería establecerse en Bec, convertirse en eremita o regresar a su valle natal y administrar su patrimonio para beneficiar a los pobres? Le pidió consejo a Lanfranco, quien le aconsejó que consultara a Maurilio, arzobispo de Rouen, acompañándolo en una visita a ese prelado. Maurilio le decidió en favor de la vida monástica, por lo que en 1060 Anselmo tomó el hábito y se quedó en Bec. Tres años después, Lanfranco fue nombrado abad de la nueva casa de San Esteban en Caen, fundada por el duque William. Anselmo le sucedió en Bec en el cargo de prior, que ocupó durante quince años, 1063-78. Luego Herlwin, fundador y abad, murió, y durante quince años más Anselmo gobernó la casa como abad, 1078-93.
Prior y abad de Bec.
Fue durante este período de treinta años que sus poderes se desarrollaron hasta la plenitud. Si Lanfranco era un hombre de gran talento, Anselmo era un hombre de elevado genio. Tanto moral como intelectualmente su carácter era de la clase más enaltecida. No solo tenía ternura, amplitud de simpatía y simplicidad de propósito transparente, sino también profundos y originales poderes de pensamiento. Al tener una fe absoluta e inquebrantable en la Sagrada Escritura, no dejó de aplicar a ella toda la fuerza de su razón, y por lo tanto estuvo capacitado, en palabras de su biógrafo Eadmer (Vita, i.9), para penetrar y desentrañar algunas de las cuestiones más intrincadas y, antes de su tiempo, sin resolver sobre la naturaleza de Dios y la fe. Todo el día entre las horas de oración lo consumía a menudo en dar consejos orales o por carta a personas, muchas de ellas de alto rango, que le consultaban sobre cuestiones de fe o conducta; y la mayor parte de la noche la pasaba ya sea en corregir los libros del monasterio (que hasta ese momento Eadmer dice eran los peor escritos del mundo), o en meditación y ejercicios devocionales. No se arredró ni siquiera por la monotonía de instruir a los muchachos en los rudimentos de la gramática, aunque se dio cuenta (Epist., I, 55) de que le era una tarea molesta. Pero la obra que más le gustaba era la de moldear la mente y carácter de los jóvenes, para lo cual era eminentemente apto por su afectuosa dulzura y simpatía que ganó sus corazones, por su profunda piedad y su poderoso intelecto, por su carácter agudo y discerniente y su sabiduría práctica que sugería normas para la conducta moral. Comparaba la etapa de la juventud con la cera adaptable para el sello. Si la cera es demasiado dura o demasiado blanda, no dejará una impresión clara. La juventud, al estar entre los dos extremos, es un compuesto apropiado de suavidad y dureza, que puede recibir impresiones duraderas y modelarse en cualquier forma. Similar comparación le dio en consejo a un abad, que se quejaba de la dificultad de enseñar a los muchachos en su monasterio. Eran incorregiblemente perversos, dijo el abad, y aunque golpeados continuamente día y noche se volvían peores. 'Les golpeas, ¿verdad?' dijo Anselmo; '¿Y qué tipo de criaturas esperas que sean cuando crezcan?' 'Torpes y brutales', fue la respuesta. 'Eres muy desafortunado', dijo Anselmo, 'si solo logras convertir a los hombres en bestias.' '¿Pero qué podemos hacer entonces?' respondió el abad; 'les obligamos de todas las maneras posibles, pero sin resultado.' '¡Obligarlos, mi señor abad! Si plantaras un brote joven en tu jardín, y luego lo rodeases por todos lados de manera que no pudiera extender sus ramas, ¿no se convertiría en algo extrañamente deforme cuando finalmente lo dejaras libre y todo por tu culpa? De ese modo estos muchachos han sido plantados en el jardín de la Iglesia para crecer y dar fruto para Dios. Pero los coartas tanto con amenazas y castigos que contraen toda clase de malos modales y obstinadamente se resienten de toda corrección.' Después de esto, el abad, con un suspiro, confesó que su método de educación había sido todo erróneo, prometiendo cambiarlo (Eadmer, Vita, I. 29-31).
El propio tacto de Anselmo al tratar con los jóvenes queda ilustrado por su trato con un joven monje llamado Osbern, quien era listo pero testarudo, erigiéndose en dirigente de una pequeña facción que se había resentido por el nombramiento de Anselmo como prior. Anselmo primero lo ablandó con suavidad y pequeñas indulgencias. Habiendo ganado así su afecto, retiró gradualmente las indulgencias y lo sometió finalmente al rigor completo de la disciplina monástica, incluso hasta el punto de castigarlo con azotes. Osbern resistió todas estas pruebas e incluso las burlas de sus compañeros, haciéndose sumamente querido al prior, que se regocijó por su constante crecimiento en bondad. Pero después de un tiempo fue atacado por una enfermedad mortal. Anselmo lo cuidó noche y día. Cuando el final se acercaba, Anselmo le encargó, si era posible, se le revelara después de muerto. Osbern lo prometió y falleció. Cuando el cuerpo fue colocado en la iglesia y los hermanos estaban cantando los salmos, Anselmo se retiró a un rincón del edificio para llorar y orar en secreto, y al final, dominado por el cansancio y la tristeza, se durmió. En su sueño, vio ciertas formas de muy reverendo aspecto, vestidas con las más blancas prendas, entrar en la habitación donde Osbern había muerto y sentarse en círculo como para juzgar. En ese momento entró Osbern, pálido y demacrado. Anselmo le preguntó cómo le fue. 'Tres veces', dijo Osbern, 'se alzó la antigua serpiente contra mí, tres veces caí hacia atrás, y tres veces el boyero del Señor me libró.' Entonces Anselmo despertó y se consoló (Eadmer, Vita, i. 13-16). El recuerdo de Osbern nunca desapareció de su mente. Durante todo un año ofreció una misa diaria por el alma de Osbern y en una de sus cartas a su amigo Gundulfo, obispo de Rochester (Ep. i. 4), le escribe: 'Donde esté Osbern, su alma es mi alma; ¡adiós! ¡adiós! Te ruego, te ruego, te ruego, me recuerdes y no olvides el alma de Osbern mi amado, y si eso te parece demasiado, olvídate de mí y recuérdale a él.'
A pesar de su poderosa influencia, Anselmo se abstenía con gran reticencia de la responsabilidad de gobernar a otros. Cuando fue elegido por unanimidad abad de Bec a la muerte de Herlwin, suplicó a los hermanos apasionadamente que le liberaran de la responsabilidad; y fue solo por deferencia a su persistencia y a la autoridad del arzobispo de Rouen que finalmente cedió. Como abad, entregó la mayor parte de los asuntos seculares de la casa a los internos en los que podía confiar, dedicándose al estudio, meditación e instrucción de otros. Pero si el monasterio se veía envuelto en cualquier demanda de importancia, tomaba la precaución de estar presente en el tribunal, con el fin de impedir cualquier argucia practicada por su propia parte; pero si la otra parte usaba la astucia y sofistería, no prestaba atención, ocupando el tiempo analizando algún pasaje de la Escritura o alguna cuestión de ética, o tranquilamente se iba a dormir. Sin embargo, si los agudos argumentos de sus oponentes eran sometidos a su juicio, rápidamente detectaba las fallas en ellos y los hacía pedazos como si hubiera estado despierto y escuchando todo el tiempo (Eadmer, Vita, i. 37). También se vio ocasionalmente obligado a visitar las propiedades de la casa en varias partes de Normandía y Flandes. Estos viajes le llevaron a estar en contacto con personas de todos los rangos y condiciones y muchos se dieron a sí mismos y sus propiedades al monasterio. Nunca aceptó nada para sí mismo (Eadmer, Vita, i. 33). Visitó Inglaterra poco después de convertirse en abad, no solo para cuidar las posesiones inglesas de su casa, sino también para ver a Lanfranco, ahora primado. Fue recibido con gran respeto en Canterbury y, después de dirigirse a los monjes de Christ Church, fue admitido como miembro de la casa. Allí comenzó su amistad con Eadmer, uno de los internos, que se convirtió en su amigo y biógrafo más respetado. Él recogió la gran impresión que Anselmo hizo en Canterbury por la maravillosa manera en que discurría y por su conversación privada. Su gran corazón también se manifestó en esta ocasión en su decisión sobre un caso que le presentó el obispo. Lanfranco dijo a Anselmo que dudaba de la pretensión de martirio de uno de sus predecesores, el arzobispo Ælfeah, porque, aunque los daneses lo habían asesinado, no murió en defensa de ninguna verdad religiosa. Anselmo, sin embargo, sostuvo que dado que Ælfeah murió en lugar de obtener un rescate sacrificando sus principios, había muerto por causa de la justicia, y que el que había muerto por la justicia ciertamente habría muerto por Cristo mismo, y por lo tanto, tenía pleno derecho a los honores del martirio (Eadmer, Vita, i. 41-44).
La ternura casi femenina de la naturaleza de Anselmo apareció en su tratamiento hacia los animales, que consideraba producto de la mano de Dios. Y, como en el amor a los animales por su prole, vio un emblema del amor de Dios por el hombre, así en cualquier crueldad hacia los animales por parte del hombre vio una figura de la malicia del diablo y su odio a todas las criaturas de Dios. Por eso, un día viendo un pájaro maltratado por un niño que tenía una cuerda sujeta a su pata y le dejaba volar un poco para volver a tirar, le hizo soltarlo, diciendo que era la manera en la que el diablo trataba a sus víctimas. Así que, cuando una liebre corrió a refugiarse bajo las patas de su caballo, y los cazadores se agolparon con ruidoso deleite ante su captura, estalló en lágrimas y les prohibió tocarla, diciendo que era una imagen apropiada del alma del hombre, que al salir del cuerpo, era asediada por los espíritus malignos que la habían perseguido durante toda la vida. Así no se atrevieron los perros ni los cazadores a tocar la liebre (Eadmer, Lib. de Similitudinibus S. Ans. 189, 190).
Guillermo el Conquistador recibió su herida mortal en 1087. En presencia de Anselmo se dice que quien para la mayoría de los hombres parecía duro y terrible, se volvió tan suave que los presentes estaban asombrados (Eadmer, Vit. Ans. i. 47). Y mientras moría en la abadía de San Gervasio, Rouen, envió a Anselmo para confesar su dolorida conciencia. Anselmo vino de Bec. Pero Guillermo no lo vio durante unos días, considerando que mejoraría. Mientras tanto Anselmo mismo cayó enfermo, y antes de que se hubiera recuperado, el rey murió (Eadmer, Hist. Nov. 1, 17 c). Pero Anselmo estuvo presente en las extrañas y terribles escenas en las que el cuerpo del Conquistador fue depositado en la catedral de San Esteban en Caen.

ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Primer encuentro con Willian Rufus.
Tras la muerte de Lanfranco, la sede de Canterbury permaneció vacante durante más de tres años y sus tierras fueron cultivadas por los mejores postores. La nación entera quedó conturbada por esta desvergonzada expoliación de la sede metropolitana, deseando ver al hombre designado para ella, quien, en sus visitas a Inglaterra, se ganó los corazones de todos, al no tener quien lo superara en el cristianismo en piedad y saber. Pero el rey le daba lo mismo. Mientras tanto, en 1092 Hugo de Avranches, conde de Chester, invitó a Anselmo a Inglatera para que lo ayudara en la tarea de sustituir monjes por canónigos en la catedral de St. Werburgh en Chester. Pero Anselmo, habiendo oído el rumor que lo situaba en la primacía y temiendo que los motivos de su visita pudieran ser malinterpretados, se negó a ir; pero al final se sintió obligado a ceder a las urgentes súplicas del conde, que le dijo que estaba mortalmente enfermo y que si Anselmo no venía, la paz de su alma en el mundo futuro podría verse perturbada para siempre. El capítulo de Bec lo alentó a ir, con el fin de aclarar las exacciones de su propiedad inglesa. Zarpó de Boulogne, donde se había quedado con la condesa Ida, y llegó a Canterbury el 8 de septiembre, víspera de la Natividad de la Virgen, pero siendo saludado por los monjes y el pueblo como su futuro arzobispo, se marchó a primera hora de la mañana siguiente. En su camino a Chester, visitó la corte, donde fue recibido con gran honor, incluso por el propio rey. Anselmo pidió una entrevista privada, en la cual reprendió al rey por las cosas malvadas que se decían había hecho. Parece que William rechazó la acusación con una sonrisa, diciendo que no podía evitar los rumores y que Anselmo no debía creer en ellos. Se separaron y Anselmo fue a Chester. Allí encontró al conde Hugo restablecido en su salud y después de pasar algunos meses resolviendo la nueva constitución de St. Werburgh, quiso regresar a Normandía; pero el rey no le dejó ir. En su fuero interno tal vez pensó que Anselmo secretamente deseaba la primacía y que incluso podía ser inducido a pagar un precio por ella. Mientras tanto, la asamblea a mitad del invierno, celebrada en Gloucester, había aprobado una resolución en la que se pedía al rey que permitiera que se ofrecieran oraciones en todas las iglesias para que Dios pusiera en su corazón designar a algún hombre para la sede vacante. El rey asintió, pero dijo con tono desafiante: 'Rezad lo que queráis; ninguna oración humana sacudirá mi propósito.' Anselmo estaba obligado a efectuar la oración. Después de la asamblea, el rey fue a la sede real en Alvestone, cerca de Gloucester, donde uno de sus nobles le habló un día de las virtudes de Anselmo, quien era un hombre que sólo amaba a Dios, no queriendo nada perteneciente a este fugaz mundo. '¿Ni siquiera el arzobispado?' dijo William con una mueca de desprecio. 'No, ni siquiera eso', respondió el noble, 'y muchos piensan como yo.' Sin embargo, el rey sostuvo que si Anselmo tuviera la menor posibilidad, se apresuraría a tomarlo, pero 'por la santa faz de Lucca', añadió, 'ni él ni ningún otro será arzobispo, salvo yo mismo.'

Poco después, el rey se puso muy enfermo. Fue trasladado a Gloucester; los laicos nobles, obispos y otros grandes hombres visitaron al enfermo y, según se pensaba, moribundo, exhortándole a compensar los errores que había infligido a la nación, y especialmente a la Iglesia. Pero los consejeros del rey sintieron la necesidad de alguien en este momento crítico, que tuviera una especial destreza en despertar la conciencia y ministrar las enfermedades del alma. Nadie había comparable a Anselmo, y él, inconsciente de la enfermedad del rey, estaba de paso no lejos de Gloucester. Fue traído con premura. Oyó y aprobó el consejo ya dado al rey, siendo llevado al lecho del pecador real; le pidió que hiciera una clara confesión de sus fechorías, ordenándole solemnemente una enmienda si se recuperaba y prontamente la ejecutara. El rey confesó y prometió que si se recuperaba, gobernaría con justicia y misericordia. Tomó a los obispos por testigos de su promesa y que la escribieran ante el altar. Además, se emitió una proclama bajo el sello real, prometiendo todo tipo de reformas, eclesiásticas y civiles. Pero los grandes hombres del reino le insistieron en el deber de probar su arrepentimiento haciendo una justicia inmediata a la largamente vacante sede de Canterbury. El enfermo mostró su disposición. Se le pidió que nombrara al hombre a quien consideraba digno de tal cargo. Levantando con esfuerzo su mano en la cama y señalando a Anselmo, dijo: 'Elijo a ese hombre" (Will. Malm. Gest. Pont. I 48). Un estallido de alegría resonó en la habitación. Cuando Anselmo lo oyó, tembló y se puso pálido y cuando los obispos trataron de llevarlo al lado del rey para recibir el báculo, se resistió con toda su fuerza. Los obispos lo tomaron aparte y le reconvinieron. Anselmo declaró que era un anciano, no estaba acostumbrado a los asuntos del mundo y no estaba preparado para los deberes de tal cargo abrumador. Además, era súbdito de otro reino, y le debía lealtad no solo al duque de Normandía, sino también al arzobispo de Rouen y al capítulo de su propia abadía. Sin embargo, a todas estas súplicas no le dieron importancia y una vez más fue llevado al lado de la cama del rey, quien le pidió por la amistad con su padre y su madre que cediera al deseo general. Anselmo fue inflexible. A instancias del rey, se postraron a sus pies, pero Anselmo también se postró y no pudo ser persuadido. Entonces perdieron la paciencia y le empujaron y arrastraron hasta la cama del rey. El rey le presentó el báculo pastoral; ellos extendieron la mano de Anselmo para tomarlo, pero él mantuvo su mano fuertemente cerrada, obligándole ellos a abrirla hasta que lloró en voz alta de dolor. Finalmente lograron inmovilizar su dedo índice, poniendo el báculo entre ese y los otros dedos apretados. Anselmo fue llevado, más que guiado, a la iglesia vecina, todavía protestando y exclamando: 'No hay nada que hacer.' 'Habría sido difícil', dice en una carta a los monjes de Bec, 'para un observador decir si un hombre cuerdo estaba siendo arrastrado por una multitud de locos o si los cuerdos estaban arrastrando a un loco' (Ep. iii. 1). Después de una ceremonia en la iglesia, Anselmo regresó con el rey y renovó su protesta en forma de profecía: 'Te digo, mi señor rey, que no morirás de esta enfermedad; por lo tanto, puedes deshacer lo que has hecho en mi caso, pues no he consentido, ni ahora consiento, en la ratificación.' Luego, volviéndose a los obispos, les dijo que no sabían lo que estaban haciendo; estaban atando un toro indomable con una débil oveja vieja al arado de la Iglesia, que debía ser trabajado por dos bueyes fuertes. Estalló en lágrimas y, desfallecido por la fatiga y la angustia, se retiró a su alojamiento. (Eadmer, Vit. Am. Li. 1, 2; Hist. Nov. i. 18, 19). Todo esto tuvo lugar el primer día de Cuaresma, 6 de marzo de 1093. El rey dio órdenes de que Anselmo recibiera sin demora las posesiones temporales de la sede, lo que significaba que residiría en alguno de los feudos arzobispales bajo el cuidado de su amigo Gundulfo, obispo de Rochester. El consentimiento de Roberto, duque de Normandía, y del arzobispo de Rouen al nombramiento de Anselmo fue obtenido fácilmente, aunque los monjes de Bec eran muy reacios a separarse de su amado abad, siendo después de un largo debate y por una exigua mayoría que aceptaron el nombramiento (Epist. iii. 3, 6).
Mientras tanto, el rey Rufus se recuperó y se arrepintió de su arrepentimiento. Su postrer estado fue peor que el primero, y el mal que había hecho antes, pareció ser bueno en comparación con el mal que hizo ahora. Y cuando el obispo Gundulfo le reprendió, él hizo su juramento favorito, por la santa faz de Lucca, que nunca más compensaría con el bien el mal que Dios le había hecho (Eadmer, Hist. Nov. I. 19 b). Sin embargo, no revocó el nombramiento de Anselmo.
En el transcurso del verano de 1093 William, al regresar de una conferencia en Dover con el conde de Flandes, se encontró con Anselmo en Rochester. Anselmo le dijo entonces que todavía dudaba si aceptaría el arzobispado, pero que si lo hacía debía ser bajo tres condiciones: (1) que todas las tierras pertenecientes a la sede de Lanfranco deberían restaurarse sin ningún tipo de litigio o disputa, (2) que el rey debía hacer justicia respecto a las tierras sobre las cuales la sede tenía derechos desde tiempo inmemorial, (3) que en asuntos pertenecientes a Dios, debería tomarlo por su consejero y padre espiritual, ya que él por su parte reconocería al rey como su señor terrenal. Por último, advirtió al rey que de los pretendientes rivales al papado, Clemente y Urbano, él mismo, en unión con toda la Iglesia normanda, había reconocido a Urbano, y a esta elección debía adherirse. El rey tomó consejo con el conde Roberto de Meulan y William de St. Calais, obispo de Durham, un prelado que había sido desterrado unos años antes por apelar al papa contra un juicio del rey y del consejo por un cargo puramente temporal, pero que aparece durante toda la negociación con Anselmo como uno de los partidarios más entusiastas de la supremacía real (Freeman, Will. Rufus, i. ch. 2). El rey le pidió a Anselmo que repitiera su declaración ante la audiencia de estos consejeros, y después de consultar con ellos, respondió que restauraría todas las tierras que habían pertenecido a la sede en tiempos de Lanfranco, pero sobre los demás puntos se reservaba su juicio.
Unos días después llamó a Anselmo a Windsor, y le rogó que aceptara la primacía a la que fue llamado por la elección de todo el reino (Eadmer, Hist. Nov. i. 371). Es notable que ni en este punto de la historia ni en ningún otro hay un registro distintivo de ninguna elección formal, ya sea por los monjes en Canterbury o por el consejo. Las expresiones en ese sentido parecen emplearse en un sentido vago y retórico y no significan más que el deseo general de que el arzobispado pudiera ser conferido a Anselmo y la aprobación unánime del nombramiento. Hay que suponer o bien que, dado que el deseo general en favor de Anselmo era notorio, una elección formal se consideraba innecesaria, o que, si tuvo lugar, por la misma razón los cronistas consideraron inútil hacer cualquier tipo de mención a ella. Con la petición de que Anselmo aceptara la primacía, el rey planteaba una nueva dificultad. Algunas tierras de la sede arzobispal mantenidas por ingleses al servicio de caballeros antes de la conquista normanda habían ido a parar a manos del señor por falta de herederos durante el mandato de Lanfranco. De hecho, se habían convertido en tierras señoriales de la sede, pero durante la vacante el rey las había convertido en feudos militares, y ahora arbitrariamente mandó a Anselmo a la corte del rey para que este arreglo pudiera hacerse permanente. Pero Anselmo se negó; supondría, pensó, un perjuicio para la Iglesia que el rey, como defensor, no tenía derecho a infligir, y que él mismo, como fiduciario, no tenía derecho a permitir. Aceptar el arzobispado en tales términos sería muy parecido a una transacción simoníaca. El rey estaba tan irritado por la negativa, que Anselmo comenzó a esperar que, después de todo, podría eludir la carga del puesto que tanto había temido (Ep. iii. 24).
Pero no sería así. Toda la nación se enfureció por la recaída del rey en una conducta malvada, estando determinados a obligarle, si era posible, a una renovación de las promesas que había hecho durante su enfermedad en Gloucester. Se celebró un consejo especial en Winchester, en el que el rey renovó solemnemente sus promesas. Anselmo fue persuadido a aceptar al arzobispado y prestó homenaje según la costumbre. La orden real fue emitida, anunciando que el rey había otorgado el arzobispado a Anselmo con todos los derechos, poderes y posesiones que le pertenecían a la sede, y con todas las libertades sobre todos sus hombres, y los privilegios que el rey Eduardo había otorgado a la iglesia (Eadm. Hist. Nov. i. 372; Foedera, i. 5). Estas últimas palabras parecen implicar que el punto disputado en Windsor le fue concedido a Anselmo. El 5 de septiembre de 1093, Anselmo fue entronizado en Canterbury en medio de una alegre multitud. Pero la solemnidad y festividad del suceso se vio perturbada por alguien cuya presencia era un siniestro presagio de futuros problemas. Para indignación de todos, el insolente Ralph Flambard aprovechó esta extraña oportunidad para presentar una demanda en nombre del rey contra el primado. El objeto del escrito no está indicado; sólo se nos dice que se trataba de un asunto en el que el tribunal del rey no tenía nada que hacer (Eadm. Hist. Nov. i. 372).
El 4 de diciembre Anselmo fue consagrado por Thomas de Bayeux arzobispo de York, asistido por todos los obispos de la provincia meridional, excepto Wulfstan de Worcester, Herbert de Thetford y Osbern de Exeter. Según el antiguo ritual, el libro de los evangelios, abierto al azar, se colocó en los hombros del prelado recién consagrado y el pasaje en el que se abría se tomaba como una especie de presagio de su episcopado. El pasaje que entonces se leyó fue: 'Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: "Venid, que ya está todo preparado." Y todos a una comenzaron a excusarse.'
Enfrentamiento con William Rufus.
La convocatoria de Navidad de 1093 se celebró en Gloucester. Anselmo asistió, siendo calurosamente recibido, no solo por la nobleza del reino, sino por el propio rey. En esta reunión se consideró un mensaje hostil de Roberto, duque de Normandía, decretándose la guerra. Como de costumbre, la gran necesidad era el dinero. Los hombres principales ofrecieron sus contribuciones y Anselmo ofreció 500 libras de plata. El rey aceptó el obsequio gratamente, pero algunas personas malignas alegaron que debería haber recibido una suma mucho mayor, dos mil, o mil libras al menos. Por lo tanto, se mandó un mensaje a Anselmo diciendo que su ofrecimiento había sido rechazado. Anselmo procuró una audiencia con el rey y le rogó que aceptara la contribución, que, aunque era la primera, no sería la última. Un donativo, por pequeño que fuera, era mucho más valioso que uno mucho más grande que fuera exigido a la fuerza. El rey sintió que esta observación era como una reprimenda por sus exorbitantes métodos de recaudar dinero y enojado le dijo: 'Quédate con tu reprimenda y tu dinero. Tengo suficiente. ¡Márchate!' Anselmo se fue, agradecido, después de todo, porque el donativo había sido rechazado, pues nadie podría ahora insinuar que su donativo era un precio acordado por el arzobispado. Se le ordenó que duplicara la suma, pero se negó firmemente y otorgó su despreciado donativo a los pobres. Así terminó la reunión de mitad del invierno; Anselmo se fue a su posesión en Harrow, donde consagró una iglesia construida por Lanfranco. Su derecho fue disputado por Maurice, obispo de Londres, en cuya diócesis se encontraba. La cuestión fue referida al anciano Wulfstan, obispo de Worcester (Epist. iii. 19), quien se decidió en favor de Anselmo, declarando que los primados siempre habían ejercido derechos espirituales libres en todas sus casas, dondequiera que estuvieran (Eadm. Hist. Nov. 372-5). El 2 de febrero de 1094, las fuerzas destinadas a la invasión de Normandía fueron acuarteladas en Hastings. Anselmo y otros obispos se reunieron allí para invocar una bendición sobre la expedición. La partida del ejército se retrasó durante más de un mes por vientos contrarios. Durante este intervalo, el 11 de febrero, Anselmo, asistido por siete obispos, consagró la iglesia de la gran abadía que el difunto rey, en cumplimiento de su voto, había erigido sobre el terreno donde había ganado su victoria sobre Harold. En un acto religioso, al menos, los dos desiguales compañeros de yugo, el feroz toro y la gentil oveja, William, el pecador, y Anselmo, el santo, tomaron parte juntos ante el altar de 'St. Martin del lugar de la batalla'.
El 12 de febrero Anselmo consagró a Robert Bloet obispo de Lincoln en la capilla del castillo de Hastings, y el primer día de Cuaresma presidió la ceremonia de rociar las cenizas, predicando un sermón en el que aprovechó la oportunidad para reprender a los jóvenes cortesanos por su afectado andar, su afeminada vestimenta y hábitos, y especialmente por llevar el pelo largo, negándose a dar las cenizas de la penitencia o la absolución a aquellos que no abandonaran estas costumbres. Tenía buenas razones para atacarlos, ya que eran los signos externos de un grosero y detestable vicio, que Anselmo dice en una de sus cartas (iii. 62) se había vuelto tan común que muchos lo practicaban sin ninguna conciencia de pecado. El rey mismo era adicto; sin embargo, Anselmo intentó obtener su ayuda para reprimirlo. En una de las entrevistas diarias que parece haber tenido con William en Hastings, le dijo francamente que si esperaba una bendición para su expedición a Normandía u otra empresa, debía ayudar a restablecer la cristiandad, que casi había perecido en la nación. Por tanto, le pidió permiso para celebrar un sínodo nacional de obispos, que sería un remedio en Inglaterra y Normandía para los males eclesiásticos y morales. William respondió que convocaría un concilio a su propio deseo, no el de Anselmo; y le dijo con mofa: '¿De qué hablarás en tu concilio?' 'Del pecado de Sodoma', respondió Anselmo, 'por no hablar de otros detestables vicios que se han vuelto desenfrenados. Solo deja que el rey y el primado unan su autoridad y este nuevo y monstruoso crecimiento del mal puede ser erradicado.' Pero el corazón del rey Rufus estaba endurecido y preguntó: '¿Y qué bien resultará de este asunto para ti?' 'Para mí, tal vez, nada', respondió Anselmo, 'pero algo, espero, para Dios y para ti mismo.' '¡Basta!' respondió el rey; 'no me hables más sobre este asunto.' Anselmo obedeció, pero habló de otro mal, el daño hecho a la religión por las prolongadas ausencias en las abadías. Esto afectaba al rey en dos de sus acariciados puntos, su avaricia de dinero y sus derechos reales. '¿Qué?', estalló, '¿son los abadías para ti? ¿No son mías? ¿Podrás hacer lo que quieras con tus posesiones y no haré como yo quiera con mis abadías?' 'Las abadías', respondió Anselmo, 'son tuyas para protegerlas como su defensor, no para esquilmarlas y destruirlas. Pertenecen a Dios y sus ingresos están destinados al apoyo de sus ministros, no de sus avaros.' 'Tus palabras son muy ofensivas para mí', dijo el rey, 'tu predecesor nunca se atrevió a hablarle así a mi padre. No haré nada por ti.' Entonces, Anselmo, viendo que sus palabras se las llevaba el viento, se levantó y se marchó. Pero quedó profundamente afligido por esta pérdida del favor real, porque sabía que sin el rey no podría efectuar las reformas en las que había puesto su corazón. Envió a los obispos al rey para suplicarle que lo mantuviera en su amistad, o, al menos, les dijera por qué no la quería. Los obispos regresaron, diciendo que el rey no le acusaba de nada, pero que no le mostraría ningún favor, porque 'no escuchaba lo que debería.' Anselmo preguntó qué significaban esas palabras. 'El misterio', replicaron los obispos, 'es claro. Si quieres la paz con él, debes darle una gran cantidad de dinero. Ofrécele de nuevo las 500 libras que rechazó y prométele más, procedente de tus arrendatarios.' Anselmo indignado rechazó tal método. Sería un precedente desastroso para comprar la ira del rey. Los obispos lo instaron, al menos, a que repitiera la oferta de 500 libras, pero Anselmo se negó a dar nuevamente lo que una vez fue rechazado; además, dijo que se lo había prometido a los pobres, y que la 'parte mayor ya había sido entregada.' Sus palabras llegaron al rey, quien contestó: 'Ayer lo odié mucho, hoy lo odio más, y mañana y en adelante lo odiaré con un odio aún mayor. No lo apoyaré más como padre y arzobispo, y sus bendiciones y sus plegarias las aborrezco y desprecio por completo. Dejadlo ir donde quiera y no os demoréis más en bendecir mi viaje.' 'Por lo tanto, abandonamos rápidamente la corte', dice Eadmer, quien desde ese momento se convirtió en su compañero constante, 'y abandonó al rey a su voluntad' (Hist. Nov. i. 379 b). William pasó a Normandía a mediados de marzo. Gastó mucho y ganó poco en su campaña, regresando a Inglaterra el 28 de diciembre de 1094.
Concilio en Rockingham.
Anselmo aún no había recibido su palio del papa, que, aunque no se consideraba esencial para la validez de las funciones arzobispales, se consideraba una insignia imprescindible de la autoridad metropolitana y Anselmo había estado un año entero en el cargo sin recibirlo. En algún momento, en febrero de 1095, fue a Gillingham, cerca de Shaftesbury, donde el rey mantenía la corte, y le pidió permiso para ir a Roma en busca de su palio. El papado ahora era reclamado por dos rivales, Urbano y Clemente. Normandía había reconocido a Urbano. Inglaterra aún no lo había reconocido. William le preguntó a Anselmo de cuál de los dos pensaba obtener su palio. 'De Urbano', fue la respuesta, y le recordó al rey lo que le dijo en Rochester, que él, cuando era abad de Bec, había prometido lealtad a Urbano y no podía apartarse de ella. Sin embargo, William sostenía que Anselmo no podía obedecer al papa contra la voluntad del rey, por la lealtad que le debía a él mismo. Todavía no había reconocido a Urbano y no era ni su costumbre ni la de su padre permitir que nadie en Inglaterra reconociera a ningún papa sin su permiso. Anselmo consideró que el rey no tenía derecho a forzar a nadie a renunciar a una elección hecha antes de convertirse en súbdito. Sin embargo, el conflicto entre las pretensiones del rey y del papa sobre su obediencia era de tal calibre que solo, pensó, podía ser resuelto por el gran concilio de la nación. Hizo una petición para tal concilio, y la solicitud le fue concedida. Una gran asamblea de los jefes de la Iglesia y el Estado fue convocada para el domingo 11 de marzo de 1095 en el castillo real de Rockingham, en las fronteras de Leicestershire y Northamptonshire. Una multitud de obispos, abades, nobles, monjes, clérigos y laicos se reunieron a una hora temprana en el castillo. El rey y un grupo de consejeros privados se sentaron en una sala separada; un mensajero iba y venía entre ellos y la asamblea general, que parece haber estado ya sea en la capilla del castillo o en el gran salón que podía haberse abierto.
El propio Anselmo abrió el procedimiento con una alocución; los obispos vinieron de la cámara real para escucharlo. Explicó el objetivo de la asamblea, que debía decidir si existía alguna incompatibilidad real entre su lealtad al rey y su obediencia a Urbano. Los obispos, que, a lo largo de estas transacciones, aparecían como cortesanos tímidos y obsequiosos, respondieron que el arzobispo era demasiado sabio y bueno como para necesitar consejo de ellos; pero, en cualquier caso, ningún consejo podían darle a menos que primero se sometiera absolutamente a la voluntad del rey. Ellos dieron cuenta al rey del discurso y éste levantó la sesión hasta el día siguiente.
Sin embargo, el lunes, Anselmo, sentado en medio de la asamblea, preguntó a los obispos si ya estaban listos con sus consejos. Pero tenían la misma respuesta que dar. Entonces Anselmo habló en tono solemne, con los ojos alzados y el semblante airado: 'Puesto que vosotros, los pastores del pueblo, que sois llamados los dirigentes de la nación, no me dais ningún consejo a mí, vuestra cabeza, salvo por la voluntad de un hombre, iré al Jefe de los pastores y Cabeza de todos, al Ángel del gran consejo, y seguiré el consejo que reciba de él en mi causa, es decir, en su causa y la de su Iglesia. El que declaró que la obediencia se debía a San Pedro y los otros apóstoles, y por medio de ellos a los obispos, diciendo: "El que os desecha a vosotros, a mí me desecha", también enseñó que las cosas de César debían ser entregadas a César. Con esas palabras me quedo. En las cosas que son de Dios daré la obediencia al vicario del bendito Pedro; en lo tocante a la dignidad terrenal de mi señor el rey, le daré, con lo mejor de mi capacidad, buenos consejos y ayuda.' Los cobardes obispos no pudieron contradecir las palabras de Anselmo, pero tampoco se atrevieron a llevarlas al rey. Entonces Anselmo fue a la cámara real y las repitió en presencia de William. El rey estaba muy enojado y consultó con los obispos y nobles acerca de la respuesta que debía darle. Su perplejidad era extrema. Se dividieron en pequeños grupos, cada uno discutiendo cómo se podría elaborar alguna respuesta. Mientras tanto, Anselmo, después de haberse retirado al lugar de la asamblea, apoyó la cabeza contra la pared y se quedó dormido. Finalmente fue despertado por un grupo de obispos y señores laicos que traían un mensaje del rey. Quería una respuesta inmediata de Anselmo. Los obispos aconsejaron a Anselmo que abandonara su obediencia a Urbano y se sometiera, como había hecho el arzobispo de Canterbury, a la voluntad del rey en todo. Anselmo respondió que ciertamente no renunciaría a su obediencia al papa, pero como el día ya había pasado, pidió permiso para reservar su respuesta hasta el día siguiente. Los obispos sospechaban que esto significaba que estaba dudando o que no sabía qué decir. El astuto e inescrupuloso William de St. Calais, obispo de Durham, que era el dirigente de los obispos del lado del rey, pensó que ahora podría arrinconar a Anselmo, jactándose ante el rey que forzaría al primado ya sea a renunciar a la obediencia al papa o a renunciar al báculo y anillo arzobispal. Esto cuadraba con los deseos del rey. Entonces el obispo de Durham y su facción se apresuraron a volver a Anselmo y le informaron que no se le concedería ninguna demora a menos que volviera a investir al rey con la dignidad imperial que le había robado, al haber nombrado papa al obispo de Ostia sin su autoridad. Anselmo, después de haber escuchado pacientemente este discurso perentorio, contestó con calma: 'Quienquiera que desee probar que violé mi lealtad a mi soberano terrenal, porque no voy a renunciar a mi obediencia al soberano pontífice de la Iglesia de Roma, que dé un paso al frente y me encontrará listo para responder lo que debo y donde debo.' Estas últimas palabras desconcertaron al obispo y al rey, ya que entendieron que quería decir que, como arzobispo de Canterbury, no podía ser juzgado por nadie excepto por el papa, una doctrina que nadie estaba dispuesto a negar. Mientras tanto, un murmullo de simpatía por Anselmo surgió de la multitud congregada. Un soldado dio un paso adelante y, arrodillándose ante el arzobispo, le dijo: 'Mi señor padre, tus hijos te suplican, por mi medio, que no te inquietes, sino que tengas en cuenta cómo el bendito Job, en su estercolero, venció al diablo y vengó a Adán, que había sido vencido en el paraíso.' Anselmo recibió agradecido este extraño discurso de un hombre honesto, porque le aseguraba que tenía la buena voluntad del pueblo. Los obispos derrotados volvieron al rey, quien los cargó con reproches. Al día siguiente, martes, Anselmo tomó una vez más asiento, esperando el mensaje del rey. Los consejeros estaban perplejos. Incluso William de St. Calais no tenía nada que recomendar sino la fuerza. El báculo y el anillo podían serle quitados al primado y ser expulsado del reino. Pero esta sugerencia no complació a los nobles laicos. Sería un extraño precedente si el primer vasallo del reino fuera privado de su feudo a voluntad del rey. William, furioso, les dijo que no iba a soportar un igual en su reino; si la propuesta del obispo de Durham no les agradaba, que consultaran y dijeran lo que harían; porque, por la faz de Dios, si no condenaban a Anselmo, él los condenaría a ellos. El conde Roberto de Menlan habló entonces: 'En cuanto a nuestro consejo, no sé qué decir; pues cuando hemos estado haciendo planes todo el día y considerando cómo podemos llevarlos a cabo, el arzobispo inocentemente se va a dormir, y luego, cuando se les presentan, con un soplo de sus labios los deshace como si fueran telarañas.' Entonces el rey se volvió a los obispos, pero no tenían ninguna sugerencia que hacer. Anselmo era su primado y no tenían poder para juzgarlo o condenarlo, incluso si se hubiera probado algún crimen en su contra. El rey entonces propuso que al menos le podían retirar su obediencia y relaciones fraternales. Y a esta extraña sugerencia tenían fundamento para acceder. Acompañados por algunos abades, anunciaron su intención a Anselmo y le informaron que el rey también le retiraba su confianza y protección, y que ya no lo tendría por arzobispo o padre espiritual. Anselmo respondió mansamente que hacían mal en retirarle su lealtad, pero él se negaba a retirar la suya al sucesor del jefe de los apóstoles. Aunque el rey le retiraba toda protección, él no dejaría de preocuparse por el alma del rey; conservaría el título, poder y cargo de arzobispo, cualquiera que fuera la opresión que tuviera que sufrir. William entonces intentó que los señores laicos abandonan al arzobispo, diciendo: 'Nadie será mi hombre si escoge ser suyo', a lo que los nobles respondieron que como nunca fueron hombres del arzobispo, no había lealtad que retirar; 'no obstante', dijeron, 'es nuestro arzobispo; a él le pertenece el gobierno del cristianismo en esta tierra, y en este sentido no podemos, mientras vivamos aquí como cristianos, rechazar su guía.' William disimuló su ira, porque tenía miedo de ofender a los nobles, cuya varonil declaración puso la cobarde conducta de los obispos en evidencia. El rey reforzó su control sobre esos miserables servidores, requiriendo una renuncia incondicional de su obediencia a Anselmo, extrayendo más dinero de ellos para recomprar su favor. Mientras tanto, Anselmo solicitó un salvoconducto para uno de los embarcaderos y poder dejar el reino. William sinceramente deseaba deshacerse de él, pero no quería que se fuera mientras poseyera el arzobispado, por lo que no veía modo de desposeerlo. En este dilema, los nobles propusieron una tregua y aplazamiento de toda la cuestión hasta Pentecostés. Esta propuesta se hizo el cuarto día de la reunión, miércoles, 14 de marzo, y Anselmo la aceptó (Eadm. Hist. Nov. i. 379-87). Así terminó la famosa reunión en Rockingham. Parecía no haberse llegado a nada; sin embargo, una gran victoria moral se había ganado.

William se guardó la carta de la tregua para Anselmo, pero vertió su despecho atacando a sus amigos. Expulsó del reino a Balduino de Tournay, monje de Bec, uno de los amigos más confidenciales de Anselmo, arrestó a su chambelán y gravó a sus arrendatarios con pleitos e impuestos injustos. Su siguiente plan era tener al papa de su lado. En secreto despachó a dos clérigos de la Capilla Real, Gerard, posterior arzobispo de York, y William de Warelwast, posterior obispo de Exeter, a Roma, primero para determinar quién era el verdadero papa y luego para persuadirlo a enviar el palio al rey, para que él lo otorgara a cualquiera que quisiera, echando a Anselmo. Los enviados no tuvieron dificultad en descubrir que Urbano era el papa en posesión. Le reconocieron en nombre del rey y obtuvieron su solicitud. El cardenal Walter, obispo de Albano, regresó a Inglaterra con ellos, llevando el palio. El viaje se hizo a toda prisa, para alcanzar Inglaterra antes de Pentecostés. También se observó gran secreto. Al legado no se le permitió hablar con nadie, excepto en presencia de los enviados y al llegar a Inglaterra se apresuró a la corte sin detenerse en Canterbury o ver a Anselmo. Poco antes de Pentecostés tuvo un encuentro con el rey. No está registrado lo que pasó, pero se entiende que William se vio animado a esperar que lograría sus deseos y que el legado no habló ni una palabra en favor de Anselmo. El rey entonces ordenó que un reconocimiento formal de Urbano como papa fuera publicado en todos sus dominios y luego pidió al legado que Anselmo fuera depuesto por autoridad papal, prometiendo un gran pago a la sede romana si su solicitud era concedida. Pero se había pasado de la raya. El cardenal declaró rotundamente que tal acuerdo estaba fuera de sitio. De ese modo, William no ganó nada y perdió mucho por su trato con Roma. Había reconocido a Urbano, a quien Anselmo había reconocido hacía mucho tiempo, y, en lugar de deshacerse del primado, ahora parecía imposible evitar tener que hacer, formalmente al menos, una reconciliación con él. Tuvo lugar en Windsor, donde Anselmo fue convocado para encontrarse con el rey en Pentecostés. De nuevo se le instó a propiciar al rey con dinero y recibir el palio de sus manos; pero él fue inflexible, y el rey tuvo que rendirse. En el tercer domingo después de Trinidad (10 de junio de 1095) el legado trajo el palio con gran pompa en un cofre de plata a Canterbury. Fue saludado por los monjes de los dos monasterios de Christchurch y St. Augustine, y una vasta concurrencia de clérigos y laicos. Cerca de la catedral la procesión fue recibida por Anselmo, descalzo, pero vestido de pontifical y asistido por sus sufragáneos. El palio fue puesto sobre el altar, de donde fue tomado por Anselmo y presentado para ser besado por quienes le rodeaban; después celebró misa (Eadm. Hist. Nov. ii. 390-2). Siguió un breve intervalo de paz. El rey fue hacia el norte para aplastar una revuelta de Roberto de Mowbray, conde de Northumberland. El arzobispo quedó en Canterbury, al cuidado de la ciudad y de Kent, que le estaba sometida por escrito y sello del rey, contra un esperado ataque de Normandía. Tan fiel fue a esta confianza que rechazó dejar Canterbury, incluso durante un día para conferenciar con el legado papal sobre las reformas en la Iglesia que tanto tenía en su corazón (Epist. iii. 35, 36). Asistió al consejo de Navidad en Windsor, donde su enconado adversario, William de St. Calais, murió. Anselmo recibió su confesión y lo atendió en sus últimas horas con afecto. Ya había absuelto a los obispos que habían expresado penitencia por su conducta en Rockingham, Osmund de Salisbury, compilador del célebre Sarum Use y Roberto de Hereford. La mayoría de los otros obispos siguieron su ejemplo; aún había algunos que permanecían hostiles y cuando el legado papal protestó, tuvieron la increíble bajeza de decir que Anselmo no era un arzobispo legítimo porque había recibido la investidura de un rey que en ese tiempo estaba en cisma con Roma, un rey a quien ellos mismos habían 'dado el homenaje más obsequioso.'

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
El 18 de noviembre de 1095, Urbano predicó la primera cruzada en Clermont, en Auvernia. Roberto, duque de Normandía, quedó contagiado con el impulso que conmovió el corazón de la cristiandad, pero su tesorería estaba vacía y la tenencia de su ducado era débil. Por lo tanto, la hipotecó durante tres años a su hermano William por la suma de 10.000 marcos, que el rey Rufus se comprometió a recaudar. La suma fue recaudada con gran dificultad. Los clérigos ya estaban tan empobrecidos que para proporcionar las contribuciones se vieron obligados a desprenderse de muchos de sus tesoros más sagrados. Anselmo estaba dispuesto a contribuir, pero no tenía suficiente dinero disponible. Por consejo de Walkelin, obispo de Winchester, y Gundulfo de Rochester, pidió prestadas 100 libras a los monjes de Christchurch poniendo como fianza su mansión de Peckham, que hipotecó durante siete años. Resultó ser muy buena oferta para los monjes, quienes ampliaron el lado este de la catedral a partir de las rentas de Peckham. En total, Anselmo logró juntar 200 libras y el rey parece haber quedado satisfecho. El trato entre el rey y su hermano se resolvió en septiembre de 1096. Roberto partió para Tierra Santa. William tomó posesión de Normandía y permaneció en el ducado hasta la siguiente Pascua, cuando el perturbado estado de Gales le llevó de regreso a Inglaterra. Después de celebrar un consejo en Windsor en abril, realizó una gran expedición a Gales, lo que pareció ser un éxito. La sumisión del país resultó ser solo nominal, pero por el momento el rey Rufus, por la adquisición de Normandía y la reducción de Gales, parecía haber llegado a la cima de su prosperidad. Parecía haber llegado una oportunidad favorable al rey para nuevas reformas. Podía ser, como Anselmo creía, solo otra maniobra para evadirse del desempeño de su deber, que el rey, a su regreso de Gales, escribiera una enojada carta quejándose del contingente de caballeros que Anselmo había reclutado para la campaña de Gales. Estaban tan mal equipados y peor preparados que eran completamente inútiles, por lo que Anselmo esperaba una citación del rey para 'hacer lo correcto'. El arzobispo no creyó necesario prestar atención a este petulante mensaje. Asistió al consejo en Pentecostés, siendo recibido con favor. Exhortó al rey nuevamente a que comenzara la obra de reforma, pero sus súplicas fueron totalmente vanas, por lo que resolvió dar el paso en el que su mente había estado gravitando durante algún tiempo. Presentó un mensaje formal al rey por algunos de los nobles, diciendo que se sentía impulsado por urgente necesidad de pedir permiso para ir a Roma. El rey se negó a darle permiso. Pero Anselmo ya había tomado la decisión de que la única manera de reparar sus propios errores o las equivocaciones de la Iglesia estaba en una apelación al papa. Renovó su solicitud en otro consejo que tuvo lugar en agosto y otra vez en Winchester en octubre. El rey estaba completamente enfurecido. No solo rechazó el permiso sino que declaró que Anselmo debía pagar una multa por haberlo formulado. Anselmo se ofreció a dar buenas razones para su pedido, que el rey se negó a escuchar, y le dijo que si se iba, se apoderaría del arzobispo y no volvería a recibirlo como arzobispo. Hubo un aplazamiento de un día y a la mañana siguiente, Anselmo dijo que todavía pedía el permiso. Por amor a su propia alma, por la religión y por el honor y el beneficio del rey, era necesario que fuera, y si el rey no le dejaba ir, se marcharía sin permiso, obedeciendo a Dios antes que a los hombres. Los obispos, una vez más, le instaron a que se sometiera. 'Habéis hablado bien', dijo Anselmo, 'id a vuestro señor y yo me uniré a mi Dios.' Los barones laicos también estaban ahora en su contra. Él había jurado observar las costumbres del reino y era contrario a esas costumbres para cualquier hombre en su posición ir a Roma sin permiso del rey. Anselmo contestó que había prometido observar las costumbres, pero solo en la medida en que estaban de acuerdo con lo correcto y conforme a la voluntad de Dios. Entró a la sala real y, sentándose a la derecha del rey, expuso esta doctrina, hasta que el rey y el conde Roberto de Meulanex exclamaron que estaba predicando un sermón, produciéndose un alboroto general. Anselmo esperó tranquilamente a que todo se calmara y retomó su argumento. Luego se levantó y se fue, acompañado por el fiel Eadmer. Fueron seguidos por un mensajero de William, quien le dijo a Anselmo que podía abandonar el reino, pero que no debía tomar nada perteneciente al rey. 'Tengo caballos, ropa y pertenencias', respondió Anselmo, 'tal vez alguien diga que pertenecen al rey; si es así, me iré desnudo y descalzo antes que abandonar mi propósito.' El rey le respondió que no quería que fuera desnudo y descalzo, sino que debía estar en el fondeadero listo para cruzar en once días, y que allí se encontraría con un mensajero, que le diría qué podía llevar consigo. Anselmo regresó a la cámara y, dirigiéndose al rey con semblante alegre, le dijo: 'Mi señor, me voy... por tanto, no sabiendo cuándo volveré a verte, te encomiendo a Dios, y como padre espiritual de un hijo amado, como arzobispo de Canterbury al rey de Inglaterra, me gustaría, antes de irme, darte la bendición de Dios y mi amor, si no lo rechazas.' Por un momento, el corazón del rey Rufus se conmovió; 'tal vez su ángel bueno le habló por última vez. "No rechazo tu bendición", fue su respuesta. El hombre de Dios se levantó, el rey inclinó su cabeza y Anselmo hizo la señal de la cruz sobre ella.' (Freeman, Will. Rufus, i. 594). Luego se fue y el pastor y el pecador nunca se volvieron a encontrar (Eadm. Hist. Nov., ii., 395-402).
Esto sucedió el 15 de octubre de 1097, y Anselmo inmediatamente dejó Winchester para ir a Canterbury. Al día siguiente de su llegada, se despidió afectuosamente de los monjes. Luego, en presencia de una gran congregación, tomó el báculo de peregrino y la alforja del altar y, tras encomendar a la llorosa multitud a Cristo, partió hacia Dover, acompañado por Eadmer y Balduino. En Dover encontraron al capellán del rey, William de Warelwast, esperándolos. Durante catorce días se vieron detenidos por la furia del clima, tiempo en el que William de Warelwast fue invitado de Anselmo. Por fin el viento fue favorable y Anselmo y su grupo se apresuraron hacia la orilla. Pero William de Warelwast impidió su embarque hasta que su equipaje hubiera sido inspeccionado, lo cual se hizo en la playa en medio del asombro y la execración de los espectadores; pero no se encontró nada que pudiera ser confiscado por el rey y después de esta fastidiosa demora, Anselmo y sus amigos zarparon y desembarcaron seguros en Whitsand. Tan pronto estuvieron fuera del país, el rey no solo se apoderó de las propiedades de la sede, sino que canceló todas las actas y decretos relacionados con ellas hechos por el arzobispo. Mientras tanto Anselmo, después de detenerse un tiempo en el monasterio de St. Omer, viajó a través de Francia y el ducado de Borgoña a Cluny, donde recibió una cordial bienvenida y pasó la Navidad. Eadmer narra una curiosa anécdota (Hist. Nov. ii. 404) de cómo Odo, duque de Borgoña, tentado por el informe de las riquezas del arzobispo, resolvió saquearlo en el camino, pero quedó tan completamente cautivado por la manera y conducta de Anselmo que aceptó su beso y su bendición, dándole un salvoconducto. Los caminos eran considerados peligrosos en invierno, por lo que el resto de la estación la pasó en Lyón con el arzobispo Hugo, que era un viejo amigo de Anselmo. Desde Lyón escribió una carta al papa, explicando el propósito de su venida; cómo habían pasado cuatro años infructuosos y miserables en el alto cargo que se le había impuesto, cómo había visto a la Iglesia deshonrada y oprimida y cómo no tenía esperanza de reparar estos males en Inglaterra. Por lo tanto, buscaba la protección y el consejo de Roma. Los portadores de la carta se volvieron con una invitación urgente del papa y en la primavera Anselmo y sus amigos se presentaron. Mantuvieron un estricto incógnito, por temor a los ladrones a sueldo del antipapa Clemente, y llegaron a Roma con seguridad. Allí fueron cálidamente recibidos por el papa y se alojaron en Letrán. El día después de haber llegado, había una gran reunión de la nobleza romana en el palacio papal, a la que asistió Anselmo. Cuando se postró a los pies del pontífice, Urbano lo levantó, lo abrazó y lo hizo sentarse a su lado. Luego lo presentó a la asamblea como el patriarca o papa de otro mundo, un milagro de virtud y saber, el campeón de la sede romana, pero tan humilde como para buscar del ocupante el consejo que él mismo estaba más capacitado para dar. Eadmer dice que Anselmo estaba bastante desconcertado por la adulación del papa. Después de la recepción pública, Urbano escuchó su relato y le prometió su ayuda (Eadm. Vit. Ans. Ii. 42; Hist. Nov. ii. 405-8).
Mientras tanto se acercaba la temporada cuando Roma no era saludable para los extranjeros y Anselmo fue invitado por el abad de Telese en Pulia, anteriormente uno de sus alumnos en Bec, para que viviera con él. Lo hizo con el consentimiento del papa y cuando el calor aumentó, el abad lo mandó a la aldea montañosa de Schiavi. El cansado anciano quedó encantado con el aire frío y puro y la reclusión y reposo de este suave retiro. Sin embargo, retomó los sencillos hábitos de estudio que tanto había amado en sus días felices en Bec, terminando su tratado sobre la encarnación, Cur Deus Homo, que había comenzado en medio de toda la agitación de su vida en Inglaterra. Pero se vio obligado a abandonar su retiro para encontrarse con el papa en el campamento del duque Roger de Apulia, que estaba asediando Capua. Sus cuarteles estaban muy juntos, un poco fuera del campamento. Eadmer cuenta cómo toda la gente, incluidos los sarracenos en el ejército del conde Roger de Sicilia, quedaron cautivados por Anselmo. William de Malmesbury (Gest. Pont. 98) dice que Rufus escribió al duque Roger para prejuiciarle contra Anselmo. Sin embargo, el duque quedó tan cautivado por Anselmo, que le suplicó que recibiera su morada en Apulia, ofreciéndole algunas de sus mejores tierras. Anselmo no quiso, pero convenció al papa para que le relevara del arzobispado, en el que estaba convencido que no podría hacer nada bien mientras William estuviera en el trono, de cuyos ultrajes a la religión y la moralidad los viajeros continuamente traían nuevas noticias. Pero Urbano no lo liberó y por el momento regresó a Schiavi, donde permaneció hasta que fue convocado para asistir al concilio de Bari en octubre de 1098. En ese concilio se discutió la cuestión de la 'procesión del Espíritu Santo' con los delegados griegos. Surgió un acalorado debate. El papa se refirió a la obra de Anselmo sobre la encarnación, y en seguida pidió a Anselmo que se adelantara y vindicara la verdadera doctrina del Espíritu Santo ante la asamblea. Una entusiasta multitud se apiñó alrededor del trono papal, justo debajo del cual estaba Anselmo. Urbano la presentó formalmente, y se explayó sobre los errores que lo habían expulsado de Inglaterra. Su discurso sobre la cuestión doctrinal lo pronunció al día siguiente, siendo descrito como una obra maestra de saber y poder, por lo que fue públicamente agradecido por el papa, aunque no hay un informe detallado del mismo. La simpatía del concilio con sus problemas fue tan fuerte que votó unánimemente la excomunión de Rufus, que, según Eadmer, el papa no llegó a promulgar por intercesión del mismo Anselmo. Pero Urbano era un hombre cauteloso y se podía dudar si tenía la intención de realizar más que una demostración (Eadm. Vit. Ans. ii. 45-9; Hist. Nov. ii. 408, 409, 413-16). Anselmo y sus amigos acompañaron al papa desde Bari hasta Roma y poco después de su llegada, poco antes de Navidad, 1098, William de Warelwast apareció como defensor del rey. En una audiencia pública Urbano adoptó un tono severo y amenazante, diciéndole que si el rey no reinstalaba a Anselmo ante el concilio que se celebraría en la próxima Pascua, iba a ser excomulgado. Pero el emisario de William sabía cómo tratar con la corte papal. Se demoró varios días en Roma y aprovechó su tiempo mediante una deliberada distribución de sobornos entre los consejeros del papa. El resultado de sus tratos fue que el papa le concedió a William un respiro hasta finales de septiembre. Anselmo y sus compañeros comenzaron a darse cuenta de que se estaban apoyando en una caña rota y pidieron permiso para regresar a Lyón. Pero el papa insistió en que se quedaran para el gran concilio que se celebraría en Pascua, y mientras tanto le hizo todos los honores posibles a Anselmo. Cuando el concilio se reunió en San Pedro en abril de 1099, había cierta curiosidad por ver dónde estaría sentado, ya que ningún presente había visto a un arzobispo de Canterbury asistir al concilio general en Roma. El papa ordenó que fuera puesto en el lugar de honor en el centro del semicírculo de prelados que se sentaba a ambos lados del trono papal y, por lo tanto, se encontraba justo enfrente de él. Se aprobaron o renovaron decretos contra la simonía y los matrimonios clericales, y se pronunció anatema contra el laico que otorgara la investidura de un beneficio eclesiástico, o el clérigo que lo recibiera de su mano. Este decreto era rotundamente opuesto a las 'costumbres' de Inglaterra y Normandía, convirtiéndose en ocasión de la disputa que luego surgió entre Anselmo y Enrique I. Cuando los cánones iban a leerse en San Pedro, el papa ordenó a Reinger, obispo de Lucca, hombre de gran estatura y poderosa voz, que los leyera en alta voz, para que todos pudieran escuchar. Reinger leyó un poco, de inmediato se detuvo y estalló en una indignada declaración sobre la inutilidad de las leyes aprobadas, si no se hacía nada hacia un hombre que era la mansa víctima de la opresión tiránica. 'Si no todos saben a quién me refiero', dijo, 'es Anselmo, arzobispo de Inglaterra'; y terminó golpeando el suelo tres veces con su báculo y profiriendo un lamento a través de sus dientes fuertemente apretados. '¡Ya basta! hermano Reinger', dijo el papa, 'se tomarán medidas al respecto.' Toda la escena parecía una actuación calculada. Anselmo claramente sospechó que era así. En cualquier caso nada surgió de la manifestación y al día siguiente Anselmo salió de Roma, 'no habiendo obtenido', dice su biógrafo, con sutil ironía, 'nada de consejo o ayuda salvo lo que he relatado.' (Hist. Nov. ii. 418-21). Llegaron a Lyón con seguridad, viajando por una ruta para evitar a los emisarios del antipapa, siendo recibidos con entusiasmo por el arzobispo Hugo. Anselmo residió con él y lo ayudó en sus deberes episcopales.

En julio siguiente, 1099, el papa Urbano murió y el 2 de agosto de 1100 Rufus cayó en New Forest, atravesado por una flecha por mano desconocida. Anselmo estaba en el monasterio de Casa Dei, no lejos de Brioude en Auvernia, cuando le llegaron las noticias de la muerte de William. Las trajeron dos monjes, uno de Canterbury y otro de Bec. Al principio se quedó estupefacto por el impacto y luego rompió a llorar. Sus amigos estaban asombrados por este arrebato de dolor por un hombre como William, pero Anselmo, en un sollozo con voz entrecortada, declaró que preferiría haber muerto él antes que el rey pereciera con tal muerte. Luego regresó a Lyón, donde otro monje de Canterbury llegó, llevando una carta de la iglesia madre, implorando que regresara y reconfortara a sus hijos, ahora que el tirano ya no existía. El arzobispo Hugo estaba muy poco dispuesto a separarse de él, pero sabía que su deber era irse. Antes de llegar a Cluny, vino otro mensajero, trayendo una carta del nuevo rey Enrique y los señores laicos, pidiéndole a Anselmo que volviera cuanto antes, e incluso reprendiéndolo si no venía enseguida. Normandía se encontraba en un estado de perturbación, ya que Roberto acababa de regresar y los nobles normandos estaban intrigando con él, o por él, contra su hermano. Por eso Anselmo, por consejo de Enrique, evitó Normandía en su viaje a Whitsand, de cuyo puerto cruzó a Dover. Desembarcó el 23 de septiembre, y a su regreso, después de casi tres años de ausencia, fue recibido con muestras de alegría por todo el país. Las esperanzas de la nación revivieron. Pero las relaciones entre el rey y el primado, rápidamente fueron puestas a prueba. Anselmo regresó, comprometido a obedecer los cánones de los concilios de Clermont, Bari y Roma, que prohibían a los clérigos recibir la investidura de laicos o que les rindieran homenaje por sus beneficios. En este punto inmediatamente surgió una dificultad entre él y Enrique. Se reunieron en Salisbury unos días después de su llegada y el rey fue cordial en su saludo; pero al estar las temporalidades de la sede de Canterbury en sus manos, exigió a Anselmo que rindiera homenaje para su restitución, según la antigua costumbre del país. Anselmo respondió que no podía hacerlo en vista de los cánones que últimamente aprobó el concilio de Roma. El rey quedó terriblemente perplejo. No estaba dispuesto a renunciar a los antiguos derechos de investidura y homenaje, pero tampoco estaba dispuesto a discutir con Anselmo, y especialmente antes de que firmemente se estableciera en el trono. Por lo tanto, propuso una tregua hasta la siguiente Pascua, durante la cual los enviados irían a Roma para inducir al papa a relajar los decretos a favor de la antigua costumbre del reino, y mientras tanto Anselmo sería reinstaurado en todas las posesiones de su sede (Eadm. Hist. Nov. iii. 424-5). Anselmo consintió, aunque con pocas esperanzas de que el papa cediera. Personalmente, no parece haber tenido ninguna objeción a las costumbres en cuestión, a las que él mismo se había conformado anteriormente. Su oposición al rey era simplemente una cuestión de obediencia a la sede romana.

ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Enfrentamiento con Enrique I.
La Pascua llegó (1100), pero los enviados no habían regresado de Roma. La tregua, por lo tanto, entre Enrique y Anselmo se extendió, pero mientras tanto hizo al rey otro buen servicio. Ralph Flambard, el infame obispo de Durham, se había escapado de la Torre, donde fue encarcelado después de la ascensión de Enrique, dirigiéndose a Normandía e incitando a Roberto para que intentara la invasión de Inglaterra. Era un momento crítico para Enrique. Los principales hombres de origen normando en Inglaterra vacilaron en su lealtad. En Pentecostés el rey y los nobles se reunieron en consejo con mutuo recelo. Ambas partes consideraron a Anselmo como mediador y el rey sosteniendo su mano renovó la promesa de buenas leyes que había hecho en su coronación. Roberto desembarcó en Portchester en julio y los ejércitos se encontraron cerca de Alton. Varios de los barones normandos se pasaron al lado de Roberto, pero, principalmente debido a las infatigables exhortaciones, públicas y privadas, del arzobispo, la masa del ejército inglés y los obispos permanecieron fieles a Enrique. Los hermanos mantuvieron una conversación y llegaron a un acuerdo sin pelear. Roberto abandonó Inglaterra. Enrique renunció a Normandía menos Domfront, pero fue solo durante un tiempo (Eadm. Hist. Nov. ii. 426-31). Finalmente, los enviados regresaron de Roma. Traían una carta del papa Pascual en la que se negaba rotundamente a reconocer la pretensión de Enrique de investir prelados mediante la entrega del báculo y anillo pastoral. La voluntad del papa y la voluntad del rey estaban en conflicto directo. Enrique no era un hombre violento como Rufus y no deseaba pelear con Anselmo, sino que era frío y resuelto. Anselmo fue citado ante la corte y nuevamente se le preguntó si rendiría homenaje y consagraría a los prelados a quienes el rey había investido. Anselmo respondió que debía acatar los decretos del concilio en el que había estado presente. El rey propuso que una segunda y más distinguida embajada se enviara a Roma representando a ambos lados. Por parte de Anselmo fueron su viejo amigo y compañero Balduino de Bec, y Alejandro, monje de Canterbury; por el lado del rey estaban Gerard, arzobispo de York, quien también iba a por su palio, Herbert, obispo de Thetford, y Roberto, obispo de Chester. Los enviados encontraron a Pascual tan inflexible como antes. Una carta en la misma determinada línea le fue enviada al rey y otra a Anselmo pidiéndole que perseverara en su actitud. A la vuelta de los enviados una asamblea de grandes hombres del reino fue convocada en Londres. A Anselmo se le exigió nuevamente una sumisión incondicional, lo cual declaró que le era imposible por la carta que había recibido del papa, carta que todos pudieron leer. Por el contrario, la carta del rey no se hizo pública. Y ahora, para desconcierto de todos, los emisarios del rey dieron un paso adelante y declararon por su palabra como obispos que el papa en una entrevista secreta les había pedido que le dijeran al rey que en tanto nombrara buenos y piadosos prelados y se condujera como un buen príncipe, el papa no interferiría en su derecho a la investidura, pero el papa, dijeron, no se comprometería por escrito, por temor a que otros príncipes lo tomaran como precedente. Los emisarios de Anselmo expresaron el mayor asombro ante este anuncio. La asamblea estaba dividida. Algunos sostenían que la mayor credibilidad debía darse a las cartas con el sello y la firma del papa; otros, que la palabra de los obispos era mayor que la autoridad de documentos respaldados solo por el testimonio de despreciables monjes (monachellorum) no versados en asuntos seculares. En tal conflicto de evidencia y opinión, no había otra alternativa que mandar otra delegación a Roma para saber qué había dicho realmente el papa. Todo lo que Anselmo quería saber era la verdad. Le escribió al papa (Epist. iii. 73), diciendo que no deseaba dudar ni de la carta ni de los obispos. Que el papa eximiera a Inglaterra de los decretos del concilio o que dijera que debían ser obedecidos y Anselmo los desecharía o los impondría, incluso a costa de su vida. Mientras tanto, accedió a que el rey actuara suponiendo que el relato de los obispos fuera cierto e invistiera a los prelados con el anillo y el báculo, consintiendo en tener relaciones con tales prelados, siempre que no se le requiriera para consagrarlos. El rey no perdió tiempo en actuar. Le dio la sede de Sarum a su clérigo Roger, quien se convirtió en uno de los más hábiles cancilleres del reino, y Hereford a otro Roger que había sido el administrador de su despensa. Durante este período de compromiso, hacia finales de septiembre de 1102, se celebró un gran consejo mixto en Westminster para la reforma de los abusos eclesiásticos y morales. Era el tipo de sínodo nacional que Anselmo había pedido en vano durante el reinado de Rufus. Varios abades fueron depuestos por simonía, se promulgaron cánones contra los hábitos seculares del clero y especialmente contra su matrimonio y concubinato. Se aprobó un decreto contra el tráfico de esclavos en Inglaterra, en el cual se dice que los hombres eran vendidos como bestias brutas; otros iban dirigidos contra aquellas formas de vicio que se habían vuelto comunes durante el reinado del difunto rey (Hist. Nov. ii. 438-9; Will. Malm. Gest. Pont. i. 64). Enrique parece haber violado los términos del compromiso con Anselmo al pedirle que consagrara a los obispos a quienes él nombró e invistió. Anselmo se negó y Gerardo de York, un cortesano servil dispuesto a consagrar a cualquiera, fue llamado para desempeñar ese deber. Pero, para asombro general, algunos de los propuestos por el rey comenzaron a tener escrúpulos. Reinhelm, obispo electo de Hereford, envió su anillo y su báculo, y William Giffard, cuando estaba a punto de ser consagrado obispo de Winchester, declaró que preferiría ser expoliado de todos sus bienes que recibir injustamente el rito de manos de Gerard. La multitud que había venido a presenciar la consagración adoptó la resolución de William, pero el rey quedó muy disgustado, y a pesar de la intercesión de Anselmo (Ep. iv. 126), William Giffard fue desterrado.

Hacia la mitad de la siguiente Cuaresma, 1103, el rey y Anselmo se encontraron en Canterbury. Los mensajeros habían regresado de Roma trayendo un repudio indignado del papa por el relato contado por Gerard y los otros prelados, y confirmando los contenidos de sus cartas en cada detalle. Sin embargo, el rey todavía exigió la sumisión de Anselmo; su paciencia, dijo, se estaba agotando y no toleraría más retrasos, no teniendo el papa nada que ver con los derechos que todos sus predecesores habían disfrutado. Pero Anselmo fue respetuoso, aunque firme; no deseaba privar al rey de sus derechos, pero no podía, ni siquiera para salvar su vida, desobedecer los cánones que había oído con sus propios oídos en el concilio romano. En ese momento las cosas parecían más oscuras que nunca; incluso se llegó a temer por la seguridad personal del primado, cuando de repente, y con una suavidad que hace pensar que Enrique había asumido siempre más severidad de la que realmente sentía, sugirió, casi suplicó, a Anselmo que fuera a Roma e intentara convencer al papa para que cediera. Anselmo pidió que la propuesta se reservara para la decisión del consejo de Pascua, que se iba a celebrar en Winchester. La asamblea lo consideró y lo instó a que fuera. Respondió que, dado que era su voluntad, iría, débil y envejecido como era. Anselmo se apresuró a regresar a Canterbury y partió cuatro días después, embarcándose en Dover y cruzando una vez más a Whitsand. No tuvo que soportar ninguna indignidad esta vez, sino que viajó en la paz del rey y durante su ausencia hubo cartas amistosas entre él y el rey. Fue muy bien acogido en todas partes, especialmente, por supuesto, en Bec, donde se quedó el verano por el riesgo para su salud de visitar Roma en la estación cálida. A finales de agosto, partió. En Roma, encontró que su viejo oponente William de Warelwast actuaba como abogado del rey. William argumentó con tanta habilidad que causó una gran impresión en algunos de los consejeros del papa, y audazmente pronunció una arenga diciendo: 'Que sepan todos los hombres que no para salvar su reino perderá el rey Enrique la investidura de las iglesias.' 'Y ante Dios, no para salvar su cabeza, le permitirá el papa Pascual tenerlas.' No obstante, una moderada carta fue enviada a Enrique, informándole que aunque los derechos de investidura no podían ser otorgados y aquellos que los recibieron de sus manos debían ser excomulgados, él sería eximido de la excomunión y disfrutaría del ejercicio de todas las demás costumbres ancestrales. De hecho, tenía la intención de ser una carta suave y los puntos en cuestión quedaban de alguna manera velados por los elogios y felicitaciones al rey por el nacimiento de su hijo. Mientras tanto, Anselmo y sus amigos partieron en su viaje de regreso. Fueron conducidos a través de los Apeninos por la renombrada condesa Matilde. En Placentia se les unió William de Warelwast, quien viajó con ellos por los Alpes y luego se apresuraron a Inglaterra, mientras Anselmo fue a Lyón para pasar la Navidad con su viejo amigo, el arzobispo. Antes de separarse, William le dijo que el rey le había pedido que le comunicara a Anselmo su más afectuosa consideración por él, y si Anselmo fuera solo para el rey todo lo que sus predecesores habían sido para los predecesores de Enrique, sería gratamente bienvenido. '¿No tienes nada más que decir?' preguntó Anselmo. 'Hablo a un hombre de entendimiento', fue la respuesta. 'Sé lo que quieres decir', dijo Anselmo, y entonces se separaron. En Lyón, Anselmo permaneció durante un año y medio. El rey confiscó los ingresos de la sede de Canterbury, pero dos de los hombres de Anselmo fueron nombrados receptores, para que los tenedores no pudieran ser oprimidos. A Anselmo se le permitía lo que fuera conveniente para sus necesidades y el rey continuó manteniendo una correspondencia amistosa con él. Al mismo tiempo, envió otra embajada a Roma. Su objetivo parece haber sido doble. Quiso persuadir al papa para que dispensara el canon en contra de la investidura laica en su favor y mientras esperaba convencer a Anselmo para que actuara como si el papa cediera. No tuvo éxito en ninguno de los dos objetivos. El papa no se atrevió, ni siquiera para asegurarse el apoyo de Enrique, a dejar de lado abiertamente los cánones de un concilio romano, aunque fue dilatorio en la acción y vacilante en la palabra. Anselmo, por el contrario, fue tan firme, claro y directo como siempre. A pesar de cartas reprochadoras o suplicantes de Inglaterra que lo inducían a regresar a su doliente iglesia, se negó rotundamente hasta que el punto en disputa se resolviera en una forma u otra. Él sería para Enrique lo que Lanfranco había sido para el padre de Enrique, si podía ponerse en la posición de Lanfranco, si los decretos que habían sido aprobados desde el tiempo de Lanfranco eran rescindidos por la misma autoridad que los había promulgado, no de otra manera (Epist. iii. 93, 94, 95, 97, iv. 43, 44). La franqueza de Anselmo fue, de hecho, embarazosa para Enrique y para el papa; ninguno de ellos quería actuar con completa decisión y honestidad de propósito, algo que no podía satisfacer a Anselmo. Continuamente enviaba cartas o mensajeros al papa, pero nunca recibió nada más que promesas consolatorias inútiles, mientras que de Enrique no obtuvo más que excusas educadas. Por fin se determinó a un acto que llevaría la cuestión a una crisis. En el verano de 1105 partió para Normandía, donde el rey estaba. En el camino supo que Adela, condesa de Blois, hermana del rey, estaba muy enferma. Se dirigió hacia Blois y estuvo unos días allí hasta que ella quedó convaleciente. Entonces le dijo que por el mal que su hermano había hecho a Dios y a él durante más de dos años iba a excomulgarle. Adela quedó muy afligida y Enrique mismo se asombró cuando conoció la intención de Anselmo. Perjudicaría su reputación recibir una sentencia de un hombre del carácter de Anselmo y podría fortalecer las manos de sus adversarios en la lucha en la que estaba comprometido por la posesión de Normandía. Por mediación de Adela se concertó una entrevista entre él y Anselmo en Laigle el 22 de julio de 1105. Nada pudo igualar la cortesía de Enrique; restauró los ingresos de la sede e imploró al primado que regresara si tan solo reconocía a los que habían sido investidos por el rey. Pero Anselmo insistió en que el permiso para hacer eso se lo debía dar Roma. Esto supuso otra embajada, habiendo una considerable demora en enviarla. Mientras tanto, Enrique añadió a la lista de sus errores contra la Iglesia la imposición de graves impuestos por sus gastos en la guerra con Normandía. Comenzó exigiendo multas al clero que había desobedecido el canon contra el matrimonio, pero, al encontrar que las sumas levantadas así eran inadecuadas, impuso la tasa a toda la institución. El clero estaba muy afligido y rogó a la reina, 'la buena reina Mold', que intercediera por ellos ante el rey; pero aunque movida a lágrimas por su triste petición, no se atrevió a intervenir. En esta coyuntura, los obispos de la corte comenzaron a pedir ayuda a Anselmo. Escribieron una carta lastimosa, diciendo que si volvía, estarían con él y lucharían por el honor de Cristo (Ep. iii. 121). Anselmo escribió una carta de simpatía (iii. 122), mezclada con algunas felicitaciones suavemente irónicas por haber percibido finalmente las consecuencias de su servilismo y expresando su pesar de que no podía regresar, aunque deseaba hacerlo, hasta que el papa decidiera el punto en disputa entre él y el rey. Mientras tanto, escribió una severa carta de reproche a Enrique (Ep. iii. 109) por castigar él mismo a los sacerdotes, un deber que pertenecía a los obispos solamente y le advirtió que el dinero así recaudado redundaría en su beneficio. Al mismo tiempo escribió a su archidiácono y al prior y al capítulo de Canterbury, ordenando que las penas de privación o excomunión se aplicaran a aquellos clérigos que infringían los cánones relativos al matrimonio (Ep. iii, 110-12). Enrique respondió a Anselmo en términos educados pero evasivos, mostrándose dispuesto a reparar el daño si hubiera ofendido y prometiendo que la propiedad arzobispal no sería dañada (Hist. Nov. iv. 460).
De regreso a Inglaterra.
Finalmente, en abril de 1106, William de Warelwast y Balduino de Bec regresaron con las últimas instrucciones del papa. Anselmo estaba ahora autorizado a liberar de la excomunión a aquellos que habían roto el canon sobre la investidura y el homenaje. El dictamen no establecía ninguna norma para el futuro, pero dejaba a Anselmo libre para regresar y renovar las relaciones con los obispos infractores, enviando el rey mensajeros a Anselmo a Bec, instándole a venir sin demora. Sin embargo, estuvo detenido durante un tiempo, en parte en Bec y en parte en Jumièges, por una alarmante enfermedad. Enrique mostró gran ansiedad; todas sus necesidades debían ser suplidas y el rey pasaría a Normandía y le haría una visita. Su vida estaba en peligro, pero justo cuando parecía estar al borde de la muerte, comenzó a recuperarse, y en la fiesta de la Asunción se encontraba lo suficientemente bien como para ver al rey en Bec. En esta entrevista, el rey se comprometió a liberar a las iglesias a partir de entonces de las molestas cargas que les impuso su hermano, a no exigir más multas al clero, a compensar en el transcurso de tres años a los que ya las habían pagado y a restaurar todo lo que tenía en sus manos de la sede de Canterbury. Anselmo inició el viaje a Inglaterra y al llegar a Dover fue recibido con alegría entusiasta, tomando la reina una parte prominente, yendo a encontrarse con él y luego adelantándose para arreglar su comodidad en los lugares donde se detuvo. Enrique permaneció en Normandía y poco después escribió a Anselmo anunciando su victoria decisiva en Tenchebrai sobre su hermano Roberto y el completo sometimiento de Normandía, el 28 de septiembre de 1106 (Hist. Nov. iv. 464).

El acuerdo final y formal de la larga disputa sobre las investiduras se efectuó en una gran sesión del consejo celebrada en Londres el 1 de agosto de 1107. Fue debatida durante tres días por el rey y los obispos, estando Anselmo ausente. Algunos seguían insistiendo en la antigua costumbre, pero el papa Pascual había concedido la cuestión del homenaje, por lo que el rey por su parte estaba más dispuesto a conceder el derecho de investidura. Por consiguiente, en presencia de Anselmo y una gran multitud de testigos, el rey concedió y decretó que desde entonces ningún hombre en Inglaterra debería ser investido con obispado o abadía por báculo y anillo, ya fuera por mano del rey u otro laico, y Anselmo por su parte, prometió que nadie elegido a una prelatura sería excluido de la consagración por haber hecho homenaje al rey. De conformidad con este compromiso, se hicieron inmediatamente nombramientos a varias iglesias que durante mucho tiempo habían sido desposeídas de sus cargos sin ninguna investidura por báculo y anillo de manos de laicos. El domingo 11, Anselmo consagró a varios hombres con los que no había podido mantener comunión a los obispados, incluyendo a William Giffard a Winchester, y a Reinhelm a Hereford, que se había negado a ser consagrado por Gerard de York, a Roger a Sarum y a William de Warelwast, tanto tiempo su oponente, pero ahora su amigo, a Exeter (Hist. Nov. iv. 466).
Muerte.
Anselmo no sobrevivió mucho tiempo a la terminación de su prolongada lucha por los derechos y libertades de la Iglesia, y durante el breve resto de su vida sufrió repetidas veces enfermedades severas. Pero en los intervalos estuvo activamente comprometido, con el mismo espíritu indomable en el trabajo. No solo se esforzó para imponer los cánones de Londres contra la simonía y el matrimonio del clero, sino que en gran parte por sus esfuerzos el rey fue movido a erradicar la falsa acuñación con mano fuerte, ejerciendo una disciplina más estricta entre sus seguidores, cuyos actos de violencia habían sido causa de miseria para el pueblo. Anselmo promovió a Ely como sede episcopal para liberar a la diócesis de Lincoln, y mantuvo la suprema dignidad de la sede de Canterbury contra las pretensiones de Thomas, arzobispo electo de York, que intentó evadir su profesión de obediencia, pero se vio obligado a hacerlo por una decisión aprobada en un consejo celebrado en Londres. Tampoco sus trabajos literarios disminuyeron; mantuvo una amplia correspondencia con personas distinguidas, clérigos y laicos, que buscaron su consejo en todas partes de la cristiandad, incluido Alejandro, rey de los escoceses, Murdach, rey de los irlandeses, y Balduino, rey de Jerusalén; escribió un tratado 'sobre el acuerdo de la presciencia, la predestinación y la gracia de Dios con el libre albedrío.' La composición de este tratado se retrasó por frecuentes interrupciones de enfermedad y una creciente debilidad. Finalmente, quedó tan débil que tuvo que ser transportado en una litera de lugar en lugar en vez de montar a caballo. Hasta cuatro días antes de su muerte, fue llevado diariamente a su capilla para asistir a misa. Luego se iba a la cama. El Domingo de Ramos, al decirle una de las personas que estaba a su lado que pensaba que estaba a punto de abandonar el mundo para guardar la Pascua de su Maestro, replicó: 'Si así lo quiere, con mucho gusto lo obedeceré, pero si le agrada más que quede entre vosotros hasta que haya resuelto una pregunta que me estoy haciendo sobre el origen del alma, lo recibiría con gratitud; pues no conozco a nadie que la acabe después de que me haya ido.' Pero este deseo no se cumplió. El jueves ya no podía hablar de forma inteligible, y el miércoles 21 de abril, al amanecer, murió, en el año 1109, el dieciséis de su arzobispado y el setenta y seis de su vida. Fue enterrado en la catedral de Canterbury, al lado de su amigo Lanfranco, en la nave de la iglesia frente al gran crucifijo; pero sus restos fueron luego removidos a la capilla, debajo de la torre sureste, que lleva su nombre, y allí descansan ahora (Eadmer, Vit. Ans. ii., c. 7; Hist. Nov. iv. 467, ad finem). Si la sencillez inocente, la integridad sin mancha, el celo fiel y el paciente sufrimiento por causa de la justicia dan a alguien el derecho a ser llamado 'santo', Anselmo ciertamente se merece el título. Y fue por la virtud de estas cualidades, combinadas con la inflexible firmeza, el coraje y la franqueza de propósito, más que por sus dotes intelectuales, grandes como fueron, que ganó la batalla en su lucha primero contra la insolencia sin ley y luego contra la diplomacia astuta. Después de su muerte, se convirtió en objeto de una creciente veneración para los hombres de su tiempo y para las generaciones posteriores. Dante, en su visión del Paraíso, lo vio 'entre los espíritus de la luz y el poder en la esfera del sol.' Un halo de leyenda milagrosa se tejió alrededor de su vida. Sin embargo, resulta extraño que la primera demanda para su canonización hecha por Thomas Becket no tuvo éxito, no siendo formalmente puesto en la lista de los santos hasta 1494, cuando sufrió lo que bien se ha llamado la 'indignidad de la canonización' a manos de Rodrigo Borgia, papa Alejandro VI.

Su fama como filósofo y teólogo descansa principalmente en tres tratados: Monologion, Proslogion y Cur Deus Homo. El Monologion, que, como su nombre indica, tiene la forma de un discurso continuo, es un intento de probar la existencia y la naturaleza de Dios por la razón pura sin la ayuda de la Escritura o de cualquier apelación a la autoridad. Es una aplicación de la teoría platónica de las 'ideas' a la demostración de la doctrina cristiana. Algunos esfuerzos en esta dirección habían sido realizados por el pseudo-Dionisio, cuyos escritos habían llegado a ser bien conocidos en la cristiandad occidental a través de Escoto Erígena. Agustín ideó el método de forma más sistemática en su tratado sobre la Trinidad (lib. Viii c. 3), pero no con tanta precisión como Anselmo, cuyo tratado es una compacta cadena de razonamientos, estando cada eslabón, por así decirlo, firmemente sujeto al que le precede y sigue. Partiendo de la contemplación de los objetos sensibles, plantea la cuestión de si la bondad en todas las cosas, aunque conocida por diferentes nombres, como la justicia en un hombre, la fuerza o la rapidez en un caballo y así sucesivamente, proviene de una fuente o de diversas. Todas las variedades de excelencia, cualquiera que sea el nombre que se les llame, se pueden resolver por fin en algunos elementos simples: lo bueno, lo bello, lo grande, lo útil. Por lo tanto, llega a la conclusión de que todas las cosas que se atribuyen a estas cualidades en diversos grados y formas, deben derivarse de algo que en sí mismo es siempre lo mismo, que en sí mismo es absoluto e inmutable, bueno y grande. Como también hay una diferencia en las naturalezas, siendo algunas mejores que otras, ya que un caballo es superior a un perro y un hombre a un caballo, debe haber una característica tan superior a todas las demás que no puede ser excedida por ninguna; de lo contrario, no habría un final para la serie, lo cual es obvio. Esta naturaleza suprema debe ser el autor de su propia existencia; debe ser 'per se' y 'ex se', 'por sí mismo' y 'de sí mismo'; debe ser 'per se', porque si fuera por medio de otro, el otro sería mayor, lo que es contrario a la suposición; si fuera de la nada, debe ser sacado de la nada por sí mismo o por otro; no por sí mismo, porque entonces sería antes de sí mismo, lo cual es absurdo, ni por otro, porque entonces no sería la naturaleza más elevada de todas. De esta manera, demuestra la auto-existencia eterna de la naturaleza divina. Y mediante métodos rigurosamente lógicos similares, continúa probando la existencia y la naturaleza del Verbo y del Espíritu Santo. Un monje de Marmoutiers, Gaunilo, refutó, después de aparecido, el argumento de Anselmo, en Liber pro insipiente adversus Anselmi in Prologii ratiocinationem, acusando al autor de confundir dos cosas tan distintas como el 'esse in intelecto' y el 'esse in re'; de que tengamos la idea de una cosa no se sigue que ella exista. Anselmo contestó en Liber apologeticus contra Gannilonem respondentem pro insipiente, en el que dice que las ideas de las cosas contingentes no demandan realización en la existencia, pero no es así la del ente necesario.
En el Proslogion, llamado así porque está en la forma de un discurso dirigido a Dios, intenta demostrar la existencia de Dios por un método más corto; mediante un único argumento deductivo en lugar de una larga cadena inductiva. Durante mucho tiempo había estado ansioso, dice, por descubrir tal argumento, y molesto porque continuamente se le escapaba, por fin, para su gran alegría, se le aclaró repentinamente. El punto de partida en este caso no fue la contemplación de las cosas externas sino del mundo interior, no de los objetos sensibles, sino de la mente del hombre. Podía demostrar, pensó, la existencia de Dios por el mismo dicho del necio de que Dios no existía. Esa misma negación involucraba la idea de un Ser que no puede concebirse más grande; pero si no se puede concebir algo más grande, entonces Él debe existir, ya que la existencia es un punto de perfección.
El argumento ontológico de la existencia de Dios, expuesto en su Proslogion, discurre así:
'El insensato tiene que convenir en que tiene en el espíritu la idea de un ser por encima del cual no se puede imaginar ninguna otra cosa mayor, porque cuando oye enunciar este pensamiento, lo comprende, y todo lo que se comprende está en la inteligencia; y sin duda ninguna este objeto por encima del cual no se puede concebir nada mayor, no existe en la inteligencia solamente, porque, si así fuera, se podría suponer, por lo menos, que existe también en la realidad nueva condición que haría a un ser mayor que aquel que no tiene existencia más que en el puro y simple pensamiento. Por consiguiente, si este objeto por encima del cual no hay nada mayor estuviese solamente en la inteligencia, sería sin embargo, tal, que habría algo por encima de él, conclusión que no sería legítima. Existe, por consiguiente, de un modo cierto, un ser por encima del cual no se puede imaginar nada, ni en el pensamiento ni en la realidad.'
El objetivo de Cur Deus Homo es probar la necesidad de la encarnación como el único medio por el cual la deuda de la desobediencia debida del hombre a Dios podía ser pagada. A diferencia de los otros dos tratados, está en forma de diálogo, lo que hace que sea más fácil leerlo, aunque el razonamiento no es menos cercano y convincente. No hay una aparente falta de acabado en la obra, aunque Anselmo en su prefacio dice que debería haber hecho varias adiciones si hubiera podido tener un poco de tranquilidad, pero que comenzó en Inglaterra en medio de una gran angustia de corazón -'in magna cordis tribulatione'- y lo terminó durante su estancia en la provincia de Capua. La clave de la teoría de la expiación de Anselmo fue la idea de 'satisfacción'. El pecado del hombre ha dañado el honor de Dios y por lo tanto es necesario que sea realizada una satisfacción a ese honor perjudicado. Esa satisfacción es hecha por Jesucristo mediante su muerte, la cual compensa la injuria realizada y permite a Dios ser misericordioso hacia el pecador.
Si sus tratados filosóficos muestran profundidad, atrevida originalidad y alcance de su intelecto, sus meditaciones y oraciones revelan el lado espiritual de su naturaleza, la profunda humildad de su fe y el fervor de su amor hacia Dios, mientras que sus cartas lo muestran en su aspecto más amable: su tierna simpatía y afecto, su cortesía y su respeto, combinando la firmeza de mantener lo que creía correcto y reprobar lo que creía erróneo. Así, sus escritos confirman por completo la afirmación de William de Malmesbury (i. § 47) de que fue plenamente espiritual y laboriosamente entendido, 'penitus sanctus, anxie doctus.'
Anselmo es una de las personalidades más atractivas de la Iglesia medieval. Preponderantemente fue un erudito que consideraba la vida monástica como la mejor forma de vida posible. Cuando fue llamado al deber no eludió las cargas administrativas y eclesiásticas, demostrando una rectitud tan firme como tortuosas eran las maneras de los políticos. Su honestidad y sencillez fueron a veces problemáticas para los jerarcas eclesiásticos, diplomáticos y calculadores. Era humilde, tierno de corazón, caritativo en el juicio, de integridad absoluta, celoso en el cumplimento del deber y paciente bajo la prueba. Fue capaz de ganar e instruir a jóvenes, alcanzando gran reputación como maestro, teniendo siempre al pueblo llano de su lado. En la historia de la teología ocupa un lugar especial como padre del escolasticismo, siendo denominado el 'segundo Agustín.' Su mente era aguda y lógica, mostrando sus escritos un intelecto profundo y original. De las dos tendencias teológicas dominantes de su tiempo, una más libre y racional representada por Berengario de Tours, y la otra más tradicional representada por Lanfranco, escogió esta última. Definió el objeto de la teología como el desarrollo lógico y la demostración dialéctica de las doctrinas de la Iglesia, tal cual fueron entregadas por los Padres. Para él los dogmas de la Iglesia son idénticos a la Revelación, sobrepasando su verdad la capacidad de la razón en tal manera que es mera vanidad dudar de un dogma por su ininteligibilidad. 'Credo ut intelligam, non quæro intelligere ut credam', es el principio sobre el que se fundamenta su postura entre fe y razón, que sería la línea seguida posteriormente por la teología ortodoxa.
'No intento, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ninguna manera puedo comparar con ella mi inteligencia; pero deseo comprender tu verdad, aunque sea imperfectamente, esa verdad que mi corazón cree y ama. Porque no busco comprender para creer, sino que creo para llegar a comprender. Creo, en efecto, porque, si no creyere, no llegaría a comprender.'
Obras.
La primera edición completa y satisfactoria de las obras de Anselmo fue la de Gabriel Gerberon (París, 1721), monje de la congregación de San Mauro. Dice en su prefacio que hasta ahora la mayoría de las copias de sus obras estaban tan mutiladas o desfiguradas por las correcciones que apenas eran inteligibles. Hizo un nuevo texto con una cuidadosa compilación de los manuscritos que pudo recopilar y examinó las ediciones impresas existentes. Eran dos, sin ninguna marca de fecha o lugar de edición; una impresa en Nuremberg, 1491; dos en París, 1544 y 1549; una en Venecia, 1549; dos en Colonia, 1573 y 1612; y una en Lyón, 1630. Gerberon ordenó las obras en su edición en tres divisiones:
1. Teológicas y filosóficas, incluido Monologion, Proslogion, el ataque de Gaunilo, un monje de Marmoutiers, sobre el mismo, y la respuesta de Anselmo; De Fide Trinitatis; De Processione Spiritus Sancti contra Graecos; Dialogus de Casu Diaboli; Cur Deus Homo; De Conceptu Virginali et Originali Peccato; Dialogus de Veritate; Liber de Voluntate; Dialogus de Libero Arbitrio; De Concordiâ Praescientiae et Praedestinationis; De Azymo et Fermentato; De Sacramentorum Diversitate (epístola Waleranni); Responsio ad AValeranni Querelas; Oftendiculum Sacerdotum; De Nuptiis Consanguineorum; Dialogus de Grammatico; De Voluntate Dei.
2. Devocionales y exhortatorio: Homilies and Exhortations; Sermo de Passione Domini; Exhortatio ad Contemptum Temporalium et Desiderium Æternorum; Admonitio Morienti; Duo Carmina de Contemptu Mundi; Liber Meditationum et Orationum xxi.; Meditatio super Miserere; De Pace et Concordia; Tractatus Asceticus; Oratio dicenda ante Perceptionem Corporis et Sanguinis Domini; Salutatio ad Jesum Christum ex anecdotis sacris de Levis; Hymni et Psalterium de S. Maria; Versus de Lanfranco; De Verbis Anselmi; Quaedam Dicta utilia ex dictis S. Anselmi.
3. Cuatro libros de cartas.